Panorama: Irán, República Islámica del

Cómo abrir las escuelas a las niñas en la provincia más pobre de Irán

Imagen del UNICEF
© UNICEF Iran/2005/Eeles
La maestra adjunta Rashideh Taranjedieh y una de sus alumnas, Asma Aboos, cerca de su escuela en Chorrak, Irán.

El Estado Mundial de la Infancia de 2006 se presentará el 14 de diciembre. En las próximas semanas antes de la presentación del informe ofreceremos una serie de historias sobre niños y niñas que están excluidos e invisibles como resultado de los conflictos armados, la pobreza, el VIH/SIDA, la discriminación y las desigualdades. Sus historias reflejan las experiencias de millones de otros niños y niñas que sufren todos los días la vulneración de sus derechos.

SÍSTÁN VA BALÚCHESTÁN, Irán - Siete años de sequía han dejado vacíos la mayoría de los ríos de Sistan-Baluchestan. Allí donde en tiempos fluía el agua, ahora hay sólo peñascos secos y bancales desmoronados que se abren camino a través de la tierra cuarteada.

Aquí la gente vive de la tierra y sin la lluvia muchas de sus cabras han muerto y las pequeñas cosechas de trigo u otro tipo de grano se han secado. Tras años de lucha para sobrevivir con suministros de agua inadecuados, muchos granjeros se vieron forzados a vender los rebaños de cabras, la principal fuente de ingresos, y buscar trabajo de braceros. Los empleos son escasos, las condiciones imprevisibles y la paga escasa. De hecho, Sistan-Baluchestan posee los peores indicadores de Irán en lo que se refiere a expectativa de vida, analfabetismo de adultos, matriculación en la escuela primaria, acceso a mejoras de agua y sanitarios, y mortalidad de menores de 1 y de 5 años.

Todos los miembros de la familia deben hacer lo que puedan para llevar algo de dinero a casa, y eso significa que muy a menudo los niños y niñas abandonan la escuela. Las muchachas tienen que dedicarse a las tareas del hogar y cuidar de los más pequeños mientras los muchachos se encargan de hacer recados y trabajos esporádicos para conseguir dinero. 

Debido al aislamiento y la pobreza, muchas comunidades ven la educación como un lujo y las actitudes culturales hacia las mujeres se traducen en que a las muchachas se les niegue la educación en mayor medida que a los muchachos.

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Asma Aboos, de 15 años, con su madre a las puertas de su casa de una habitación.

“Mi madre no me dejó continuar mi educación porque me dijo que tenía que trabajar en casa”, dice Asma Aboos de 15 años, sentada con las piernas cruzadas en la única habitación de su casa de adobe. “Fui a la escuela primaria pero no pude continuar en la secundaria. Lavo los platos, limpio la verdura, cocino, coso y voy a por agua. Ojalá pudiera volver a la escuela y llegar a ser maestra”.

La pobreza no es la única cosa que le impide a Asma continuar su educación. Vive en una remota zona rural. “Si la escuela secundaria estuviese en el pueblo, no me habría importado tanto” dice la madre de Asma, Bari Khatoum. “Pero como no hay ninguna escuela cerca, Asma tendría que tomar un autobús y eso no está bien”.

En estas comunidades pequeñas y remotas, donde las distancias son enormes, se llevaron a cabo disposiciones especiales por parte de las autoridades para permitir que las escuelas primarias fueran co-educacionales y dieran clases simultáneas de varios grados. Pero estas disposiciones no afectan a las escuelas secundarias. Muchos niños y niñas tienen que tomar un autobús y hacer un viaje de una hora para llegar a la escuela más cercana. Las familias están de acuerdo con que sus hijos e hijas vayan a una escuela primaria cercana pero se muestran reticentes a la hora de permitir a sus hijas que viajen distancias largas para ir a una escuela secundaria.

Aquí las muchachas no están en desventaja únicamente por no recibir formación escolar. Las viejas tradiciones conllevan que muchas de ellas afronten la perspectiva de un matrimonio prematuro (el matrimonio a los 12 años es algo común entre las muchachas y éstas no tienen ningún poder para rechazarlo). Una vez casadas, la oportunidad de recibir una educación es todavía menor, ya que los maridos suelen mostrarse poco dispuestos a dejarlas salir solas de casa y quieren que se concentren en las tareas de su nuevo hogar.

Incluso en los pocos casos en los que una muchacha puede continuar su educación, existen otros problemas que superar.

Sistan Baluchestan es la provincia más pobre de Irán y en este duro entorno de recursos limitados hay una desesperada falta de profesores con experiencia, especialmente del género femenino. La escasez es tan grave que en muchos pueblos a los hombres jóvenes se les asigna como trabajo durante el servicio militar que ejerzan de profesores de urgencia. 

Para ayudar a combatir semejante disparidad geográfica y de género, UNICEF se ha asociado con el Ministerio de Educación de Irán para concebir una estrategia que no sólo mantenga a las muchachas en las escuelas, sino que trate de desarrollar un enfoque más participativo en las actividades educacionales. 

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Maestras y alumnas frente a la escuela primaria Hesabi Moghaddam.

Docenas de jóvenes fueron reclutadas en la comunidad como maestras ayudantes y recibieron capacitación para enseñar asignaturas como higiene, ciencias y matemáticas básicas, alfabetización, educación para la vida cotidiana, actividades preparatorias para la escuela y narración oral. También se les ofreció formación para facilitar una educación igualitaria, para enseñar en clases con diferentes niveles y con métodos ocupacionales. Con el fin de intensificar la participación de la comunidad, en los pueblos se llevan a cabo unas actividades semanales después de la escuela, supervisadas por grupos de muchachas matriculadas ya en el sistema escolar. Los resultados han sido sorprendentes: el número de muchachas matriculadas en la escuela primaria se ha multiplicado por tres en un año.

“Ahora hay más profesoras, la situación para las muchachas ha mejorado mucho”, dice Mehri Maleki Meshkini, una profesora joven que viste el tradicional chador. “En nuestras clases tratamos de discutir asuntos serios como los matrimonios prematuros, para que las muchachas estén más conscientes de la situación. Pero es difícil, porque los hombres de la familia lo deciden todo”.

Las actitudes tradicionales están comenzando a cambiar lentamente al ver los padres cómo sus hijas participan en un desarrollo positivo de la comunidad. Lo próximo será pedir a los líderes religiosos que difundan el mensaje en sus oraciones de los viernes y ayuden a transformar las viejas tradiciones en una nueva fuente de esperanza para las muchachas de Irán.


 

 

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