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Artículo de opinión del Director Ejecutivo de UNICEF sobre la recuperación de Haití

Toneladas de escombros sin despejar todavía. Ciudades de tiendas de campaña repletas hasta rebosar. Decenas de miles de niños y niñas que necesitan protección. Es probable que estas imágenes tan duras de Haití, así como las valoraciones descarnadas de la crisis en curso, dominen nuestros pensamientos a lo largo de esta semana, en la que conmemoramos el sombrío aniversario del terremoto del que se cumple un año este miércoles.

En una situación de emergencia de dimensiones tan trágicas como éstas, es natural que busquemos villanos y mucho más difícil que tratemos de encontrar héroes. Pero, a medida que realizamos evaluaciones con total franqueza y aprendemos de aquello que ha ido mal en Haití, también debemos estudiar y construir a partir de lo que ha salido bien, así como preguntarnos por qué ha sido así.

La tarea ha resultado titánica, en un escenario humanitario del peor tipo posible en uno de los países más pobres del mundo, con víctimas masivas, catástrofes múltiples, la destrucción de la administración pública de la nación, resmas de documentos fundamentales perdidas y daños asombrosos en las infraestructuras vitales del país. Los retrasos en la ayuda comprometida han complicado aún más las labores de recuperación.

Además, en los últimos tres meses, la epidemia de cólera se ha cobrado casi 3.500 vidas, con unos 150.000 casos notificados hasta la fecha. A pesar de nuestros decididos esfuerzos, esta enfermedad mortal no ha alcanzado todavía su pico más alto.

Se trata de obstáculos enormes, sin precedentes. No obstante, al mirar hacia atrás, debemos recordar que no sólo podría haber sido mucho peor, sino que también ha sido posible un progreso real, incluso en circunstancias tan terribles.

Mediante un trabajo conjunto, las organizaciones de socorro de Haití, 140 países donantes, ONG internacionales y las Naciones Unidas, entre ellas UNICEF, han salvado y mejorado muchas vidas. Se ha transportado en camiones más de ocho millones de litros de agua potable cada día; las unidades móviles de nutrición han ayudado a evitar la extensión de la desnutrición aguda; se ha inmunizado a casi dos millones de niños, niñas y jóvenes.

Miles de niños y niñas han sido reunificados con sus familias. Casi 100.000 niños continúan beneficiándose de una red de espacios acogedores para la niñez que proporciona atención psicosocial. Y la nueva campaña “Todos a la escuela” está llegando a alrededor del 80% de los niños y niñas afectados directamente por el terremoto.

Éste es sólo un comienzo. En Haití, como en toda situación de emergencia, podemos y debemos realizar un trabajo mejor en el ámbito de la canalización de la ayuda comprometida a las personas y a las comunidades que más la necesitan. Debemos asegurar una mejor coordinación entre el Gobierno, la comunidad internacional de ayuda y las ONG locales. Y tenemos que hacer más para apoyar a los esfuerzos que realizan las comunidades por dirigir sus propias tareas de recuperación.

Cuando queda tanto por hacer y cuando tantas personas continúan sufriendo, no es momento de autocomplacencias. Pero tampoco debe convertirse en una ocasión para la autoflagelación. De hacerlo, caeríamos en el riesgo de desalentar a aquellos que todavía pueden proporcionar ayuda, en detrimento de las personas que tan desesperadamente la necesitan. Y constituye tanto una negación de las pequeñas victorias obtenidas como un repudio de los héroes que aún están ahí, todos los días, ayudando a reconstruir vidas y a devolver la esperanza.

Heroínas como Marie, una ingeniera de estructuras y locutora de radio que regresó a Haití después del terremoto, decidida a ayudar a los niños y niñas haitianos mediante la reconstrucción de escuelas. Tal como afirma, “si no les damos a los niños y niñas la oportunidad de ir a la escuela, perderemos a toda una generación''.

Héroes como Frère Franklin, cuyo compromiso con los niños y niñas de Haití es algo ya legendario y cuyas acciones para proporcionar agua potable tras el desastre están llegando a miles de personas en todo el país.


Heroínas como Mauvette, una enfermera graduada y antigua profesora de una escuela de enfermería de Puerto Príncipe, que escapó de la muerte por muy poco y que ahora se dedica a las famosas “tiendas bebé” de Mais Gate, donde se han salvado tantas vidas de recién nacidos. Y las heroínas jóvenes como Judith, de 15 años, que perdió a su madre y su hogar en el terremoto, pero que ha conservado la esperanza. Ella vive ahora en una misma habitación junto con ocho familiares y camina dos horas cada día para asistir a la escuela. “A veces quiero rendirme”, asegura, “pero una vocecita me dice que siga adelante”.

¿Acaso podemos hacer menos?

No se puede negar que hoy en día, en Haití, los escombros siguen amontonados, el cólera continúa matando y la agitación política todavía pone en peligro el progreso. Pero ha llegado el momento de alzar la vista más allá de los escombros y de las ruinas, y mirar hacia adelante, a un Haití más fuerte. Un año más tarde, tenemos una elección: podemos encogernos de hombros o unirnos codo con codo en un compromiso renovado para ayudar a los haitianos a reconstruir un país tan lleno de heridas. Porque, ¿cómo podemos desesperarnos cuando tantos haitianos no lo han hecho?

Para saber más: http://www.miamiherald.com/2011/01/11/2009944/look-beyond-the-rubble.html#ixzz1ApsyDHgY


 

 

 

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