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Esther Guluma en los titulares

El 17 de abril de 2001, a las dos de la tarde, un buque de bandera nigeriana, el Etireno, atracaba en el puerto de Cotonú (Benin). Gracias a Esther Guluma, representante del UNICEF en Benin, hacía una semana que el mundo esperaba su llegada. La razón era la carga del Etireno: el buque transportaba niños trabajadores con los que traficaba.

A pesar de lo sensacional de la noticia, este tipo de carga no es tan inusual en esta parte del mundo como muchos pudieran pensar. La pobreza en Benin es tan grande que algunos padres desesperados recurren a la venta de sus hijos, los cuales son objeto de tráfico humano con fines de trabajo, a penas remunerado, o de explotación sexual.

“La historia de estos niños del Etireno me permitió atraer la atención del mundo hacia el fenómeno del tráfico de niños”, afirma Guluma. “Quería mostrar a todo el mundo que hay que hacer algo para evitar el sufrimiento de estos niños, y que hay que hacerlo ya”.

El furor fue productivo.

“El reconocimiento por parte del Gobierno de Benin, en una declaración conjunta con el UNICEF del país, en el que se reconocía la existencia del tráfico de niños, no hubiera sido posible sin la presión de los medios de comunicación”, afirma Guluma. “Desde entonces, las actividades de la brigada de menores de la policía se han incrementado, y se ha arrestado a buen número de traficantes. Asimismo, el proceso judicial contra los traficantes del Etireno está sirviendo en buena medida de disuasión”.

Cambiar la vida

La carrera de Guluma en el UNICEF comenzó en Kenya en 1992.

“Para mí Kenya era un país de safaris”, afirma. Pero pronto se familiarizaría con una parte del país que no se muestra en los folletos turísticos: los suburbios de Nairobi y las espantosas condiciones de vida de los niños que viven y trabajan en la calle.

“También aprendí rápidamente los estragos causados por el VIH/SIDA y las consecuencias de la persistente sequía en el norte del país”, añade Guluma. “Mis ojos se abrieron al sufrimiento de los demás por medio de los empleados del UNICEF que trabajaban con los pobres, los enfermos, los analfabetos. Resultaba muy satisfactorio comprobar que el trabajo que realizábamos estaba cambiando las vidas de la gente de un modo positivo”.

Su siguiente puesto, en Liberia, fue también una revelación.

“Con los desplazados aprendí el significado de la palabra desesperación”, explica Guluma. “Pero también aprendí la importancia que tiene en tiempos de tragedia el envío rápido de medicinas, agua, cobijo y ropas”.

Para el UNICEF, estas medidas de emergencia son siempre solo una parte de la historia, y Guluma participó también activamente en Liberia en tareas de reconstrucción y rehabilitación. Trabajo con niños que habían sido soldados, desarrolló un programa de asesoramiento en casos de trauma, instó a la aceptación de la educación en situaciones de emergencia y diseñó y ejecutó un programa de educación para la paz.

Esther Guluma tiene la suerte de que su esposo, médico de profesión, puede acompañarla en sus viajes por todo el mundo y estima que su estilo de vida, tan itinerante, tiene ventajas para sus hijos. “Mi trabajo les aporta una verdadera cultura universalista”, afirma.


 

 

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