| Recuadro 2 - La desesperanza de Indonesia Rini es una niña de 13 años de edad que vive en un barrio de trabajadores, en las afueras de Yakarta. Durante muchos años, el padre de Rini trabajó en una imprenta. El dinero nunca abundó, aunque bastaba para mantener a Rini, su madre y su hermano y hermana menores. Pero en enero de 1998, la familia sufrió un grave revés. La imprenta cerró sus puertas sin previo aviso y su padre quedó sin trabajo, con lo cual el mundo de Rini quedó súbitamente trastocado. Dado que el futuro era tan incierto, el padre y la madre de Rini estaban preocupados porque no podrían sufragar la escuela de la niña. Las pérdidas que experimentaron Rini y millones de otros niños de Indonesia debido a la crisis económica asiática que empezó en 1997 reflejan los aspectos sombríos de la mundialización. Esos desastres pueden parecer casi inconcebibles en países donde los mecanismos financieros y jurídicos, las sólidas infraestructuras y los niveles de vida decorosos protegen a la gente contra tan extrema endeblez financiera. Cuando esas protecciones existen, la mundialización aparece, en el peor de los casos, como un proceso benigno, y, en el mejor de los casos, como un proceso beneficioso, una oportunidad de explosivo crecimiento a medida que las ideas, los bienes, los servicios y las personas van recorriendo el planeta en todas las direcciones, en búsqueda de nuevos mercados. En los mercados de divisas del mundo, cada día cambian de manos más de 1.5 billón de dólares, un importe ocho veces superior al de 1986. Este potencial progresivo es muy bueno, cuando sirve para crear empleos y eliminar las barreras económicas y políticas. Por cierto, el contacto de Indonesia con la mundialización comenzó bien. El país, que ocupa en el mundo el cuarto lugar en función de la magnitud de su población, con sus ricos recursos naturales y sus grandes masas de personas pobres, desesperadas por encontrar trabajo, era un puerto de escala atrayente cuando los capitales comenzaron a merodear por el mundo en el decenio de 1980. Los inversionistas extranjeros acudieron en tropel a Yakarta y hacia enero de 1997 las inversiones extranjeras en acciones de Indonesia ascendían a 59.000 millones de dólares. El ingreso medio anual de sus habitantes aumentó desde 50 dólares en 1967 hasta 650 dólares en 1994. No obstante, los adelantos de este "tigre asiático" se disiparon como humo, cuando la oportunidad mundial fue seguida de una devastación mundial. En 1997, cuando se desmoronó la economía de Tailandia, las piezas del dominó fueron cayendo rápidamente en todo el Asia oriental. La moneda de Indonesia perdió un 70% de su valor en un año y hacia fines de 1997, su mercado de acciones había disminuido en cerca de un 40%. En 1998, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y otros organismos internacionales prestaron a Indonesia más de 50.000 millones de dólares. Pero el rescate vino acompañado de rigurosas restricciones, inclusive altas tasas de interés y el cierre forzoso de 16 bancos. Las medidas de austeridad impuestas por el FMI exacerbaron la creciente crisis social. Sin tardanza, explotaron en las calles motines para obtener alimentos y actos de violencia entre grupos étnicos. En mayo de 1998, el Gobierno abdicó.
Los costos humanos de la catástrofe han sido altos, particularmente para las mujeres y los niños más pobres. Muchas familias, tambaleantes por los quebrantos de las empresas y la pérdida de millones de empleos en todo el país, redujeron sus comidas diarias, de tres a sólo una. El Gobierno de Indonesia estima que hay 100 millones de personas casi la mitad de la población del país que no pueden sufragar alimentos suficientes. Más de 2 millones de niños menores de cinco años ya están desnutridos. Algunas personas, en total desesperación, están abandonando a sus hijos, con lo que crean una gran población de "huérfanos de la economía". Dado que los padres y madres no están en condiciones de costear las matrículas escolares, en las zonas más pobres de Yakarta un 20% de las niñas y un 14% de los niños varones abandonaron la escuela secundaria intermedia en 1998. La creciente cantidad de niños carentes de educación amenaza con crear una "generación perdida", asegurando que las repercusiones de la crisis actual persistan durante varias generaciones. Aun cuando aparentemente la crisis financiera se está atenuando en el Asia oriental, la crisis humana continúa. De los habitantes de la República de Corea y Tailandia, un 12% se han visto reducidos a la pobreza. También en este caso, las mujeres y los niños han soportado la mayor carga de las pérdidas: en la República de Corea, entre abril de 1997 y abril de 1998, el nivel de empleo de la mujer disminuyó en un 7%, en comparación con un 3,8% en los empleos de los hombres. Entre los estudiantes, la tasa de abandono de la escuela secundaria aumentó en un 36% en la República de Corea, mientras que en Tailandia, al menos 130.000 estudiantes dejaron de asistir a la escuela. En lo concerniente a Rini, hay incertidumbre acerca de cómo salir de la pobreza. Dado que la economía de Indonesia sigue vacilante, su padre no ha podido encontrar un empleo permanente. Su madre, Maida, ha comenzado a trabajar como costurera a fin de mantener a la familia alimentada y vestida. No obstante, la familia ha sido relativamente afortunada: Maida ha logrado ganar el dinero suficiente para pagar la matrícula de la escuela de Rini. Unos 4 millones de otros niños en Indonesia han seguido asistiendo a la escuela gracias a la campaña Aku Anak Sekolah (Retorno a la escuela). La campaña, realizada en colaboración con el Gobierno de Indonesia, el Banco Mundial, el Banco Asiático de Desarrollo y el UNICEF, ofrece becas a los estudiantes de escuelas primarias y secundarias y subsidios en bloque a 130.000 escuelas para contribuir a mantener el nivel de matriculación y la calidad de la enseñanza. Gracias a la campaña Aku Anak Sekolah, muchos menos de los 6 millones de niños que se temía podían abandonar sus estudios lo han hecho en la realidad. No obstante, hay 2,5 millones de niños que ya no asisten a las clases. |
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