El futuro para los jóvenesGeeta Rao GuptaDesde hace mucho tiempo, en el mundo industrializado se considera que la adolescencia es una etapa particular y distinta de la vida. Pero ahora en los países en desarrollo también se empieza a considerar esta etapa vital como un intervalo de importancia fundamental entre la niñez y la edad adulta. Los niños y jóvenes de 10 a 19 años constituyen una sexta parte de la población mundial, y son, por ende, una fuerza en favor de cambios profundos. Pero para que puedan desarrollar plenamente su potencial y evitar los peligros que les puedan salir al cruce deben contar con el apoyo de sus familias, sus comunidades y sus naciones.
La adolescencia debería ser la época de la vida que mayores esperanzas y promesas concite. Puede ser un semillero del que surjan adultos con fe en sí mismos y dotados de los conocimientos necesarios para forjar un futuro lleno de éxitos para ellos y para sus sociedades. Pero también puede ser el comienzo de un proceso en el que todo empieza a salir mal, el momento de la vida en que se desvanecen la promesa y el potencial de los jóvenes. Si las cosas les salen mal a los adolescentes de hoy, le saldrán mal a todo el mundo. La actual generación de jóvenes es la más numerosa de la historia. Unos 1.000 millones de personas, o uno de cada seis habitantes del planeta, tienen entre 10 y 19 años de edad, y un 85% de ellos vive en los países en desarrollo. Esos jóvenes afrontan graves obstáculos:
Para las generaciones de adolescentes anteriores, existía al menos la posibilidad de prever la carga que les caería encima. Poco después de la pubertad llegaba el matrimonio, los hijos y la necesidad de trabajar arduamente para mantener a la familia. Los jóvenes adultos hacían frente a esos desafíos en un ámbito que les era familiar y en el que contaban con el apoyo de los demás. Hoy, además de afrontar los previsibles problemas del crecimiento, los adolescentes se ven cada vez más amenazados por la explotación y el abuso, los conflictos étnicos y la guerra. Las comunidades se desarraigan, ya sea en el sentido literal de la palabra si sus integrantes abandonan el campo para buscar trabajo en las ciudades, o en el sentido figurado, cuando los medios de difusión y otras influencias novedosas alteran sus valores y tradiciones. Los adolescentes, que han dejado de ser niños pero aún no son adultos, se afanan por descubrir qué lugar ocupan en el mundo nuevo y confuso que les rodea. Pese a esto, a la hora de diseñar y poner en práctica programas de gobierno, o cuando las familias deben tomar decisiones, no es habitual que se consulte a los adolescentes. Después de que los niños cumplen 5 años, y una vez que su supervivencia está relativamente garantizada, los servicios de atención de la salud prácticamente los ignoran. Las niñas vuelven a despertar el interés de esos servicios cuando quedan embarazadas, y los niños, que están constantemente expuestos a los accidentes, la violencia física y el alcohol y las drogas, sólo reciben atención cuando quebrantan las leyes. En la época de su vida en que se les abren más posibilidades y les amenazan más peligros, los adolescentes son abandonados a sus propios recursos. Pero este orden de cosas ha comenzado a cambiar. Debido a la extensión del período de tiempo entre la pubertad y el casamiento, a que la pandemia del VIH/SIDA pone de relieve la necesidad de equilibrar la distribución del poder en las relaciones sexuales, y a que el movimiento en pro de los derechos de los niños ha comenzado a echar raíces, hemos comenzado a aprender que la adolescencia es un período lleno de oportunidades. La actual generación de jóvenes, a cuyos integrantes unen vínculos tan diversos como la tragedia del SIDA y el poder de los medios de comunicación, puede revolucionar el mundo. Unidos los niños y las niñas, tienen la posibilidad de ser el catalizador que transforme el pasado en un futuro justo e igualitario que brinde las mismas oportunidades a hombres y mujeres, y a todos los miembros de la sociedad. |