Panorama: Paraguay

Una niña sueña a pesar de la adversidad

A Amada, de siete años, le encanta aprender e ir a la escuela. "Si fuera posible, ella incluso iría a la escuela los domingos", dice su abuela.  Descarga este vídeo

 

Por Magalí Casartelli

Después de que las inundaciones obligaron a su familia a abandonar su hogar, una niña en el Paraguay se aferra a la esperanza de que la educación le guiará a una vida mejor.

PUERTO FALCÓN, Paraguay, 13 de agosto de 2014 – Al verla por primera vez es fácil advertir que Amada Zuleide Maldonado, de 7 años, es de esas niñas que la cultura guaraní bien define como juky –con gracia. Observarla en la distancia es detener la mirada en sus rizos oscuros, su plática decidida y natural durante el recreo de la escuela y su rostro besado por pequitas transparentes que sellan ese retrato de niña alegre y entregada al juego.

Justo donde convergen los dos ríos hoy rebasados, el Paraná y el Paraguay, está la comunidad que la acoge. Amada viene de Chaco’i en la ciudad de Puerto Falcón, departamento del Presidente Hayes, ubicada a 48 km de Asunción. Tiene como lengua materna el guaraní y es un placer para el oído escucharla conversar con la fluidez de quien se siente cómoda con lo que es y con lo que dice, además del agregado que da la armoniosa sonoridad de ese idioma.

La escuela, la comunidad

Ella es parte de una de las escuelas móviles. La suya funciona en un predio de la Aduana de la ciudad y son espacios habilitados por el Ministerio de Educación y Cultura en los que Unicef colabora en coordinación con la Secretaría Nacional de la Niñez y la Adolescencia (SNNA) y la Secretaría de Emergencia Nacional (SEN).

Imagen del UNICEF
© UNICEF Paraguay/2014/Crespo
Amada se para delante de su clase en la escuela móvil.

Desde que el agua y el exceso de barro, productos de la crecida de los ríos, han obligado a 245.945 personas a migrar en busca de refugios, en este lugar se levantó un campamento en el que se asentaron 60 familias.

Los refugios son similares a los que se erigieron en Asunción: precarias estructuras con paredes de madera terciada y techos de zinc. Pese a estar alejados de las zonas de mayor inundación, aún siguen haciendo esfuerzos por aislarse de la humedad y el agua. El suelo, dentro y fuera de los refugios, no es tierra firme ni seca: el barro se impregna y dificulta el tránsito. Dentro de las improvisadas viviendas se movilizan con botas o con cualquier calzado que tengan.

Marcelina Gaona es la directora de la escuela. Hoy, en estas circunstancias, se hace cargo de tres instituciones que están albergadas en esa escuela móvil. Desde el preescolar hasta el sexto grado, y vienen de las comunidades de Loma Conché, María Auxiliadora y Chaco’i. En este contexto, el sistema que les calza es el de plurigrado. En la rutina escolar conviven niños y niñas de distintos grados.

Como aún existen familias que deciden resistir con sus viviendas rodeadas de agua e inundadas de barro, también llegan hasta la escuela niños y niñas que hacen esfuerzos meritorios para llegar día a día hasta donde funciona su escuela móvil. Lo mismo pasa con las y los docentes. “Muchos de ellos viven en sus casas y aguantan en la parte alta, se manejan en canoa para venir hasta la escuela”. Marcelina menciona el caso del profesor Sergio Insfrán, que viene en bicicleta hasta un punto y luego cruza en canoa.

Amada: la niña con identidad propia

A Amada le dicen Marilina’i (*) porque canta y baila con una gracia que casi supera a la artista popular paraguaya que se hizo famosa gracias a un concurso de televisión. Algunos de los visitantes comenzaron a llamarle Marilina, pero ella, cantarina y tajante, dijo: “a mí me dicen Marilina, pero mi nombre es Amada”, dejando en claro su verdadera identidad, por la cual quiere ser reconocida.

Valentina Rodas, de 49 años, es la abuela de Amada. Ella se hace cargo de su nieta, al punto que la llama “mamá”. Su verdadera madre, hija de Valentina, vive y trabaja hace cuatro años en Buenos Aires. Presente en el escenario de esa conversación está Dominga Rodas, de 72 años, la bisabuela. ¿Hablás a menudo con tu mamá, Amada?, le preguntamos, y responde que sí, que por teléfono.

Imagen del UNICEF
© UNICEF Paraguay/2014/Crespo
Amada, izquierda, con sus compañeros de clase y su profesor afuera de la escuela móvil.

En el rostro de la abuela-mamá se derraman unas lágrimas de tristeza ante esa pregunta que Amada responde sin manifestar incomodidad. De inmediato el rostro se le recompone ni bien le mencionan cuán visible es la felicidad de la niña que está criando. “Sí, ella es feliz. Todo el mundo le quiere, es muy abierta”, dice poniendo énfasis en cada palabra y recuperando la fortaleza.

La casa abandonada rodeada de agua

En la comunidad de Chaco’i el agua ingresó a tal punto que no es posible entrar con un vehículo tradicional como un automóvil o una motocicleta, pero no está tan elevada como para que se inyecten las brazadas de un remo. Montada con su tía en un tractor proporcionado por la municipalidad local, Amada guió al equipo en un trayecto de alrededor de 20 km hasta su casa abandonada.

Tres perros que aún se niegan a abandonar el hogar estaban como custodios. “Les extraño”, dice mirando a sus mascotas. La casa está llena de barro adentro. Más adelante está la edificación de la escuela en la que aún persisten cinco niños que, acompañados de un par de educadoras, realizan las tareas que día a día les acerca la directora Marcelina. Amada dice que también los extraña a ellos, sus amigos y amigas.

Pese a la emergencia, que forzó la mudanza de toda una comunidad con su cotidianeidad a cuestas, al observar la dinámica de la escuela móvil es notable todo el esfuerzo de educadores en replantear los procedimientos que eran otros en condiciones normales.

Que Amada exprese los buenos ratos que pasa en la nueva lógica que propone su escuela móvil y que la prefiera por sobre la anterior diciendo que “jugamos más”, muestra de qué manera, pese a la crisis, afloran iniciativas pedagógicas más creativas para educar y recrear a niños y niñas en un contexto tan adverso.

(*) La “i” indica un diminutivo en guaraní. Es como decir “la pequeña Marilina”.


 

 

Fotografía UNICEF: Medio Ambiente

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