República de Moldova

Propagar la educación y la esperanza en Moldova

Imagen del UNICEF
© UNICEF Moldova/2005/Guzun
Marina, de 15 años, lleva a cabo una actividad educativa interactiva para niños y niñas de su misma edad en la institución residential de Napadova.

El Estado Mundial de la Infancia de 2006 se presentará el 14 de diciembre. En las próximas semanas antes de la presentación del informe ofreceremos una serie de historias sobre niños y niñas que están excluidos e invisibles como resultado de los conflictos armados, la pobreza, el VIH/SIDA, la discriminación y las desigualdades. Sus historias reflejan las experiencias de millones de otros niños y niñas que sufren todos los días la vulneración de sus derechos.

NAPADOVA, Moldova - Hasta hace un año, Marina, de 15 años, creía que nunca le importaría a nadie. “Yo pensaba que si caía, nadie me tendería una mano; que si desaparecía, nadie me extrañaría…”

Marina vivió con su padre, su madrastra y tres hermanas hasta los nueve años, cuando sus padres se divorciaron. “Mi abuela se hizo cargo de mí. Cuando yo tenía 13 años, ella murió y quedé totalmente sola”, recuerda.

Tras la muerte de su abuela y la negativa de su padre a encargarse de ella, Marina terminó en una institución de Napadova, República de Moldova. Ella no es la única niña del orfanato cuyos progenitores están vivos. Más del 70% de los 14.000 – o más – niños y niñas que viven en las instituciones residenciales de ese país se conocen como “huérfanos sociales”, pues tienen padres y/o madres. Esos menores, altamente vulnerables, viven separados de sus familias por diversas razones, pero, principalmente, porque ése es uno de los pocos medios de protección para la niñez que existen en Moldova, que carece de redes de seguridad social y de servicios especializados para las familias.

Los niños y las niñas internados en las instituciones residenciales de la República de Moldova crecen aislados y, por lo tanto, no adquieren habilidades sociales básicas. Por eso, cuando dejan el orfanato, se sienten verdaderamente perdidos. Esos chicos no están preparados para llevar una vida independiente, y encontrar trabajo o continuar educándose es sumamente difícil para ellos. Además, no logran hacer amigos en la comunidad ni saben cómo manejar su dinero –cuando lo tienen– o buscar ayuda y consejo. La mayoría no tiene a nadie en quién confiar ni servicios de apoyo, por lo que fácilmente se convierten en víctimas de los traficantes.

Aun cuando Marina tiene 15 años, ya se da cuenta de que, al terminar la escuela, solo tendrá dos alternativas. Una es inscribirse en una escuela de formación profesional, como ha hecho la mayoría de sus compañeras, conseguir un empleo como costurera o peluquera por un sueldo miserable, y vivir indefinidamente en una habitación alquilada. Otra es probar suerte empleándose en el extranjero.

Marina decidió no seguir ninguno de esos caminos, y se convirtió en alumna instructora del programa Educación en Técnicas de Vida para la Prevención del Tráfico y el Desempleo, que recibe apoyo de UNICEF. Los jóvenes voluntarios del Centro de Documentación e Información sobre los Derechos del Niño que la capacitan le han enseñado la lección más importante: no darse nunca por vencida y luchar por hacer realidad sus sueños. Por primera vez alguien ha confiado en ella y le ha brindado la posibilidad de superarse. Participar en ese programa le ha permitido a Marina adquirir destrezas que siempre había admirado, pero que no había tenido la oportunidad de desarrollar.

El objetivo del programa es hacer que los “huérfanos sociales” tomen conciencia de sus derechos, y ayudarles a comprenderlos y a ejercerlos. Más de 3.000 jóvenes de 10 a 16 años participaron en las actividades que se llevaron a cabo en 11 instituciones en 2003 y 2004. El programa se está implementando a través de la ONG Centro de Documentación e Información sobre los Derechos del Niño, con apoyo del Ministerio de Educación y del Departamento de Estado para la Juventud.

“Las actividades, que son interactivas, fueron ideadas para incluir a los niños y a las niñas y desarrollar algunas habilidades prácticas”, dice Viorica Cretu, coordinadora del programa. “La primera etapa es para capacitar a los alumnos instructores, que aprenden aptitudes relacionadas con la comunicación, las relaciones interpersonales, la solución de conflictos, la búsqueda de trabajo, la toma de decisiones y el manejo del tiempo y el dinero. Así mismo, aprenden a llevar una vida saludable. Todo lo anterior redunda en una autoestima más alta”.

“Desde que me vinculé al programa, me he vuelto más segura de mí misma. Estoy convencida de que saldré adelante en la vida”, dice Marina con optimismo. “Debo ayudarme. Por eso, deseo recibir educación superior y ser capaz de mantenerme”.

Para Marina, que a menudo carece de prendas de vestir y artículos de higiene básicos, asistir a los seminarios y a las clases conlleva grandes dificultades. Cuando tiene algún seminario, sus compañeras –que son, a la vez, sus alumnas– le prestan zapatos y ropa. Y cuando necesita algún artículo de higiene personal, las “más ricas” se lo proporcionan.

Durante el primer curso de capacitación, Marina descubrió su pasión por el periodismo. “Aunque esta profesión me gustaba desde antes, pues me atrae la idea de viajar y conocer gente interesante, tenía miedo de no poder escribir”, dice.

Y continúa: “En el último curso participé en un taller de periodismo e hice un periódico con varios compañeros. Al comienzo no fue fácil, pero ese proyecto me enseñó mucho. Con ayuda de los maestros, escribí dos historias: una sobre los voluntarios que estaban participando en el seminario y otra sobre la mujer encargada del aseo del campamento donde estábamos alojados”.

Como Marina quiere llegar a ser una buena periodista, está aprendiendo técnicas de redacción y ampliando su vocabulario. Nunca deja pasar la oportunidad de hacer preguntas. “Si tengo la suerte de convertirme en periodista, escribiré sobre las personas desdichadas. Esa será mi manera de ayudarles”, agrega.

Al principio, los maestros del orfanato se mostraron muy escépticos sobre los alumnos instructores, pero ahora les piden que organicen clases en los grados superiores. “Después de un año de trabajo, mis colegas están ansiosos por recibir clases de enseñanzas prácticas para la vida. Ellos nos escuchan con atención y nos hacen preguntas constantemente. Los maestros también nos han tomado en serio y nos estimulan”, dice Marina con evidente entusiasmo.

Los maestros no son los únicos que se han mostrado receptivos a los alumnos instructores. “Desde que se iniciaron estas actividades, hemos advertido un cambio positivo en los muchachos del internado”, afirma Marina. “Ahora están más unidos y son más amistosos que antes”.

Pero lo más importante es que la vida de Marina ya tiene sentido. Ella está segura de que después de graduarse del internado podrá continuar su educación y tener su propia familia. Sus hijos, afirma, crecerán con sus dos progenitores.


 

 

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