Estado de Palestina

La zona de separación mantiene en el limbo a los niños palestinos e interrumpe su educación

Imagen del UNICEF
© UNICEF OPT/2012
El camino que conduce a la Escuela Imneizil, en el Territorio Palestino Ocupado, está flanqueado por varios asentamientos. "Algunos colonos de los asentamientos" comenta una niña, "pasan con sus automóviles muy cerca de nosotros. En muchas ocasiones hemos tenido que saltar a un costado del camino".

Por Catherine Weibel

AL SEEFER, Hebrón, Territorio Palestino Ocupado, 16 de mayo de 2012. Todas las mañanas, al amanecer, Khalil* se levanta apresurado para llegar a tiempo a la escuela. Aunque en circunstancias normales podría hacer esa caminata en apenas 15 minutos, este estudiante de 14 años nunca sabe cuánto tardará en llegar desde su casa al centro. Debido a que le detienen en un puesto de control israelí en Beit Yatir, que se encuentra entre su hogar y la escuela Imneizil, esa caminata de 15 minutos puede convertirse en una espera de una hora.

“Por más temprano que me levante, siempre termino llegando tarde a clases, lo que me causa una enorme angustia", señala Khalil.

El niño debe pasar por el puesto de control dos veces al día, al igual que otros 17 niños y niñas palestinos de 6 a 14 años. Cada uno debe esperar en fila en una habitación donde las fuerzas de seguridad israelíes revisan sus mochilas con un escáner de resonancia magnética y a veces les ordenan quitarse las camisas alegando razones de seguridad.

Dificultades para llegar a la escuela

Aunque los alumnos tratan de pasar por el puesto de control juntos, se trata de una experiencia intimidatoria para los más pequeños.

“A veces sueño que entro a la sala de inspección y que no puedo volver a salir nunca", comenta Amina* (11 años) mientras espera que los oficiales israelíes revisen su pequeña mochila de color rosado. "A veces tengo que esperar hasta una hora en el puesto de control mientras veo que los colonos israelíes cruzan en sus automóviles sin siquiera detenerse".

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© UNICEF OPT/2012
Para los niños y niñas de Al Seefer, que se encuentra en la “zona de separación” del Territorio Palestino Ocupado, la caminata hasta la escuela, que debería requerirles 15 minutos, suele convertirse en una espera de una hora en un puesto de control.

Khalil, hermano de Amina, dice que está cansado del procedimiento. "La mayoría de los soldados ya me conoce por mi nombre", explica. "No entiendo por qué me siguen pidiendo mi certificado de nacimiento cuando ya lo han visto centenares de veces".

Los niños también sufren estrés cuando deben pasar cerca de varios asentamientos israelíes que se encuentran camino al puesto de control. "Algunos colonos de los asentamientos" comenta un alumno, "pasan con sus automóviles muy cerca de nosotros. En muchas ocasiones hemos tenido que saltar a un costado del camino", explica Rana* (11 años).

La vida en la “zona de separación”

Khalil y su familia componen un grupo de 50 palestinos, de los cuales 18 son niños en edad escolar, que viven en la pequeña aldea de Al Seefer, en la región meridional de Cisjordania. Al Seefer se encuentra en la "zona de separación”, una porción de tierra enmarcada por la Línea Verde que forma el límite entre Israel y Cisjordania, y el muro que construyó Israel citando razones de seguridad. Sin embargo, el muro no se construyó totalmente a lo largo de la Línea Verde sino que en algunos sectores están dentro de territorio palestino, de manera que forma enclaves en los que viven casi 8.000 palestinos  aislados del resto de Cisjordania.

Se trata de familias que deben solicitar permisos israelíes para seguir viviendo en sus hogares. Sus familiares no pueden visitarlos si no cuentan con una autorización que resulta muy difícil obtener.

Las familias no pueden ir de sus pequeños enclaves al resto de Cisjordania a menos que pasen a pie por el puesto de control para cruzar el muro. Cada vez que alguien tiene que comprar alimentos, o ir al trabajo, a la escuela o al hospital, debe esperar para cruzar, a veces durante varias horas. Khalil explica que le preocupa la situación de su abuela, de 85 años, a quien cada vez le resulta más difícil hacer esos viajes debido a su delicado estado de salud.

Khalil y su familia viven en situación de pobreza. De noche, los niños duermen sobre delgadas esteras dispuestas directamente en el piso de la vivienda, que consiste en cuatro paredes de cemento desnudas y un techo con goteras. Para protegerse del frío, los niños se acurrucan juntos. La vivienda no tiene ni electricidad ni agua corriente, y Khalil y sus nueve hermanos y hermanas hacen las tareas escolares alumbrados por velas.

Su padre, Mustafa, vigila el trabajo escolar de los niños. “Quiero que todos mis hijos reciban educación”, dice. “Ellos me repiten que preferirían dejar de estudiar para no tener que seguir pasando por el puesto de control, pero yo no se lo permito. Quiero que mis hijos tengan una vida mejor que la que tenemos nosotros”.

*Se han cambiado los nombres para proteger las identidades.


 

 

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