Panorama: República Árabe Siria

En el campamento de Bab Al Salama, en la frontera entre Siria y Turquía, se habla del pasado, del presente… y del futuro

Por Patrick Wells

Residentes del campamento Bab Al Salama, en la frontera entre Siria y Turquía, hablan sobre el pasado y el presente… y se preguntan qué les deparará el futuro.

BAB AL SALAMA, República Árabe Siria, 23 de abril de 2013 – En noviembre pasado, Bassam Guan, un hombre de 35 años, padre de cuatro hijos, se fue al trabajo en una planta de congelados de su ciudad natal, Marea, en la zona norte de la República Árabe Siria. Su familia nunca lo volvió a ver.

En el campamento de Bab Al Salama, en la frontera entre Siria y Turquía, Raya recuenta la forma en que su marido fue asesinado y dice que siente que sus hijos están “en retroceso”. Su hijo Aysa, de 11 años, habla de su vida antes y después de que la familia huyera de su hogar.

 

Esa tarde, la planta fue bombardeada por aviones de guerra. El Sr. Guan y nueve de sus compañeros murieron en la explosión. Muchos más resultaron heridos.

“En retroceso”

Seis meses después, su hijo Aysa, de 11 años, se encuentra en el campamento de refugiados Bab Al Salama, en la frontera norte de la República Árabe Siria con Turquía. La familia vive en un pequeño cuarto de cemento.

“Ahora no sonreímos, después de que mi padre [murió]. Pasamos los días caminando en el barro, yendo a buscar comida y agua”, dice.

Raya, madre de Aysa, me muestra la foto de su esposo que tiene en su teléfono móvil. El rostro del hombre es amable y abierto.

“Mis hijos no están recibiendo muchas cosas básicas aquí, como una educación adecuada o libros”, dice. “Están en retroceso”.

“Yo quería ser maestra, pero ahora ¿dónde está la escuela para aprender y, mucho menos, enseñar?”, dice Aysa.

La muerte de su marido significa que la Sra. Guan también debe preocuparse de cómo va a mantener a sus hijos, ya que todos ellos son menores de 13 años.

“Después de que mi marido muriera”, dice, “me quedé con cuatro hijos pequeños. Por supuesto, ellos no pueden tener trabajo, ya que son demasiado pequeños. Me siguen pidiendo dinero para la ropa y otras necesidades, y yo no puedo hacer nada al respecto”.

Cuando trato de preguntarle acerca del efecto que la muerte de su marido ha tenido sobre sus hijos, su pena revive y llora amargamente.

Tratar de superar la situación

Con el fin de generar ingresos, muchos refugiados de los campamentos han recurrido a la venta de dulces, refrigerios y otros productos como velas y jabones.

Ibrahim Abdel Ghani fue conductor de ambulancias en Alepo, antes de que la guerra se extendiera por su barrio. Ahora vende falafel en un puesto improvisado en el barro. Su hijo Mohammed, de 12 años,  intenta ayudar vendiendo en el campamento paquetes pequeños de galletas, en general con poco éxito.

“Vendemos dulces y galletas y tratamos de ayudar a nuestro padre”, dice. “No estamos ganando mucho, la gente sólo nos da propinas, una lira, por ejemplo”.

Mientras hablamos, Mohammed coloca los brazos alrededor del cuerpo y tirita. Sólo tiene una camiseta de manga larga, que ofrece poca protección contra el viento y la lluvia.

“Necesitamos ropa y alguien que arregle el cuarto de baño”, dice, “pero lo que queremos con más urgencia es mejor comida”.

Las sesiones de juego proporcionan algo de alivio

Samir Belshi, que era profesor de arte en Damasco, está trabajando para una ONG que proporciona sesiones de juego para los niños en tiendas de campaña especialmente construidas.

“La mayoría de los niños tienen los mismos problemas mentales, debido a la sangre y la destrucción”, me dice. “Si ven un avión, empiezan a temblar y se asustan. Cada vez que oyen una explosión, dicen, ‘es un scud, disparan misiles scud contra nosotros’. Tienen miedo de cualquier ruido fuerte, incluso del sonido de un automóvil”.

Las paredes de la oficina del Sr. Belshi están adornadas con obras de arte de los niños. Se puede observar que en las mentes de los jóvenes bulle una violencia extrema.

Una pintura muestra a una familia en una tienda de campaña, pero las ventanas están selladas, como en la celda de una prisión. “Mientras duermen, los niños tienen la pesadilla de que están encarcelados en este campamento”, dice el Sr. Belshi.

“Los niños son inocentes. Los niños no han hecho nada malo. No han destruido nada ni han derramado sangre. Pero ellos están pagando el precio”.


 

 

Para ver: Entrevistas en el campo Bab Al Salama (en inglés)

Fotografía UNICEF: Refugiados en el Líbano

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