Iraq

Diario de campaña: dos niños del campamento de refugiados de Kawergosk en el Kurdistán iraquí

Imagen del UNICEF
© UNICEF Iraq/2013/Niles
El coordinador de emergencias de UNICEF, Jorge Caravotta, juega con niños y niñas del campamento de Kawergosk para refugiados sirios, situado en el norte del Irak. En la actualidad el país acoge a cerca de 200.000 refugiados sirios

Por Chris Niles

Chris Niles, de UNICEF, se encuentra en su visita al campamento de Kawergosk, situado al este de Erbil, en la región iraquí del Kurdistán, con dos niños de corta edad, abatidos, viviendo entre los refugiados sirios. 

ERBIL, Irak, 20 de septiembre de 2013 – La historia de Erbil es larga. Se cree que la vida urbana comenzó aquí hace unos 7.000 años, lo que hace de esta ciudad una de las más antiguas del planeta habitadas de forma continua.

Ha estado bajo el dominio, entre otros, de los medos, los persas, los griegos, los romanos y los otomanos.

El último capítulo se escribe con la crisis que se vive en la vecina República Árabe Siria.

La región iraquí del Kurdistán, cuya capital es Erbil, comparte un tramo de frontera con la República Árabe Siria. En un lugar llamado Sehela hay un puente que atraviesa un afluente del río Tigris.

Desde que las fronteras se abrieran hace poco más de un mes han acudido cerca de 61.000 refugiados.

Cada día han cruzado entre 500 y 1.000 sirios. En la actualidad hay cerca de 200.000 sirios en Irak y prevemos que lleguen más.

Reuters ha informado que el gobierno kurdo ha donado el 20% de su presupuesto para combatir la crisis. Esta semana ha solicitado de las empresas petroleras más de 50 millones de dólares.

El petróleo deja dinero en Erbil. En las partes ricas de la ciudad las casas son amplias y modernas. Los últimos modelos de automóvil ruedan a gran velocidad por sus calles bien cuidadas. Las boutiques y centros comerciales están repletos de artículos caros.

Los iraquíes vienen aquí de vacaciones porque es un lugar seguro.

Los refugiados sirios vienen aquí porque no tienen otra opción.

Imagen del UNICEF
© UNICEF Iraq/2013/Niles
Una mujer conversa sobre cuestiones de salud con el Sr. Caravotta, que es además médico, en el campamento de Kawergosk.

Es imposible prepararse mentalmente para una primera visita a un campamento de refugiados. Aquellos que no han tenido que vivir nunca en uno, simplemente no pueden imaginar lo que es.

E intentar comenzar a comprender la magnitud de lo que esta gente ha sufrido es casi un insulto para ellos. Sí, hace un calor insoportable y está todo lleno de polvo, pero yo puedo regresar al complejo de las Naciones Unidas y ducharme. No he perdido todo lo que tenía: aún puedo regresar a casa.

De modo que uno entra en el campamento sintiéndose como un fraude, casi como un turista. Y se pregunta qué pensarán estas personas al verle.

Mi guía en el campamento de Kawergosk situado al este de Erbil, era el coordinador de emergencias de UNICEF Jorge Caravotta.

Nos dirigimos a una tienda en la que había dos niños tendidos en un colchón. La niña estaba casi en estado comatoso, con los ojos cerrados y la boca abierta. El niño movía las extremidades con convulsiones incesantes mientras su madre, instintivamente, intentaba calmarle.

Los niños tenían 9 y 10 años pero parecían mucho más jóvenes, porque además de ser discapacitados, estaban gravemente desnutridos. Jorge, que es médico, se sumió en su papel y comenzó a examinar a los niños.

Los progenitores contaron que sus hijos habían caído enfermos con lo que, según Jorge, era epilepsia. La madre nos mostró imágenes de los niños cuando eran casi bebés. El contraste entre aquellos dos pequeños despiertos y saludables de la fotografía y esos cuerpos raquíticos que ni siquiera podían levantar la cabeza resultaba descorazonador.

Yo no podía entender lo que decía, pero no era necesario; llevaba su sufrimiento escrito en la cara.

Los progenitores contaron que su médico de la República Árabe Siria les había dicho que redujeran la dieta de sus hijos a agua y galletas trituradas, y esa fue la causa de que adelgazaran tanto. Los codos del niño eran la parte más ancha de sus brazos.

Jorge prometió que haría cuanto pudiera.

Un día después me dijo que esta semana regresaríamos al campamento para suministrar a los niños pasta de cacahuetes enriquecida y para enseñar a los trabajadores sanitarios cómo dispensarla. Él alberga esperanzas de que los niños recuperen así su salud nutricional.

Aunque no llevo mucho tiempo trabajando sobre el terreno, me enternecen las historias que me cuentan los colegas como Jorge. Y he oído unas cuantas. Sí, UNICEF está proveyendo millones de litros de agua, miles de toneladas de suministros escolares y sanitarios. Ese es el panorama a gran escala. Pero lo que se hace a pequeña escala también cuenta. Ayudar a dos progenitores a alimentar a sus hijos con el fin de que recuperen la salud puede no parecer tan importante dada la enorme magnitud del sufrimiento que aquí se vive; pero es importante para recordar por qué nos dedicamos a esto.

“La compasión es lo que me impulsa”, dijo Jorge de manera más elegante. “Sin compasión, el trabajo es vacío y los resultados no son los mismos”.


 

 

UNICEF Photography: Syrian crisis

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