Swazilandia

En Swazilandia, los niños víctimas del maltrato encuentran un hombro sobre el que llorar

Por Chiara Frisone  

Esta semana, representantes del gobierno y la sociedad civil de 20 países, así como expertos que trabajan en temas de protección social y prevención y respuesta ante los casos de violencia se reúnen en Swazilandia para debatir el modo de transformar los datos sobre la violencia contra las niñas y los niños en medidas concretas para impedirla.

En un poblado cerca de Mbabane, Khanyisile Simelane llevará a cabo su propia reunión, hablando con un grupo de niños sobre el maltrato.

 

MALYADUMA, Swazilandia, 28 de mayo de 2014 – Cuando era niña, Khanyisile Simelane tenía muchas razones para llorar. Sus progenitores la maltrataban y no podía recurrir a nadie.

“En aquella época”, dice, “uno no informaba sobre cuestiones ‘familiares’ a nadie”.

Ahora, a los 56 años, los niños sí pueden recurrir a ella. Forma parte de un ejército de voluntarios que hacen saber a los niños y niñas víctimas de maltrato que no están solos, que tienen a alguien con quien pueden hablar, alguien que puede ayudarles.

Un hombro sobre el que llorar

La Sra. Simelane es una voluntaria comunitaria electa conocida en SiSwati como Lihlombe Lekukhalela – un hombro sobre el que llorar. Hay 10.000 Lihlombe Lekukhalela. Abordan la violencia contra los niños y las mujeres a nivel de base en toda Swazilandia.

La tarea de los voluntarios no es sencilla. Una encuesta nacional llevada a cabo en 2007 reveló que alrededor de una de cada tres mujeres había sufrido alguna forma de violencia sexual cuando era pequeña, mientras que una de cada cuatro había sufrido violencia física.

Las niñas y los niños de corta edad son quienes más peligro corren de sufrir maltrato. “En mi poblado, los ganaderos engañan a las niñas cuando van a la escuela ofreciéndoles dinero”, explica la Sra. Simelane. “Sobre todo las huérfanas tienen que arreglárselas por sí solas”.

En Swazilandia hay muchos huérfanos. Un país con una población de poco más de 1 millón de personas, se enfrenta a diversos problemas socioeconómicos, incluida la mayor prevalencia de VIH en el mundo. Casi 80.000 niños de 0 a 17 años perdieron a uno o ambos progenitores debido al sida en 2012. 

Puntos de atención

Para apoyar a los niños de Swazilandia, se han establecido puntos de atención en sus vecindarios. En los puntos de atención, los niños acuden a comer, a jugar y a realizar sus tareas en un entorno seguro y supervisado.

Hoy en día, la Sra. Simelane se encuentra junto a un grupo de niños en el punto de atención de su vecindario. Les cuenta una historia vívidamente ilustrada para educarles sobre el maltrato, y ellos están fascinados.

La historia es sobre la hermana serpiente, que atrae a los niños del poblado con dulces y luego trata de abusar de ellos. Pero los niños consiguen escapar. Corren directamente hacia un elefante para denunciar a la hermana serpiente. “Gracias a sus grandes orejas”, dice, “el elefante prestó atención a lo que los niños decían”.

Visitas a la casa y un centro de ayuda

La Sra. Simelane también recorre todo el poblado, de puerta a puerta. Habla con las mujeres sobre cómo identificar las diferentes formas de maltrato y les explica cómo puede ayudarles. Ha recibido capacitación en asesoramiento básico y puede orientar a las mujeres y los niños sobre su situación.

Si considera que la situación es muy compleja o que ella no puede abordarla, remite el caso al Grupo de acción de Swazilandia contra el maltrato (SWAGAA) o a otra ONG, la policía o el centro One-Stop Shop. El One-Stop Shop es un centro para niños y mujeres que han sufrido malos tratos. Allí, pueden recibir orientación, atención de la salud y servicios jurídicos bajo el mismo techo.

Ubicado en la capital, Mbabane, el centro lleva abierto menos de un año y ofrece un apoyo simple y sensible a los niños y las mujeres que han sufrido maltrato.

Futhi Gamedze coordina el centro. Dice que las cosas son muy diferentes para las mujeres desde que el centro abrió sus puertas. “A muchas mujeres que sufrían maltrato les enviaban de un lado a otro, lo que hacía que su experiencia fuese aún más traumática”, explica.

Luchar contra un problema enraizado

En Swazilandia, muy pocos sobrevivientes del maltrato sexual procuran apoyo institucional, como por ejemplo orientación o ayuda de la policía. Muchos menos van siquiera a los tribunales para denunciar a los culpables.

La Sra. Gamedze se hace eco de lo que dijo la Sra. Simelane sobre las cuestiones “familiares”. “En nuestra comunidad”, asegura, “existe lo que llamamos Tibitendlu. La gente no denuncia, especialmente cuando el maltrato procede de un miembro de la familia. No acuden a denunciar porque piensan que son cuestiones familiares que deben resolverse dentro de la familia”.

Sin embargo, la labor de Lihlombe Lekukhalela ha marcado enormemente la diferencia, asegura. “Ahora encontramos que cuando la gente sabe que un niño de determinada familia ha sufrido malos tratos, acuden a informar sobre el abuso al centro One-Stop o a la policía, y luego nosotros nos hacemos cargo y visitamos a la familia de esa niña y trabajamos el caso hasta el final”.

En Swazilandia se espera que un día los crímenes de abuso sexual y otro tipo de violencia hacia los niños y las mujeres se puedan llevar más fácilmente ante los tribunales, cuando el proyecto sobre crímenes sexuales y violencia doméstica se convierta en ley. Porque en Swazilandia existe la voluntad política de abordar este problema social y de salud pública.

Entretanto, y en el futuro, la Sra. Simelane y sus compañeros, los Lihlombe Lekukhalela, los elefantes con grandes orejas, están llevando a cabo la mayor de las batallas. Están cambiando las actitudes sobre el maltrato y empoderando a los niños y las mujeres por medio de la educación y el apoyo en sus propias comunidades.


 

 

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