Malí

Trabajadores de salud ayudan a salvar vidas de manera silenciosa

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5 de abril de 2013: Alex Duval Smith, corresponsal de UNICEF, informa sobre la importancia de la función que desempeñan los trabajadores comunitarios de salud en las zonas rurales de Malí.  Véalo en RealPlayer

 

Por Alex Duval Smith

BAIMA, Malí, 21 de mayo de 2013 – “Cuando llegó la guerra, estaba muy asustado”, dice Soumaila Coulibaly, de 20 años. “Pero nunca he dejado de trabajar ni he huido. Me adapto a la situación”.

El Sr. Coulibaly es un trabajador comunitario de salud en este pueblo rural ubicado a 20 kilómetros de Sevare en la región de Mopti, en el noreste de Malí. La guerra a la que se refiere son los combates que se produjeron el año pasado por el control del norte de Malí, iniciados por una alianza de separatistas y grupos islamistas, y que obligaron a cientos de miles de residentes a huir hacia el sur o hacia los países vecinos. Las escuelas, los centros de salud y todo lo que estuviera relacionado con el estado de Malí se convirtieron en objetivos militares de los ataques rebeldes.

Con el apoyo de UNICEF, agentes comunitarios de salud como el Sr. Coulibaly se convirtieron en héroes anónimos del reciente conflicto de Malí, al estar al frente para salvar las vidas de niños y niñas después de que los rebeldes atacaron el sistema de salud oficial del país. La discreta pero amplia cobertura de los agentes de salud en las zonas rurales de Malí hizo posible mantener un nivel mínimo de prestación de la salud.

Una crisis continúa

En enero pasado, los rebeldes realizaron importantes avances en la región de Mopti, situada a un día por carretera de la capital, Bamako, lo que llevó al Gobierno a solicitar ayuda militar inmediata. Francia envió una fuerza de intervención de 4.500 soldados para defender su antigua colonia y restablecer el control gubernamental del norte.

Imagen del UNICEF
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Soumaila Coulibaly visita a una madre y su hijo en el poblado de Baima, en el noreste de Malí, donde ha vivido y trabajado durante el último año como agente de salud de la comunidad.

En julio se desplegará una operación de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas compuesta por 12.600 efectivos para ayudar a estabilizar el país. Sin embargo, se estima que cerca de 500.000 civiles han huido del norte desde el año pasado –incluidos funcionarios públicos, maestros y personal de salud– y todavía se muestran en su mayoría reacios a regresar a sus hogares, donde la inseguridad y la crisis alimentaria siguen siendo graves obstáculos.

Todo este tiempo, el Sr. Coulibaly ha continuado con su trabajo.
 
Vuelta a lo básico

La oficina de UNICEF en Malí ha apoyado a 1.700 agentes comunitarios de salud en los asentamientos rurales que se encuentran a 5 kilómetros o más de una clínica u hospital público. El programa costea su formación, sus salarios y los equipos de iniciación.

El Sr. Coulibaly llegó a Baima desde su Sevare natal en junio de 2012. Vive con su esposa, Mariam, en una casa de adobe con techo de paja, al igual que todos los demás. La única diferencia entre él y los ganaderos locales de la aldea es que gana un sueldo –40.000 CFA (80 dólares) al mes– y tiene un panel solar para cargar su teléfono móvil. “Por supuesto, viniendo de una ciudad, cuesta un poco acostumbrarse a vivir en la oscuridad en una comunidad sin electricidad”, dice.

“Veo sobre todo casos de paludismo, diarrea y enfermedades respiratorias en menores de cinco años”, dice. “Otro motivo de preocupación es la desnutrición. Mi formación me permite saber cuándo es preciso remitir los casos”.

La casa del Sr. Coulibaly fue construida por la comunidad e incluye una enfermería autónoma, una pequeña casa separada donde hay un armario cerrado con llave con diversos medicamentos básicos: tabletas de purificación de agua, suspensión de zinc, sales de rehidratación, tratamientos contra el paludismo y antibióticos.

Además de Baima, que tiene una población de poco más de 1.000 personas, el Sr. Coulibaly también cubre dos comunidades más pequeñas que visita una vez a la semana, una de ellas a una hora de distancia en bicicleta.

 Un enfoque discreto

“Durante abril [de este año], cuando los combates llegaron muy cerca, tuve que cancelar mis visitas a Bougue y Dongoro. No podía ir a Sevare para abastecerme de medicamentos”, dice. Esos combates enfrentaron a las fuerzas francesas y de Malí contra los rebeldes y los islamistas en retirada.

“En esa época también me afeité la barba, dejó de llevar una chilaba [túnica tradicional] y comencé a vestirse como un joven”, dice, señalando a su atuendo occidental de pantalón azul y camisa blanca de polo. “Teníamos miedo de que el ejército nos confundiera con los islamistas.”

El Sr. Coulibaly ha tenido que ser muy respetuoso en este pueblo donde la sabiduría de las personas de edad, el calendario religioso y los caprichos de las lluvias constituyen las fuerzas que rigen la vida. Había recibido formación como electricista cuando surgió la oportunidad de convertirse en un agente de salud de la comunidad. Ahora dice que le encanta su trabajo.

“Todas las mañanas, después de haber orado, tengo que realizar una visita de cortesía al jefe y a los ancianos, y recorrer el poblado para ver si hay niños o niñas que necesiten atención. Si veo un caso sospechoso de desnutrición, por ejemplo, busco a la madre y le sugiero que hable con su marido para que me envíen al niño”, dice.

Ya que es lo más parecido que hay a un médico profesional en Baima, todos se dirigen a él con el título de “doctor”. “Pero trato de adoptar un enfoque discreto, porque la gente aquí está acostumbrada a ir al médico tradicional”, explica. “Es importante respetar eso”.
Su sensibilidad ha dado sus frutos. “Me siento totalmente seguro aquí. La comunidad me ha adoptado como su propio hijo”.


 

 

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