| Recuadro 3 - Riesgos que corren los niños en las sociedades al
borde del desastre Inestabilidad al finalizar el siglo
La infancia es especialmente perecedera en la guerra. En
los últimos 10 años, en gran parte del mundo en desarrollo los
niños han soportado pérdidas enormemente desproporcionadas en
relación con su edad y su fortaleza, pues han perdido miembros de su
familia y de la comunidad, han perdido tiempo para crecer y aprender, han
perdido el sentido de la esperanza.
| En 1994, en uno de los más horrendos cataclismos
humanos, se estima que en Rwanda fueron asesinados 250.000 niños, en el
genocidio que se cobró 1 millón de vidas en el curso de pocas
semanas, según algunas informaciones. Muchos otros miles de niños
fueron torturados, algunos por sus maestros, algunos en sus iglesias, otros
mientras yacían en lechos de hospital. Centenares de miles más
presenciaron, presos de la agonía y el temor, cómo sus padres,
madres, familiares y amigos eran capturados al acecho y asesinados por personas
que habían conocido durante años y en las cuales habían
confiado. |
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| Un adolescente de origen albanés en Pristina, que
perdió las dos piernas en un accidente con una mina terrestre
después del fin de los bombardeos en Yugoslavia, llora mientras lee una
carta de su hermano. |
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Las minas terrestres, en cantidades demasiado enormes como
para poder llevar la cuenta, destruyen vidas y arrasan con brazos y piernas.
Las niñas y las mujeres son objeto de violación como arma de
guerra; en Sierra Leona, las amputaciones de brazos y piernas son una horrenda
alternativa común respecto del asesinato. En los últimos
años, los niños han sido obligados bajo coacción, o
atraídos mediante señuelos para que participen en conflictos
armados en más de 30 países.
En el mismo período, en otros 11 países, el
embotado instrumento de las sanciones económicas, sin hacer explotar
bombas ni causar muertes, se ha cobrado víctimas que es fácil
pasar por alto. En el Iraq, en virtud de las sanciones impuestas a partir de
1990, en las zonas meridional y central del país, donde vive más
del 85% de su población, desde 1989 se ha duplicado con creces la tasa
de mortalidad de menores de 1 año. Asimismo, las tasas de mortalidad de
menores de 5 años son el doble de lo que eran antes de la
imposición de las sanciones.
Incluso en ausencia de una guerra, las vidas y el futuro de
los niños en varios países corren peligro debido a las crisis
políticas y económicas. En los países de Europa central y
oriental y de la ex Unión Soviética, durante la abrupta
declinación ocurrida en la región a comienzos del decenio de
1990, hubo unos 150 millones de niños afectados. Las tasas de mortalidad
de niños aumentaron manifiestamente y reaparecieron enfermedades que
habían sido eliminadas en el pasado, como la difteria, la poliomielitis,
el cólera y la tuberculosis.
En la región del Asia oriental y el Pacífico,
los inversionistas internacionales y los mercados financieros han comenzado a
percibir indicios de recuperación tras el colapso económico de
fines del decenio de 1990, pero sus efectos sobre los niños
tendrán consecuencias a más largo plazo.
Estos hechos en las vidas de los niños pueden ser
tan abrumadores que paralizan a cualquiera que trate de mejorar la
situación de dichos niños. El hecho de que en esas circunstancias
puedan encontrarse maneras de proteger los derechos de los niños y las
mujeres dos de los cuales son el derecho a la educación y al
asesoramiento es un testimonio de la perdurabilidad del espíritu
humano.
| Juegos para sanar los traumas
Los niños que viven en situaciones de caos pueden sufrir daños
psicológicos y una detención de su desarrollo, por lo cual los
programas que respondan a sus necesidades psicológicas resultan tan
necesarios como los que tienen el propósito de subsanar sus heridas
físicas.
Uno de aquellos programas es el de
"Recuperación de la felicidad", formulado por primera vez para
Mozambique durante la guerra civil de 1992, que capta la participación
de niños traumatizados mediante la música, las actividades
artísticas y el juego. El programa, adaptable a varias situaciones, se
ha utilizado en el Ecuador con los hijos de soldados, en Colombia
después del terremoto de 1998 y en Nicaragua después del
huracán Mitch.
Las inundaciones y deslizamientos de tierras que se
produjeron como consecuencia del huracán destruyeron caminos, campos
cultivados, infraestructuras de abastecimiento de agua y saneamiento, e
instituciones sanitarias y educacionales y dejaron a las familias de
Centroamérica en la miseria y sin vivienda. Pero las ruinas fueron
resultado de generaciones de pobreza crónica, disturbios civiles y
exclusión social en la región, en la misma medida en que fueron
consecuencia de ese huracán en particular.
En Nicaragua, donde las tres cuartas partes de la
población ya estaba viviendo en la pobreza y el país aún
estaba restableciéndose de la anterior guerra civil, los más
afectados fueron los campesinos pobres. Cuando la tormenta finalmente
cesó, habían quedado destruidos en parte o completamente 100
centros de salud, 512 escuelas y el 17% de todas las viviendas. Entre las
personas más gravemente afectadas, un 45% eran niños menores de
14 años.
Según se estima, en las comunidades más
afectadas, un 10% de los niños padecieron graves traumas emocionales.
Muchos presenciaron cómo miembros de su familia eran arrastrados por las
inundaciones o sepultados por deslizamientos de tierra; otros quedaron
separados de sus familias o desprovistos de vivienda.
Atender a sus necesidades en materia de salud mental
pasó a ser una prioridad para los trabajadores de socorro, quienes
vieron a niños traumatizados por las pérdidas y
agostándose en campamentos de refugiados, sin escuelas y sin nada que
hacer. Al igual que los niños afectados por guerras, sufrían
insomnio, pesadillas, dolores de cabeza, temores y comportamientos de
dependencia. La violencia en las familias se intensificó en los
campamentos, debido al estrés causado por la separación de los
miembros de las familias y la escasez de alimentos.
Menos de tres semanas después del huracán, en
un campamento de refugiados ubicado en la municipalidad de Polsotega, el
Ministerio de Salud y el Ministerio de Educación, con el apoyo del
UNICEF, iniciaron el programa de "Recuperación de la
felicidad", que consta de actividades estructuradas, entre ellas carreras
de bolsas, canciones, teatros de títeres, actividades artísticas
y un ejercicio para el fomento de la confianza llamado "Yo,
Lazarillo", en que los niños se guían recíprocamente
con sus ojos cerrados. Las actividades tenían un propósito doble:
entretener a los niños, preparándolos al mismo tiempo para el
nuevo año escolar, y detectar a los que daban signos de estar encerrados
en sí mismos y necesitados de mayor atención por parte de los
psicólogos. En junio de 1999 se había atendido a más de
30.000 niños en aldeas y campamentos de las regiones afectadas.
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