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"El UNICEF me salvó la vida”, explica una de las primeras beneficiarias de nuestros programas

Imagen del UNICEF
© Photographer unknown/Collection of Joanna Stark
Antes de la adopción de Joanna se le tomó esta fotografía para enviarla a sus futuros progenitores para su aprobación familiar. El apoyo a su adopción fue unánime.

Tal como Joanna Maria Stark lo contó a Stacy Lu.

En diciembre de 1946, la Asamblea General de las Naciones Unidas creó el Fondo de Emergencia Internacional de las Naciones Unidas –más tarde conocido como UNICEF– para atender a los niños de los países devastados por la Segunda Guerra Mundial. Gran parte de la ayuda era en forma de alimentos y vestidos con destino a los campamentos de desplazados. También pudo beneficiarse de esta ayuda una niña perdida entre familias y países. Este es su relato.

Mi primer año de vida lo pasé en un campamento de personas desplazadas en la Alemania de la posguerra en el que había gran escasez de alimentos y suministros.

Nací en el verano de 1946, en Alemania, hija de una joven artista holandesa soltera. Un par de años antes, la habían detenido en los Países Bajos y, junto a otras mujeres holandesas, la habían traído a Alemania para procurar “esparcimiento” a los oficiales del Tercer Reich. Fui concebida pocos meses después del final de la guerra, y no sé quién es mi padre.

Mi madre natural no fue capaz de volver a su familia acompañada de una hija ilegítima y decidió seguir en Alemania hasta ser capaz de tomar una determinación. Confió su hija a un campamento de desplazados y trabajó de sirvienta de una familia alemana, con lo que me compraba alimentos y ropas cuando podía.

Esa ayuda tan necesaria

Unos meses más tarde, algunos colaboradores del UNICEF llegaron al campamento con los tan necesarios alimentos, suministros médicos y leche para los niños. La mortalidad infantil era muy elevada, y no cabe duda de que la ayuda del UNICEF salvó muchas vidas. Sin embargo, la falta de una alimentación adecuada y los cuidados necesarios fueron la causa más probable de mis problemas auditivos crónicos.

Me han contado que una de las colaboradoras del UNICEF, llamada Ingrid, me tenía un cariño especial. Cuando venía, se aseguraba de que estuviera limpia y bien alimentada. A veces, incluso me llevaba de paseo a un parque cercano.

Chester L. Hunt, capellán del ejército de los Estados Unidos, y su esposa, Maxine, fueron estacionados en Alemania inmediatamente tras la guerra. Una familia alemana amiga de los Hunt sabía que éstos querían adoptar un bebé. Las conversaciones de la familia llegaron a oídos de mi madre, su sirvienta. Se decidió a hablarles y explicarles que tenía una niña de corta edad, y que estaba dispuesta a entregarla en adopción.

Mis padres adoptivos me contaron muchas veces cómo fue la primera vez que me vieron. Yo estaba sola, me contaron, sentada en una cunita improvisada, en un rincón oscuro llevándome cosas a la boca. Era muy pequeña, pero tenía un aspecto saludable y me encantaba que me tuvieran en sus brazos.

Todas las partes estaban de acuerdo en la adopción y se firmaron los documentos pertinentes. No obstante, la obtención de documentos administrativos en la Alemania destrozada por la guerra era un asunto particularmente complicado. Mis padres, decididos a finalizar la adopción, me escondieron en un cesto y, juntos, tomamos un tren hacia la frontera austriaca. En dos ocasiones, los empleados del ferrocarril estuvieron a punto de descubrir el contenido del cesto, pero los otros viajeros colaboraron en la empresa, a la vista del empeño de unos padres que deseaban resolver la situación de una hija que adoraban. En 1952 obtuve la nacionalidad estadounidense.

Imagen del UNICEF
© Photographer unknown/Collection of Joanna Stark
Joanna en la actualidad, junto a su esposo, Ron, y su hija, Raya.

Trick or Treating

Mis padres me incitaron a participar en “Trick or Treat for UNICEF” cuando tuve la edad para ello, y lo hice con mucho entusiasmo. Mis padres eran personas compasivas y nos enseñaron a serlo también a mi hermana y a mí. Conocer mi relación con el UNICEF reforzó mi determinación y gratitud, ya desde mi infancia.

Cursé estudios superiores y después colaboré en el Peace Corps, en Nigeria septentrional. Hice de todo, desde trabajo de oficina hasta enseñanza del inglés y de cuidados sanitarios. Muchas organizaciones de ayuda trabajaban en cooperación a fin de proporcionar educación y cuidados sanitarios. Fue así como volví a entrar en contacto de nuevo con UNICEF, ya que a menudo se pedía a los miembros del Peace Corps su colaboración en la distribución de suministros del UNICEF, y para mí era un placer colaborar.

Me casé y después me instalé en el sur de Texas, donde yo también adopté una niña, que pronto participó en “Trick or Treat for UNICEF” y que enseguida pareció comprender también la importancia de esa actividad.

Mientras viví en Texas iba a menudo con mi familia y mis amigos a la ciudad de Reynosa, en México, que distaba solo quince kilómetros de donde yo vivía. Allí supe de muchachas muy jóvenes que se veían obligadas a ejercer la prostitución. Así que fundamos y gestionamos durante diez años La Casita, una casa de seguridad para jóvenes que proporcionaba refugio, cuidados médicos, escolarización y terapia. Para ello contamos con donaciones privadas y con la ayuda de organizaciones como los grupos de ex voluntarios del Peace Corps. El grupo de Nigeria aportó una ayuda particularmente valiosa.

Ayudando a los necesitados

Cada vez se hacía más peligroso mantener La Casita, así que en la primavera de 2001 decidimos colocar a las chicas en orfanatos tradicionales. Una vez más, recurrí al UNICEF. Era difícil de creer que niñas tan jóvenes se viesen obligadas a vivir así. Una noche, llena de desesperación, visité el sitio Internet del UNICEF y leí algunas estadísticas que me impresionaron: se estima que dos millones de niños y niñas sufren explotación en forma de prostitución y pornografía. A pesar de todo, tranquilizó un tanto saber que alguien más estaba al corriente de los horrores que enfrentan esos niños y niñas.

Ahora trabajo a tiempo parcial como consultante para jóvenes en el Braille Institute y gestiono una organización de educación medioambiental sin fines lucrativos.

Mi experiencia en el Peace Corps y mi trabajo en México me han hecho conocer los problemas de supervivencia que siguen enfrentando los niños. He visto morir niños, he visto abusos imperdonables, y he visto también cómo daban la espalda personas que podían ayudar.

A pesar de estas cifras espeluznantes, el UNICEF, gracias a su imagen de profunda preocupación, acción positiva, educación efectiva y creciente estabilidad como organización, es una de las grandes esperanzas de la Humanidad.

El UNICEF me salvó la vida y la de otros cientos de miles de niños y niñas.


 

 

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