República de Moldova

Los niños y niñas de Moldova sufren las consecuencia de la emigración de sus familias por razones económicas

Imagen del UNICEF
© UNICEF Moldova/2007/Sarbu
Empujados por las necesidades económicas, los padres de estos seis niños moldavos emigraron al exterior en busca de trabajo y los dejaron al cuidado de su abuela, Lidia.

Por Antonina Sarbu

CHISINAU, Moldovia, 8 de mayo de 2007 – Horodiste es una pequeña aldea de unos 1.500 habitantes que está localizada en la región septentrional de Moldovia. En realidad, nadie conoce el número actual de habitantes de la aldea porque la mayoría de los pobladores adultos ha emigrado al exterior en busca de empleo.

Debido a movimientos migratorios similares, por lo menos el 29% de los niños y niñas de Moldovia no tiene cerca a uno o ambos progenitores. Y se trata de un fenómeno que, lejos de disminuir, continúa en aumento.

Valeriu Anton, de oficio albañil, viajó hace cinco años a Moscú en busca de empleo. Lilia, su esposa, se le sumó recientemente en la capital rusa con el mismo propósito. Ambos dejaron a sus seis hijos a cargo de su abuela, Lidia, y aún no han podido enviarles dinero.

La lucha de una abuela

Lidia recibe una pensión mensual de 365 leis, que equivalen a 30 dólares, que la mujer gasta en sus nietos. El estado también le suministra mensualmente 50 leis, o seis dólares, por niño, aunque esa suma ni siquiera alcanza para los alimentos.

“Hace tiempo que no probamos la mantequilla. Por lo general les preparo papas y gachas”, explica Lidia. “A veces los niños me piden que les compre un helado o una galletita para compartirla entre todos. Pero el dinero no me alcanza ni siquiera para que se den ese pequeño gusto”.

Marina, la mayor de las hermanas, de 16 años, ni siquiera tiene que pensarlo cuando se le pregunta qué es lo que más quiere. “Zapatos”, anuncia. “Tenemos solamente dos pares de zapatos que compartimos entre todos”. Marina es una buena estudiante, y cuando termine la escuela quiere ser técnica o cocinera.

Imagen del UNICEF
© UNICEF Moldova/2007/Sarbu
Los niños de la familia Anton con Lidia, su abuela.

Una de sus hermanas, Cristina, de 14 años, canta los domingos en el coro de la iglesia. Otra, Alejandra, que cursa el quinto grado, es una alumna aplicada y diligente. Valeria, de 11, pinta y junta flores silvestres. Juliana, de cinco, tiene la buena fortuna de asistir al jardín de infantes. “Es que allí tienen mejor comida y les dan mantequilla”, explica la abuela.

El integrante más joven de la familia es Nicusor, un niño de apenas tres años y medio que pregunta constantemente por su padre. Cada vez que alguien abre el portón de entrada de la vivienda o cuando escucha los ladridos del perro, el niño corre hacia la puerta con la esperanza de que allí encontrará a su padre.

Los efectos a largo plazo

“Los que más sufren son los niños y niñas, tengan o no tengan dinero”, afirma Radu Danii, Oficial de Proyectos para los Derechos de la Infancia de UNICEF. “Aunque muchos de esos niños disponen de mejores juguetes y prendas de vestir porque sus padres trabajan en el exterior, los bienes de consumo nunca pueden reemplazar el apoyo de los padres y madres, que son fundamentales para el desarrollo de los niños. Y para algunas familias, como los Anton, la emigración económica ni siquiera genera bienestar material”.

Pese a que los envíos de dineros que realizan los moldavos que trabajan en el exterior son un resultado positivo de la emigración –ya que ayudan a que los miembros de la familia vivan mejor en Moldovia– aún no se sabe cuáles serán los efectos a largo plazo de ese fenómeno demográfico.

Un estudio sobre los niños que dejan atrás los padres que emigran, realizado en 2006 con el apoyo de UNICEF, demostró que con el correr del tiempo, esos niños se distancian de sus padres y madres y sufren profundos efectos emocionales debido a la falta de apoyo y comunicación que sufrieron. Los niños de más corta edad, en especial, a veces no logran adquirir ciertas aptitudes sociales, de manera que entablan relaciones deficientes con los demás niños.

Apoyo a las familias vulnerables

A fin de brindar más apoyo a los niños y niñas cuyos padres emigran, el Gobierno de Moldovia y UNICEF están creando una red nacional de trabajadores sociales comunitarios que ayudarán a las familias a obtener los servicios que necesitan.

Los trabajadores sociales informarán a las familias sobre los beneficios, instituciones y otros servicios de asistencia jurídica a los que tienen derecho las familias más vulnerables de diversas comunidades.

Resulta evidente que las familias como los Anton necesitan ese apoyo. Cuando alguien le pregunta a Lidia si les cuenta cuentos de hadas a sus nietos, la mujer responde: “Los problemas de nuestra vida me han robado los cuentos de hadas. Estoy tan cansada, que no puedo contar ningún cuento”.


 

 

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