El Progreso de las Naciones 2000
Página principal | Actividades del UNICEF | Series | Información y publicaciónes | Donaciones, tarjetas de felicitación y regalos | Para los medios de comunicación | La Juventud Opina | Sobre el UNICEF
 Tiempo para sembrar
 
 Comentario: cuidado del niño en la primera infancia
 

El núcleo del desarrollo

Nosotros despilfarramos la capacidad innata de nuestros niños y escatimamos los cuidados en esos críticos años iniciales, a un costo exorbitante. Al conculcar los derechos del niño negándole los elementos fundamentales que necesita y merece, perjudicamos al niño y nos perjudicamos a nosotros mismos, posibilitando y alentando que se arraiguen las semillas de la pobreza, la alienación, el odio y la desesperanza.

Un eficaz cuidado precoz del niño es un aspecto medular del desarrollo humano. Y para quienes son más susceptibles a los argumentos económicos, las inversiones en servicios y en apoyo a los niños en las etapas iniciales ofrecen una tasa de utilidades de 7 a 1. Dado que cada año nacen 130 millones de niños, esto ofrece una enorme oportunidad de desarrollo social que pocos líderes querrían pasar por alto, y una inversión que nadie puede permitirse no aprovechar; especialmente, dado que encierra las mejores posibilidades de que disponemos para mitigar la pobreza, que afecta actualmente de manera opresiva a muchas personas, y la mejor oportunidad de cambiar las pautas de discriminación por motivos de género, arraigadas desde hace mucho tiempo, que conculcan los derechos de los niños y las mujeres y asfixian el progreso social.

Tanto la pobreza como la discriminación por motivos de género se van reproduciendo de generación en generación. Al garantizar que los niños dispongan de una buena atención inicial, sobre la base de la equidad de género, adoptamos medidas gigantescas y de importancia vital para quebrar los ciclos de discriminación y privación y desencadenar nuevas posibilidades creativas.

¿Qué entraña la buena atención de los niños de corta edad para la vasta mayoría de entre cero y ocho años de edad, cuya cantidad mundial se estima en 1.000 millones? Una buena atención reconoce la interacción entre la salud, la nutrición y el bienestar emocional de los niños y quienes se encargan primordialmente de atenderlos. Cuidar a un niño significa preocuparse ineludiblemente por las condiciones que enfrenta una mujer en el hogar y en la sociedad en general; puesto que en los países y las culturas donde no se presta atención a la opinión de las mujeres, donde la pobreza y la discriminación limitan el acceso de las mujeres a los recursos y los servicios y donde éstas disponen raramente de un descanso en agobiadoras jornadas de trabajo, cuentan con una mínima protección jurídica y adolecen de baja condición jurídica y social, es imposible un desarrollo óptimo del niño. Cuando los hombres tienen escaso o ningún papel en la crianza de los niños de corta edad y, no obstante, no respetan a las mujeres que atienden a esos niños, se allana el camino para que los niños, salvo muy pocos, no desarrollen cabalmente su potencial.

Una atención eficaz en la primera infancia significa contar con hogares y ámbitos donde los niños estén protegidos contra la enfermedad, haya acceso a agua de beber no contaminada y alimentación adecuada y sea posible que las mujeres inicien la vida de sus hijos alimentándolos exclusivamente a pecho. También significa que hay tiempo y espacio para que los niños de corta edad vayan creciendo y aprendiendo mediante el juego y la exploración y desarrollando el lenguaje mediante su interacción con los demás.

Por todas esas razones, una eficaz atención en la primera infancia debe exceder las paredes del hogar y debe practicarse en el ámbito y la cultura que engloban a la familia inmediata.

Como miembros de una familia ampliada, dotados de un interés vital en el desarrollo humano, los líderes comunitarios, los agentes de salud y nutrición, los maestros, los empleadores y los países en su totalidad tienen interés y responsabilidad respecto del cuidado que reciben los niños en sus comunidades y en sus países.

Cuando se respetan los derechos de los niños, las recompensas tanto inmediatas como a más largo plazo son considerables. Cuando se apoya de esta manera a los niños antes y desde el momento de nacer, lo probable es que sobrevivan, sean más saludables y felices, tengan mayor posibilidad de aprender a lo largo de su vida y se conviertan en ciudadanos productivos.

Los resultados también están a la vista en planillas presupuestarias, en menores costos para la educación correctiva y menores gastos en terapias para la salud. Y en una reacción a largo plazo por la que merece la pena esperar, los resultados de los buenos cuidados se ponen de manifiesto más tarde, en forma de sociedades más afianzadas, mejor alimentadas, más saludables, más estables y más productivas.

En todo el mundo, millones y millones de familias proporcionan excelentes cuidados a sus niños. Sin embargo, muchos millones de otras son incapaces de hacerlo, porque forman parte de los 1.200 millones de personas de países en desarrollo que viven por debajo del límite de la pobreza, de un dólar diario.

Esas familias libran una vasta pero en general invisible batalla contra la enfermedad, el agua contaminada, el saneamiento deficiente, la ignorancia, la desnutrición, la discriminación por motivos de género y, con frecuencia, la guerra y la violencia. ¿Cómo podemos seguir sorprendiéndonos de que en este combate desigual pierdan la vida cada año 11 millones de niños menores de cinco años y millones más pierdan su potencial físico e intelectual?

Es difícil percatarse de los efectos físicos y cognoscitivos de la desnutrición de forma separada de los demás factores: en el Asia meridional y en un tercio de los países de África al sur del Sahara, la mitad de los niños están desnutridos y como consecuencia de ello su motivación se halla aletargada, su atención embotada y su curiosidad y su capacidad cognoscitiva se encuentran entorpecidas. La desnutrición y las reiteradas enfermedades que la acompañan producen un sopor letal que puede impedir que un niño de corta edad reciba la atención que merece. Según se ha estimado, la desnutrición, presente en casi la mitad de todas las defunciones infantiles y en innumerables casos de falta de desarrollo, cuesta al mundo -solamente en un año- el equivalente de 46 millones de años de vida productiva y libre de discapacidad.

En los años iniciales de la vida de un niño, el bajo peso al nacer, las enfermedades reiteradas, la falta de estímulo psicosocial, la nutrición deficiente y las dificultades y tensiones de la pobreza pueden causar mala salud y una reducción general de la capacidad intelectual, social y del comportamiento.

Esas son pérdidas prevenibles, cuyas soluciones son conocidas, están disponibles, son de un razonable bajo costo y ofrecen una alta eficacia en función de los costos. La respuesta consiste en efectuar inversiones -de tiempo, energía, cuidados y recursos en los niños y hacerlo desde las etapas más tempranas, desde el nacimiento e incluso desde antes, cuando las inversiones tendrán mayores efectos en el desarrollo humano ulterior. Al establecer y revitalizar servicios sociales básicos y concertar fuertes alianzas con las comunidades pobres se proporcionan componentes de importancia crucial para garantizar un buen comienzo de los niños en la vida.

Previo | Contenidos | Continuar
Página principal | Actividades del UNICEF | Series | Información y publicaciónes | Donaciones, tarjetas de felicitación y regalos | Para los medios de comunicación | La Juventud Opina | Sobre el UNICEF