| Recuadro 4 - Zambia: Esperanza en el epicentro del SIDA Negativa a darse por vencidos Los habitantes de la zona rural de Chikankata, en la región sudoriental de Zambia, con el apoyo de donantes, entre ellos el UNICEF y el Ejército de Salvación, han respondido a la pandemia del SIDA con el más poderoso recurso disponible: la comunidad. Hoy en día, el hospital de Chikankata patrocina su primer taller con el objetivo de impartir aptitudes para la vida, en beneficio de niños que han quedado huérfanos a causa del SIDA. Wisner, un muchacho de 17 años de edad, escucha atentamente en un aula improvisada. Las paredes del aula están cubiertas por carteles donde se han escrito a mano los temas de las lecciones: "Sexualidad en la adolescencia. Derechos del niño. Autoafirmación. Malos tratos a los niños." Wisner, junto con otros 19 niños de su clase, tiene una experiencia directa de esos problemas. Es uno de 1.183 niños procedentes de cinco aldeas de las inmediaciones que en los últimos años han perdido a sus madres o a ambos progenitores debido al SIDA. "La vida resultó muy difícil desde la muerte de mi madre en 1996", dice quedamente. Ahora vive con su abuela, quien no tiene recursos suficientes para pagar su matrícula escolar. La anciana ha perdido cinco hijas debido al SIDA y ahora se esfuerza por atender a siete nietos en edad escolar. El adolescente afirma: "Si pudiese regresar a la escuela, podría tener esperanzas".
Al recorrer las salas del hospital de Chikankata, es sorprendente ver pocos pacientes, pese a que el SIDA ha asolado las comunidades rurales circundantes y, sólo entre noviembre de 1998 y marzo de 1999, se ha cobrado 300 vidas. En otra de sus iniciativas pioneras, el hospital vela por que los pacientes de SIDA y los huérfanos a causa de esa enfermedad sean atendidos en sus comunidades, para así mantener algún grado de continuidad y estabilidad en sus vidas. El Director del hospital, Elvis Simamvwa, dice: "Aun cuando las personas hayan perdido a todos los miembros de su familia, los alentamos a considerar que otros miembros de la comunidad son su familia." En la cercana aldea de Ngangula, 150 aldeanos prestan servicios como voluntarios en el programa Children in Need (CHIN) para cuidar a los huérfanos y proporcionar educación sobre la salud a los escolares. Ngangula ofrece un microcosmo de lo que ocurre en todo el país: en 1996, las aldeas circundantes, con una población total de aproximadamente 4.200 personas, tenían 231 huérfanos a causa del SIDA; hacia 1999, esa cantidad había aumentado hasta 550. En respuesta, el programa CHIN está tratando de sufragar la matrícula escolar de los niños con las utilidades de una pequeña tienda que vende productos básicos. El UNICEF ha ayudado sufragando la reparación del techo de la escuela, lo cual, a su vez, ha posibilitado que la escuela exima del pago de matrícula a 96 huérfanos. En Ngangula, la vida de los huérfanos sigue siendo difícil. Maxwell, de 12 años de edad, descalzo y vestido con harapos, está reunido con un grupo heterogéneo de niños durante la hora de almuerzo, parte de las docenas de huérfanos que asisten a la escuela elemental de Ngangula. "Cuando mi padre vivía, yo tenía zapatos y ropa adecuada. Ahora, los demás niños se burlan de mi ropa", dice Maxwell tímidamente mientras baja el tono de su voz y aparta la mirada al hablar. Dice que con frecuencia se pasa días enteros sin comer. Byron Mwemba, coordinador del programa CHIN para Ngangula, es un paladín de la causa de los más vulnerables habitantes del poblado, desde su base en una clínica de adobe con piso de cemento. "Algunos tutores eran despiadados. Usaban a los huérfanos para recoger leña y agua y agobiaban de trabajo a los niños. Ahora hemos educado a los tutores". Dice que la comunidad ha proporcionado a los tutores fertilizantes para que puedan realizar cultivos y obtener alimentos para los niños y todos los días, una mujer prepara el almuerzo para los escolares huérfanos. El Sr. Mwemba está tratando de recaudar fondos para un molino harinero, que generaría un ingreso pequeño pero constante para sufragar la matrícula escolar de los niños. "Es preciso no perder las esperanzas", afirma el Sr. Simamvwa en el hospital de Chikankata. Su amable sonrisa parece incongruente, habida cuenta de la magnitud de la crisis contra la que se están debatiendo él y su comunidad. Pero él insiste: "Esta enfermedad ha proporcionado a las comunidades algunas lecciones acerca de sí mismas y la manera de vivir con el prójimo". Agrega: "El pensamiento negativo es mortal; en cambio, el pensamiento positivo puede proporcionar esperanza y vida". |
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