Panorama: Filipinas

Las familias desplazadas luchan para reconstruir sus vidas después del tifón Haiyan

Tres mujeres desplazadas describen sus esfuerzos para reconstruir una vida para ellas y para sus hijos después del tifón Haiyan.

 

Por Marissa Aroy

Un mes después de que el tifón Haiyan azotara Filipinas, la vida regresa lentamente a la normalidad en una de las zonas más afectadas, Tacloban, pero como muestran las experiencias de estas familias, es preciso tomar decisiones difíciles y nada volverá a ser igual.

Imagen del UNICEF
© UNICEF Philippines/2013/Aroy
Dennie Monteroso, con cuatro de sus seis hijos, en la escuela donde se refugiaron después del tifón Haiyan. Tanto ellos como los otros refugiados tendrán que mudarse pronto para que los niños, incluida la hija de Dennie, puedan regresar a la escuela.

TACLOBAN, Filipinas, 11 de diciembre de 2013 – Al amanecer, los evacuados de la escuela central Rizal duermen sobre los bancos de la escuela y en el suelo, uno al lado del otro. “Somos como sardinas”, dice Dennie Monteroso, madre de seis hijos. En este aula, 22 familias comparten la cocina, comen sobre los pupitres y comparten los alimentos de socorro: en su mayoría, sardinas enlatadas y paquetes de fideos secos.

Rizal, una escuela elemental, se ha convertido en un centro de evacuación para las personas que quedaron sin hogar debido al tifón Haiyan. Karen, la hija de Dennie, asiste normalmente al quinto grado aquí, pero las clases se interrumpieron con la llegada del tifón, y las 45 aulas de la escuela están ocupadas por alrededor de 1.000 evacuados.

De los 15 millones de personas afectadas en Filipinas por el tifón Haiyan, alrededor de 4 millones han quedado desplazados de sus hogares, entre ellos más de 94.000 que viven en 385 centros de evacuación.

En la ciudad de Tacloban, en la provincia de Leyte, uno de los lugares más afectados, los desplazados residen en varios centros provisionales de evacuación; son personas que buscaron refugio antes del tifón o que tuvieron la suerte de sobrevivir y de llegar a uno de los lugares de evacuación.

“Ha desaparecido, está arrasado por el agua”, dice Dennie. De hecho, todo su vecindario, Pampango, fue arrasado, el término que utilizan muchos filipinos para describir la manera en que sus casas y sus pertenencias fueron demolidas y arrastradas por las olas, parecidas a un tsunami, que generaron la tormenta y los vientos destructivos que trajo el tifón Haiyan, conocido localmente como Yolanda. Su barangay (vecindario) es ahora un terreno lleno de escombros de madera, rotos como si fueran palos de fósforo, y restos de techos de aluminio.

Pero los centros son temporales. Los oficiales de la escuela quieren que los niños regresen a estudiar. Dennie y su familia necesitarán mudarse a algún lugar para que los niños, como su propia hija, Karen, puedan regresar a la escuela.

Imagen del UNICEF
© UNICEF Philippines/2013/Aroy
Lucila Tumalon, su marido y sus cuatro hijos evacuaron su vecindario dos días antes de la llegada del tifón Haiyan. Ahora viven en el “Astrodome”, el Centro de convenciones de Tacloban, que ha acogido a los evacuados.

Un funcionario de UNICEF le hace unas cuantas preguntas: “¿Cuáles son las cosas que te faltan? ¿Tienes todo lo que necesitas, las cosas básicas?” Ella responde claramente: “Necesito construir una casa donde poder vivir con mis seis hijos”.

El tifón Haiyan duró varias horas, pero la recuperación llevará meses, si no años. Para las numerosas personas que perdieron sus hogares, lo más duro es tratar de enfrentarse a lo desconocido

Un futuro incierto

Lucila Tumalon tiene que hacer frente a muchas cosas desconocidas. Esta mujer, madre de cuatro hijos, se refugió de la tormenta en una de las tiendas que hay en el centro de convención de Tacloban, conocido también como el “Astrodome”. Ahora vive allí. El centro de convención se distingue desgraciadamente por estar situado allí donde desagua el detritus en el mar, incluidos muchos cadáveres. Su hijo de siete años parece ya estar familiarizado con la escena, y sin demasiada emoción señala tres cuerpos que yacen descubiertos en la costa.

“No sabemos cuánto tiempo vamos a vivir aquí”, dice Lucila. “Hasta ahora no sabemos cuáles son los planes para la gente. No sabemos dónde vamos a vivir. No sabemos si recibiremos comida. No sabemos por cuanto tiempo recibiremos socorro”.

Tiene ganas de regresar a Bohol, de donde procede, y ha estado tratando desesperadamente de saber qué ha ocurrido con su madre allí.

Una semana después, se marcha con su familia a Bohol, y otra familia ocupa su lugar en el centro de convenciones.

Un presente incierto

Siempre fue un santuario espiritual, pero después de la tormenta, la Iglesia redentorista se convirtió en un santuario físico también. La Iglesia se transformó en una enorme habitación, donde los reclinatorios se convirtieron en camas, las paredes se decoraron con la ropa tendida y los niños corrían de un lado a otro de una forma que bajo circunstancias normales hubiera sido indecoroso para un lugar religioso.

Imagen del UNICEF
© UNICEF Philippines/2013/Aroy
Michelle Tanawan (en primer plano) y otras personas desplazadas que viven en la Iglesia redentorista. Ella, su marido y su hijo de un año comenzaron a vivir allí después del tifón, pero tuvieron que mudarse de nuevo cuando la Iglesia reanudó sus actividades.

Michelle Tanawan vivía una vida acomodada en Tacloban antes de la tormenta. Su marido, Chucky, tenía un trabajo en el estadio de deportes, y ella manejaba una pequeña tienda allí. Pero el estadio quedó destruido, al igual que su casa.

“No teníamos ni siquiera ropa con nosotros. No recuperamos ni una sola cosa” dice. Su hijo de un año, Jake Lawrence, recibió tratamiento para la diarrea, y su marido está preocupado de que pueda perder peso.

Un día, la Iglesia anunció que todo el mundo tenía que trasladarse. La gente se podía mudar a otro centro de evacuación, podían viajar a cualquier otro lugar o podían obtener algunos materiales de construcción para levantar un refugio temporal.

Ellos trataron de imaginar cuál era la mejor opción. “Nuestra decisión ahora es ir a otro lugar, a Manila o cualquier otro sitio donde podamos volver a empezar”, dice Michelle.

“De vuelta a la normalidad”, añade su marido.

“Tenemos a nuestro bebé, y aquí no hay nada que podamos comprarle”, dice. “Solamente podemos contar con las cosas que la gente nos da. Esta es básicamente nuestra única posibilidad”.

Michelle y su familia abandonaron la iglesia, y nadie sabe cuál fue la decisión que tomaron.

La Iglesia redentorista está vacía ahora, excepto por los servicios eclesiásticos normales.

Levantarse

Cada día que pasa en Tacloban hay nuevos negocios que vuelven a abrir, hay más calles limpias de escombros, y los cadáveres se recuperan, se registran y se entierran. El gobierno local, las ONG y los grupos de ayuda humanitaria están trabajando juntos para proporcionar servicios básicos, agua y suministros médicos a las personas que los necesitan.

Se están planificando las próximas medidas en la vida después del tifón Haiyan, tanto a gran escala como a pequeña escala. Dennie, Lucila y Michelle están planificando las vidas de sus hijos, pensando en lo que sea mejor para ellos. Para algunos, significa comenzar de nuevo en un lugar diferente, mientras que otros prefieren reconstruir aquí.

A lo mejor les inspira un nuevo lema que circula por la ciudad y está impreso en las camisetas: “Bangon Tacloban”, o, como se traduce en español, “Levántate, Tacloban”.


 

 

Fotografía UNICEF: Tifón Haiyan

 

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