Estado Mundial de la Infancia 2000

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Una urgente exhortación al liderazgo

Justo cuando comienza el siglo XXI, hay en el mundo una abrumadora mayoría de niños y mujeres entre las personas que viven en la pobreza. Los niños y las mujeres también constituyen la abrumadora mayoría de los civiles que resultan heridos y lesionados en los conflictos. Son los más vulnerables al contagio con el VIH/SIDA. Sus derechos, estipulados en la Convención sobre los Derechos del Niño y la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer, son conculcados cada día; las cantidades de tales transgresiones son tan grandes que ni siquiera es posible computarlas.

Pero es posible eliminar el terrible manto que los abusos de la pobreza, los conflictos, el VIH/SIDA y la discriminación por motivos de género han arrojado sobre tantas vidas en todo el mundo. Esas condiciones no son ni inevitables ni inmutables y la comunidad internacional no está a punto de abandonar a las mujeres y los niños que las padecen. Los órganos gubernamentales, los grupos civiles, las organizaciones del sistema de las Naciones Unidas, las organizaciones no gubernamentales y filantrópicas, y los empresarios responsables —así como los propios niños y adolescentes— han entablado alianzas con el propósito de rectificar esos males.    
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Dos niñas disfrutan de la hora del almuerzo en la escuela primaria Angela Landa de la Habana

Dispuestos a avanzar a la siguiente etapa para promocionar el bienestar de los niños del mundo, los representantes de estos grupos diferentes se congregarán en una reunión extraordinaria en el otoño del año 2001 que estará relacionada con un período extraordinario de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Juntos, esos líderes establecerán una coalición mundial a fin de conquistar plenamente las metas de la Cumbre Mundial en favor de la Infancia. Y comenzarán el siglo XXI con un nuevo programa, claro y ferviente, acerca de lo que es preciso realizar antes de fines del primer decenio del nuevo milenio, en pro de todas las mujeres y todos los niños.

Considerados en su conjunto, esas numerosas organizaciones y los millones de personas que ellos representan —ni amedrentados ni intimidados por los retos que los aguardan- formarán un movimiento internacional sin precedentes en favor de los niños. Muchos grupos han trabajado durante muchos años para mejorar la vida de los niños, los adolescentes y las mujeres: logrando la concertación de la Convención sobre los Derechos del Niño en 1989, fijando metas y elaborando planes de acción el año siguiente en la Cumbre Mundial en favor de la Infancia, esforzándose durante el decenio transcurrido desde entonces para dar cumplimiento a sus promesas. Otros grupos han asumido la causa de los derechos del niño más recientemente, atraídos por un tema particular, como los niños soldados, el trabajo infantil o la trata de niños con fines de prostitución.   
El transcendental movimiento social necesario para los niños es demasiado importante, y la urgencia es demasiado grande, para que el liderazgo sea asumido por unos pocos, como ha ocurrido tradicionalmente.

Esos grupos, en su conjunto, comparten la convicción de que el progreso humano y el desarrollo global se basan en el progreso de las mujeres y los niños y la vigencia de sus derechos. Dichos grupos se sienten alentados por lo que ya se ha logrado: los adelantos ya comprobados en la supervivencia del niño logrados en los decenios de 1980 y 1990, los principios de la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer, la letra y el espíritu de la Convención sobre los Derechos del Niño y los adelantos hacia la conquista de las metas de la Cumbre Mundial.

La humanidad ha presenciado asombrosos adelantos y ha logrado enormes avances para los niños, muchos de ellos en el pasado decenio y muchos otros en el lapso de sólo una generación. Se han salvado vidas infantiles y se ha impedido el sufrimiento de los niños. Como nunca había ocurrido antes, millones de niños han crecido en condiciones más saludables, mejor alimentados y con mayor acceso a una educación de buena calidad. Se han reconocido sus derechos, según lo estipulado en la Convención, y se han promulgado y aplicado leyes para proteger tales derechos.

La poliomielitis, que era otrora una epidemia mundial, está a punto de ser erradicada, y en los últimos 10 años se ha reducido el número de defunciones causadas por los implacables asesinos de niños, el sarampión y el tétanos neonatal, en un 85% y más de un 25%, respectivamente. Actualmente, unos 12 millones de niños están libres del riesgo del retardo mental causado por la carencia de yodo; y se ha reducido sustancialmente la ceguera resultante de la carencia de vitamina A. Actualmente, hay más niños en la escuela que en ninguna época anterior.

Pero pese al logro de numerosos y asombrosos adelantos, varias de las metas siguen fuera del alcance de centenares de millones de niños en todo el mundo. Sus vidas y su futuro corren peligro, en un mundo caracterizado por unas condiciones de pobreza más profundas y pertinaces y una mayor desigualdad entre ricos y pobres, así como la proliferación de los conflictos y la violencia, la mortífera propagación del VIH/SIDA y la persistente discriminación contra las mujeres y las niñas.

Esos problemas no son nuevos, pero están más generalizados y más profundamente arraigados que incluso hace un decenio. Interconectados entre sí y reforzados mutuamente, se alimentan los unos a los otros y cancelan los derechos de los niños y las mujeres y se agravan recíprocamente. En algunos países y regiones, esos problemas amenazan con anular gran parte de los logros alcanzados.

   
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A comienzos del decenio en Colombia, las autoridades de la salud pudieron beneficiar a 3,5 millones de niños menores de cinco años mediante una red de clínicas de salud y la propagación de mensajes relativos a la salud. Una mujer pesa a un niño en una báscula colocada en su hogar.

Las estructuras, transmitidas de una generación a otra, de pobreza, violencia y conflicto, discriminación y enfermedad, no son inconquistables; pueden eliminarse, como ocurrió con otros retos que las precedieron. Más aún, habida cuenta de los recursos con que cuenta el mundo, es posible quebrar esos ciclos nefastos en el lapso de una única generación.

Ahora, el mundo debe orientar sus esfuerzos hacia las cuestiones en que será mayor el potencial para lograr efectos e inducir cambios: el mejor comienzo posible para los niños en sus primeros años, una educación básica de calidad para cada niño, y el apoyo y la orientación necesarios para que los adolescentes efectúen el delicado tránsito hacia la edad adulta.

El Estado Mundial de la Infancia 2000 trata de avivar la llama que tan brillantemente alumbró a los niños hace un decenio. Es un llamamiento a los líderes de países tanto industrializados como en desarrollo para que reafirmen su compromiso en pro de los niños. Es una exhortación a que se asuma el liderazgo y se adopten nuevos horizontes dentro de las familias y las comunidades, lugares donde nace el respeto a los derechos de los niños y las mujeres, donde se propician dichos derechos y donde comienza su protección.

Es un llamamiento para que todos plasmemos un nuevo mundo en el lapso de una sola generación: que adoptemos entre todos una visión del futuro en que niños y mujeres —en verdad, toda la humanidad— estén libres de la pobreza y la discriminación, liberados de la violencia y la enfermedad.

 

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