Panorama: Jordania

En el campamento de refugiados Za'atari de Jordania, un niño encuentra consuelo en el cuidado de sus pájaros

A Bashir, de 13 años, le gustan tanto los pájaros que él podría ser uno de ellos: enérgico y suavemente pegado a la tierra, pero libre.  Descarga este vídeo

 

Por Krystel Abimeri

Los pájaros que Bashir, de 13 años, cuida en la jaula improvisada detrás de la caravana de su familia, en el campamento de refugiados Za'atari de Jordania, le recuerdan a casa, dice, “como si me he hubiera llevado un pedazo de ella conmigo”.

CAMPAMENTO DE REFUGIADOS ZA’ATARI, Jordania, 17 de diciembre de 2013 – Algunos adultos no informados, incluido el autor de esta historia, podrían no saber que las palomas salvajes y las palomas domésticas pertenecen a la misma especie. Pero un muchacho que vive en el extenso campamento de refugiados de Za'atari, en Jordania, se sentiría feliz explicando esto, y mucho más.

A Bashir, de 13 años, le gustan tanto los pájaros que él podría ser uno de ellos: enérgico y suavemente pegado a la tierra, pero libre.

Cuando uno conoce por primera vez a Bashir, la idea de mostrar sus aves a alguien desconocido le hace sentirse incómodo. Pero a medida que se acerca al lugar donde las cría, detrás de la caravana de su familia, el aleteo se hace más fuerte, y sus ojos comienzan a brillar. Ha recuperado un espacio al desierto sobre el que construir una gran jaula de madera. Es el propio nido de Bashir.

Imagen del UNICEF
© UNICEF Video
El cuidado de sus pájaros se ha convertido en un ritual que Bashir disfruta enormemente. “Echo mucho de menos mi casa”, dice. “Los pájaros me recuerdan a Siria, como si me he hubiera llevado un pedazo de ella conmigo”. Su familia llegó a Za'atari hace 15 meses.

Gorriones ingleses, canarios, palomas salvajes y domésticas coexisten de manera pacífica. Bashir les cuida regularmente, un ritual cotidiano que disfruta enormemente.

“Yo les doy de comer cáñamo, semillas, arroz, lentejas, trigo”, informa Bashir mientras mira amenazadoramente a sus primos para asegurarse de que no disturben el descanso de los polluelos.

“El cuidado de sus pájaros lo mantiene sano”, dice su primo mayor. “¡Pensar que yo le enseñé a criarlos en nuestra azotea en Siria! Solíamos tener un centenar. Él ha aprendido mucho”.

Aunque puede que no haya tantas aves en Za'atari, hay un número suficiente para mantener ocupado a Bashir entre la escuela y ayudar a su padre en el restaurante de la familia Zahret el Khaleej (Flor del Golfo).

El padre de Bashir, Nabil, llamado también Abou Nadir*, llegó a Za'atari hace 15 meses con su madre, su esposa, sus cinco hijos y una hija. “Yo soy el número 300. Uno de los primeros registrados en el campamento”, dice en un tono que es a la vez orgulloso y cansado.

En Deraa, Nabil trabajaba en la industria de restaurantes. Cuando se dio cuenta de que tendrían que quedarse en Za'atari más de lo esperado, decidió abrir un pequeño lugar de falafel en la calle “Campos Elíseos”, la más transitada del campamento.

Un sobrino que vino a visitarles desde Abu Dhabi se ofreció a ayudarles a abrir un lugar más limpio y más grande. “Soy dueño de cinco restaurantes en Abu Dhabi”, dice. “Es algo que corre en nuestra sangre, y tenemos un alto nivel. Cuando vi las condiciones antihigiénicas en que mis parientes estaban viviendo, pensé que tenía que hacer algo”.

Aunque Bashir nunca se pierde un día de escuela, pidió dos días de descanso para la apertura del nuevo restaurante. En el día de la inauguración, la familia sirvió shawarmas gratis a todos los refugiados.

“Estoy feliz por mi padre. Este lugar se convertirá en el nuevo lugar de reunión en el campamento”, anuncia Bashir.

Cuando se le pregunta si Za'atari será un lugar más permanente en sus vidas, la cara de Bashir se nubla. “Echo tanto de menos mi casa. Los pájaros me recuerdan a Siria, como si me he hubiera llevado un pedazo de ella conmigo”. Suena mayor y más maduro de lo que es.

Mientras salimos del lugar, los pájaros comienzan a revolotear como si fueran a salir volando. Bashir mantiene la calma. “Las aves tienen alas, pero no todas ellas pueden volar alto”, dice. “A pesar de que tienen libertad para escaparse, no van a ir a ninguna parte. Saben dónde deben estar. E incluso si se fueran, probablemente irían a Siria, para decirle que me espere”, dice y sonríe.

Por supuesto que lo harían. Después de todo, ¿no son las de los mensajeros de la paz?

**“Padre de Nadir’. Nadir es el hijo mayor de Nabil.


 

 

Fotografía UNICEF: Crisis en Siria

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