Mujere - Commentario
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El futuro para los jóvenes

Geeta Rao Gupta

Desde hace mucho tiempo, en el mundo industrializado se considera que la adolescencia es una etapa particular y distinta de la vida. Pero ahora en los países en desarrollo también se empieza a considerar esta etapa vital como un intervalo de importancia fundamental entre la niñez y la edad adulta. Los niños y jóvenes de 10 a 19 años constituyen una sexta parte de la población mundial, y son, por ende, una fuerza en favor de cambios profundos. Pero para que puedan desarrollar plenamente su potencial y evitar los peligros que les puedan salir al cruce deben contar con el apoyo de sus familias, sus comunidades y sus naciones.

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La adolescencia debería ser la época de la vida que mayores esperanzas y promesas concite. Puede ser un semillero del que surjan adultos con fe en sí mismos y dotados de los conocimientos necesarios para forjar un futuro lleno de éxitos para ellos y para sus sociedades. Pero también puede ser el comienzo de un proceso en el que todo empieza a salir mal, el momento de la vida en que se desvanecen la promesa y el potencial de los jóvenes.

Si las cosas les salen mal a los adolescentes de hoy, le saldrán mal a todo el mundo. La actual generación de jóvenes es la más numerosa de la historia. Unos 1.000 millones de personas, o uno de cada seis habitantes del planeta, tienen entre 10 y 19 años de edad, y un 85% de ellos vive en los países en desarrollo. Esos jóvenes afrontan graves obstáculos:

  • En 1997 solamente, unos 3 millones de jóvenes de 15 a 24 años, de los cuales dos terceras partes fueron niñas, se contagiaron con el VIH.
  • Las niñas de 15 a 19 años dan a luz unos 15 millones de bebés por año, y las complicaciones del embarazo son la principal causa de mortalidad en ese sector demográfico.
  • Unos 73 millones de niños de 10 a 14 años trabajan en el mundo; y esa cifra no incluye a las decenas de millones de menores, niñas en su mayoría, que trabajan en el servicio doméstico.
  • En los países en desarrollo, el 59% de las niñas y el 48% de los niños no reciben educación escolar secundaria.

Para las generaciones de adolescentes anteriores, existía al menos la posibilidad de prever la carga que les caería encima. Poco después de la pubertad llegaba el matrimonio, los hijos y la necesidad de trabajar arduamente para mantener a la familia. Los jóvenes adultos hacían frente a esos desafíos en un ámbito que les era familiar y en el que contaban con el apoyo de los demás. Hoy, además de afrontar los previsibles problemas del crecimiento, los adolescentes se ven cada vez más amenazados por la explotación y el abuso, los conflictos étnicos y la guerra. Las comunidades se desarraigan, ya sea en el sentido literal de la palabra si sus integrantes abandonan el campo para buscar trabajo en las ciudades, o en el sentido figurado, cuando los medios de difusión y otras influencias novedosas alteran sus valores y tradiciones.

Los adolescentes, que han dejado de ser niños pero aún no son adultos, se afanan por descubrir qué lugar ocupan en el mundo nuevo y confuso que les rodea. Pese a esto, a la hora de diseñar y poner en práctica programas de gobierno, o cuando las familias deben tomar decisiones, no es habitual que se consulte a los adolescentes. Después de que los niños cumplen 5 años, y una vez que su supervivencia está relativamente garantizada, los servicios de atención de la salud prácticamente los ignoran. Las niñas vuelven a despertar el interés de esos servicios cuando quedan embarazadas, y los niños, que están constantemente expuestos a los accidentes, la violencia física y el alcohol y las drogas, sólo reciben atención cuando quebrantan las leyes. En la época de su vida en que se les abren más posibilidades y les amenazan más peligros, los adolescentes son abandonados a sus propios recursos.

Pero este orden de cosas ha comenzado a cambiar. Debido a la extensión del período de tiempo entre la pubertad y el casamiento, a que la pandemia del VIH/SIDA pone de relieve la necesidad de equilibrar la distribución del poder en las relaciones sexuales, y a que el movimiento en pro de los derechos de los niños ha comenzado a echar raíces, hemos comenzado a aprender que la adolescencia es un período lleno de oportunidades. La actual generación de jóvenes, a cuyos integrantes unen vínculos tan diversos como la tragedia del SIDA y el poder de los medios de comunicación, puede revolucionar el mundo. Unidos los niños y las niñas, tienen la posibilidad de ser el catalizador que transforme el pasado en un futuro justo e igualitario que brinde las mismas oportunidades a hombres y mujeres, y a todos los miembros de la sociedad.

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