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Sudán

Diario de operaciones

2 julio 2004 - Historias de horror en los dibujos de un niño

Imagen del UNICEF
© UNICEF/HQ04-0311/Nesbitt
Jamal, de 13 años de edad, muestra sus dibujos en el campamento de Kalma, en Darfur Meridional

Medio millón de niños y niñas, por lo menos, han debido abandonar sus hogares en Darfur; y muchos han sido víctimas directas de episodios de violencia aterradora, o testigos de los mismos.

James Elder, Oficial de Comunicación del UNICEF, informa que algunos de los testimonios más estremecedores se reflejan en los dibujos realizados por niños y niñas alojados en los centros de apoyo que el UNICEF ha abierto en Darfur. En esos centros se alienta a los niños y las niñas a que hagan dibujos alusivos a sus experiencias, o a que hablen de las mismas, a fin de aliviar sus traumas.

DARFUR, 2 de julio de 2004 - Los dibujos de Asma cambiaron radicalmente cuando alguien le dio un lápiz rojo. En sus ilustraciones las plantas florecieron, salió el sol... y de los cuerpos comenzó a manar sangre. En los dibujos donde vierte los recuerdos del mortífero ataque contra su aldea en Darfur - y que le ayudan a recuperarse de la horrible experiencia -- Asma, de 11 años de edad, representa a un hombre montado en un camello que abre fuego contra una multitud.

No se trata de víctimas imaginarias. Asma las va individualizando una por una. Primero su padre, luego su hermano mayor, después su tía. Todos muertos. Todos asesinados hace cuatro meses, cuando un grupo de milicianos armados atacó a su familia en su granja. Se trató de una tragedia que se sigue repitiendo con regularidad aterradora a lo largo y a lo ancho de una región del tamaño de Francia.

"Primero escuché el sonido de los helicópteros y luego los gritos", recuerda Asma mientras juguetea con los nuevos lápices que le dio el UNICEF. "Fue de madrugada. Mi padre ya estaba en los campos. Yo corrí hacia él . Las chozas de paja estaban en llamas, y entonces llegaron los hombres en los camellos. Le disparaban a la gente, y la gente gritaba. Vi que mi padre se alejaba del campo sembrado, pero antes de que llegara adonde estaba yo recibió los disparos. Luego mi madre logró encontrarme, y juntas huimos corriendo y nos escondimos en el granero donde almacenábamos comida para los animales. Recuerdo que me decía que no hiciera ruido, pero que yo seguía llamando a mi padre a los gritos".

En estos ataques brutalmente devastadores se han incendiado cientos de aldeas campesinas y se ha matado a miles de personas. Abundan las denuncias de la violación sistemática de las mujeres, se han saqueado o destruido las cosechas y el ganado, así como las reservas de alimentos de los campesinos.

"Permanecimos en el granero casi todo un día", continúa Asma, "y no salimos hasta que estuvimos seguras de que había pasado el peligro. Al salir, lo encontramos a mi hermano. Estaba muerto. Mi tía había sufrido quemaduras, pero aún estaba viva. Tratamos de huir hacia las montañas, pero mi tía murió por el camino. Caminamos dos días sin parar, sin agua, y finalmente llegamos a Nyala [la capital de Darfur Meridional]. Un mes más tarde nos trajeron aquí, al campamento para personas desplazadas de Kalma. En mi aldea teníamos animales y cosechas y árboles. Aquí no tenemos nada. Y extraño mucho a mi padre".

Por tratarse de una niña de 11 años que recuerda la muerte de tres miembros de su familia, Asma se muestra notablemente calmada. Aunque no mira directamente a la persona que tiene enfrente, el tono de su voz es firme. Eso, me dirá luego su maestra, es uno de los resultados positivos de su asistencia a la escuela y a las clases de dibujo organizadas por el UNICEF. "Al igual que los demás niños, cuando Asma vino por primera vez a la escuela estaba muy nerviosa y era muy reservada", comenta Nagla Zakaria, su maestra, a quien el UNICEF le brindó capacitación en materia de apoyo psicosocial. "Mediante los dibujos, ella ha comenzado a manifestar sus sentimientos, y lo que resulta igualmente importante, ha logrado descubrir que hay otros niños y otras niñas que han tenido experiencias similares. Nos queda mucho trabajo por delante, pero Asma ha comenzado a recuperar la confianza y su capacidad de relacionarse socialmente con los demás".

Imagen del UNICEF
© UNICEF/HQ04-0309/Nesbitt
Un cuaderno escolar en el campamento de Kalma, en Darfur Meridional

Asma es un ejemplo de los miles de niños y niñas afectados por el conflicto armado en Darfur que han comenzado a superar las horrendas experiencias que sufrieron gracias a los centros de apoyo psicosocial del UNICEF, donde se les ayuda a expresar sus sentimientos y a adquirir una mayor autoestima mediante el dibujo, la práctica de los deportes, los cuentos y las representaciones teatrales.

"Esas actividades generan ámbitos seguros donde los niños y las niñas pueden jugar, relacionarse unos con otros y comenzar a sentir cierta normalidad en sus vidas", afirmó el Representante interino del UNICEF en el Sudán, Cecilio Adorna. "Los niños de Darfur han padecido de una manera horrible, y siguen sufriendo, pero mediante estos centros nos proponemos garantizar que cuando se depongan finalmente las armas, las consecuencias del conflicto no continuarán perjudicando a la niñez".

En el último año, 1,2 millones de personas - la mitad de ellas menores de edad - han sido violentamente alejadas de sus hogares en Darfur. Hasta febrero de este año, el suministro de asistencia humanitaria estuvo sumamente restringido. Desde entonces el conflicto se ha profundizado hasta llegar a lo que las Naciones Unidas describen como "el mayor desastre humanitario de la actualidad".

El UNICEF sostiene que no sólo se debe garantizar la salud física de los niños afectados, sino que también se debe asegurar su bienestar psicosocial. De allí que en las últimas semanas se hayan construido en muchos puntos de Darfur decenas de aulas y centros de servicios psicosociales.

Noreldin, un niño de 16 años de edad cuya vida fue violentamente alterada recientemente, también ha recibido los beneficios de estos centros. Noreldin dormía cuando ocurrió el ataque contra su aldea. En esos momentos, su padre estaba orando en la mezquita, su madre estaba ordeñando el ganado y su hermano se preparaba para ir a trabajar al campo. Nunca lo logró. "Cuando llegaron los hombres en los camellos, muchos trataron de escapar", me cuenta Noreldin sin dejar de dibujar. "¡Había tanta confusión! Las casas estaban en llamas, la gente caía bajo las balas. A mi hermano lo alcanzaron varios disparos. Era mi mejor amigo. Mi hermano está muerto".

Noreldin y los restantes miembros de su familia que sobrevivieron huyeron hasta el campamento para personas desplazadas de Mersching, distante unos 40 Km. de su aldea. Allí permanecieron tres días, pero debido a la grave carencia de agua e instalaciones adecuadas debieron regresar a su aldea. "¿Qué otra cosa podríamos hacer?", comenta Noreldin. "Ése era nuestro hogar". Dos días después, regresaron los milicianos e incendiaron las chozas que quedaban y mataron a las pocas cabras y vacas que habían sobrevivido al ataque inicial. También cortaron los árboles frutales, con los cuales alimentaron a los camellos.

Junto a los dibujos de Noreldin que muestran escenas de muerte y destrucción hay bosquejos de fértiles campos sembrados, de flores y de hermosas mezquitas. "Mi aldea lo tenía todo. Buen suelo, buenas cosechas y muchas vacas", explica mientras caminamos rumbo a su nuevo hogar en el campamento. Rodeado de pequeñas chozas de paja que no resistirán la lluvia, Noreldin duerme junto a su padre, su madre, su tía y sus dos primos. "Me hace feliz ir a la escuela todos los días", comenta. "Allí tengo amigos, y con ellos juego al fútbol. Todavía quiero ser granjero, pero mi maestra dice que soy un buen dibujante. Nunca había tenido cuadernos ni lápices. Estos recuerdos me resultan dolorosos, pero me siento mejor cuando los dibujo, y puedo hablar con otros alumnos. Para mí, esos son los mejores momentos del día".


 

 

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Historias de horror en los dibujos de un niño

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