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 Los niños perdidos
 
 Comentario: llegar a los postergados
 

Los niños perdidos

Por Juan Somavía
 

Copyright© UNICEF/98-0768/Fournier
Apenas se les oye y nunca se les ve: son los centenares de millones de niños que soportan la grave conculcación de sus derechos en múltiples oportunidades. Entre ellos figuran los millones de niños que trabajan en tareas agrícolas y fábricas, que están atrapados en la explotación sexual comercial, que han sido reclutados como soldados; los millones no registrados al nacer, los que carecen de acceso a agua pura y educación, los que no han sido inmunizados y los millones que viven en las calles. El triste destino de todos esos niños exige mucho más que la débil respuesta que hasta ahora ha ofrecido la comunidad internacional.

Todos los días, el mundo pierde una cantidad asombrosa de niños. Son demasiados -30.500 por día, 11 millones por año - los menores que pierden la vida debido a causas que en gran medida es posible prevenir.

Pero por desgarradoras y carentes de sentido que sean esas muertes, no estoy hablando de ellas, sino de los millones y millones de niños perdidos entre los que siguen viviendo; transformados en virtualmente invisibles por la pobreza más extrema, no registrados al nacer -y, por ende, carentes del reconocimiento oficial de su nombre y su nacionalidad y de la protección de sus derechos-, siguen soportando su triste destino en profunda oscuridad.

Los niños perdidos son los más explotados, los más pobres de entre los pobres: niños soldados, niñas en prostíbulos, jóvenes trabajadores en condiciones de cautiverio en fábricas, talleres, campos y hogares de nuestro aparentemente próspero planeta. Se roba a esos niños su salud, su crecimiento su educación; y con frecuencia, incluso sus vidas.

Del número de niños de 5 a 14 años de edad que realizan actividades económicas, cuya cantidad se estima en 250 millones, de 50 millones a 60 millones de entre 5 y 11 años de edad están sometidos a esas intolerables modalidades de trabajo.

Para percatarse de la escala que representan estas cantidades, cabe imaginar un país tan populoso como los Estados Unidos, donde toda la población esté constituida por niños trabajadores. Cabe imaginar también que dentro de esa población, haya una clase de niños sojuzgados, más numerosos que los ciudadanos de Francia o del Reino Unido, que trabajan en condiciones tales que dejan baldados sus cuerpos y anquilosadas sus mentes, menoscaban su crecimiento y acortan sus vidas.

Si una tal abominación fuera visible y estuviera concentrada en un lugar, nadie la toleraría. No obstante, seguimos tolerándola en su forma oculta y dispersa, para nuestra vergüenza y para nuestro riesgo.

* Juan Somavía es Director General de la Organización Internacional del Trabajo.

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