Pakistán

Los niños de la calle de Lahore descubren otras opciones en un centro que recibe apoyo de UNICEF

Imagen del UNICEF
© UNICEF Pakistan/2006
En el centro de acogida Nai Zindagi, que funciona en Lahore, en el Pakistán, los niños y niñas de la calle pueden alojarse de las drogas y retornar a la vida normal gracias a un proyecto que cuenta con el respaldo de UNICEF.

Por Mary de Sousa

LAHORE, Pakistán, 8 de noviembre de 2006 – “Nadie, ni siquiera la policía, se atreve a tocarme”, afirma Rehan, un vivaz y simpático adolescente de cabello corto y desparejo que viste un sucio shalwar kameez, el conjunto de pantalones y camisa tradicional de Asia meridional, y una chaqueta de algodón que le queda demasiado grande.

 “Parezco débil, pero Dios me ha dado la fortaleza necesaria para pelear”, agrega Rehan.

Rehan, que dice tener “casi 18 años”, no tiene la contextura física de un joven de su edad. Y eso se debe a que, en realidad, Rehan es Rehana, una niña que se hace pasar por varón para sobrevivir en las calles de Heera Mandi, la zona de tolerancia de Lahore.

“¿Se imagina que me sucedería si me vistiera como chica?”, pregunta.

La vida en la calle

En Lahore hay pocas niñas de la calle. Rehana es una de las dos niñas que habitualmente visitan, al igual que más de un centenar de varones, el centro de acogida Nai Zindagi, que recibe el respaldo de UNICEF y donde se ayuda a los jóvenes adictos a alejarse de las drogas. En el centro también funciona el Proyecto Sonrisa, que ofrece a los niños de la calle albergue, atención de la salud y servicios sociales, alimento, ropa limpia, orientación psicológica, educación no estructurada y remisión a servicios médicos y tratamientos contra la drogadicción más complejos.

La vida de Rehana ha sido brutal. “Vivo en la calle desde que nací”, dice. “Mi padre sólo me quería para hacerme trabajar, y me enviaba a cuidar niños y a limpiar casas. Cuando comenzó a someterme a abusos sexuales, me fui”.

Eventualmente, la niña fue localizada en la calle por el personal del Proyecto Sonrisa. Rehana ya ha dejado de inyectarse heroína.

Imagen del UNICEF
© UNICEF Pakistan/2006
Un desamparado adolescente busca albergue en el centro de acogida Nai Zindagi, que ofrece atención médica, orientación psicológica y apoyo en general a los niños y niñas de la calle de Lahore.

De drogadicto a mentor

Azar, otro participante habitual del Proyecto Sonrisa, ha tenido una vida muy similar a la de Rehana. El joven cree tener unos 18 años y dice que se fugó de su hogar cuando tenía “menos de 10” porque, tras la muerte de sus padres, su hermano mayor le pegaba salvajemente.
“Me junté con una pandilla de chicos que se habían escapado de sus hogares y comencé a usar charas (hachís) y la pega Samad Bond”, cuenta. Samad Bond es un cemento solvente que los niños aplican sobre alguna superficie para inhalar los vapores. Con el correr del tiempo, Azar comenzó a prostituirse a cambio de drogas.

Afortunadamente, un amigo lo trajo al centro Nai Zindagi, donde ahora es mentor de sus pares y tiene a su cargo el registro de los niños y niñas que asisten al centro, y de retener las drogas que puedan traer, ya que en el establecimiento está prohibido el consumo ilícito de drogas.

“Aprendí a comunicarme”

“Les ayudamos a comprender por qué consumen drogas y de qué manera pueden dejar de hacerlo”, explica Bushra Rani, que dirige las labores de capacitación del personal del centro. “Cuando abordamos el tema del trueque sexual, les enseñamos a eludir o superar las situaciones de ese tipo, y a protegerse”.

Azar está feliz por los cambios que ha habido en su vida. “He parado con las drogas, y aquí aprendí a comunicarme con la gente, a cuidar mi apariencia, a ser ordenado y a protegerme en mis prácticas sexuales”, comenta. Los asesores del Proyecto Sonrisa han puesto en marcha tratativas para que Azar regrese con su familia.

 “Quiero ser mecánico automotor, o tener cualquier otro trabajo en el que nadie me llame charsi (drogadicto)”, afirma. “Quiero vivir una vida feliz y saludable”.

En cuanto a Rehana, la niña que se hace pasar por niño para sobrevivir en las calles, sus esperanzas con respecto al futuro son modestas pero claras. “Quiero ganarme la vida haciendo sillas o tejiendo abrigos”, explica. “Y quiero encontrar un lugar donde pueda vivir sola”.


 

 

Búsqueda