Copa Mundial FIFA 2006

Harold Chávez, de 14 años, que vive en un barrio de chabolas en Colombia, encuentra en el fútbol un resquicio de paz

Imagen del UNICEF
© UNICEF Colombia/2006/Linton
Harold Chávez, un joven futbolista de 14 años juega un partidillo con sus compañeros de escuela, en su ciudad natal de Montería, Colombia.

Para la Copa Mundial FIFA 2006, UNICEF y FIFA hacen campana para asegurar un mundo más pacifico para niños y niñas. Este es el  perfil de una de las estrellas del Equipo UNICEF.

Por Malcolm Linton

MONTERÍA, Colombia – Bajo las abruptas sombras que proyectan dos bombillas desnudas, Harold Chávez, de 14 años, muele mandioca para elaborar los pasteles de carne que su madre venderá a la mañana siguiente en un puesto instalado junto a la carretera, en el exterior de su vivienda en la ciudad de Montería, al norte de Colombia. La vivienda de Harold es una choza de una habitación, con suelo de barro y un techo fabricado con hojas de palmera y láminas de plástico por el que se filtra el agua, situada en Cantaclara, un extenso barrio de chabolas.

La madre de Harold, Eredis Chávez, llegó aquí con él y sus dos hermanas hace 12 años, cuando se vieron obligados a huir de su pequeña granja por causa de las guerrillas, en una época trágica de la guerra civil colombiana que dura ya décadas. “Tuvimos que irnos porque nos dijeron que arrasarían la ciudad”, recuerda. Pese a ello, la Sra. Chávez aún aguantó un año tras la primera amenaza de las guerrillas, pero la granja se vino abajo cuando le mataron los animales.

Harold ayuda a elaborar los pasteles seis noches por semana. La familia se levanta a las cuatro de la madrugada para terminar de cocinar y prepararse para la llegada de sus primeros clientes, a las cinco y media. A las seis se va caminando a la escuela. El negocio les aporta apenas 5 dólares al día, que la Sra. Chávez complementa con una pequeña renta que obtiene por el alquiler de una habitación que ha construido junto a su casa.

Alejado del peligro

Aunque Harold se mantiene en Cantaclara alejado de las luchas rivales que invaden gran parte de las zonas rurales de Colombia, su madre cree que aún corre peligro. Muchos chicos del barrio de su misma edad se drogan o acaban uniéndose a bandas de delincuentes. Harold corre el riesgo de que se le acuse de espiar para la policía por negarse a formar parte de ellas.

Pero lo que verdaderamente preocupa a la Sra. Chávez es que Cantaclara es tristemente notorio por ser un filón de reclutamiento de los grupos paramilitares. Cada pocas semanas acuden a la barriada ofreciendo a los chicos unos 150 dólares al mes con la promesa de aumentos en el futuro.

Imagen del UNICEF
© UNICEF Colombia/2006/Linton
Harold se toma unos minutos de descanso durante un partido organizado en su escuela por el proyecto Golombiano

“Pido a Dios que mi hijo no se desvíe por ese camino,” dice. “En cuanto sea un poco más mayor, es probable que le digan: ‘Harold, únete a nosotros; tenemos algo bueno que ofrecerte”. Y puede que él, viendo la situación en la que me encuentro, tire por ahí. Podrían cazarle cualquier día de estos y llevárselo. Les he visto hacerlo.”

Los chicos que se unen a los paramilitares a menudo son utilizados para vigilar las plantaciones de droga. Muy pocos reciben una remuneración. Algunos consiguen regresar a casa después de varios años, pero muchos otros acaban muertos o en la cárcel. Según los cálculos, los paramilitares reclutan cerca de 100 jóvenes al año en Cantaclara.

La salvación a través del fútbol

Pese a todo, puede que Harold corra un riesgo menor que muchos otros chicos de este vecindario. Como le encanta jugar al fútbol, recientemente se unió a un proyecto denominado Golombiano, cuyo propósito es mantener a la infancia alejada de la delincuencia y el crimen por medio de este deporte. Este proyecto, que cuenta con el respaldo de UNICEF, tiene también por objeto promover la autoestima y el respeto al prójimo.

“Gracias a que juega al fútbol, a Harold no le queda tiempo para estar en la calle merodeando por las esquinas con otros chicos del barrio,” dice Jamer Ochoa, el coordinador del proyecto Golombiano en Monteria. “Gracias al fútbol, los jóvenes han aprendido a comunicarse unos con otros. Para ellos es una forma de hacer nuevos amigos, de liberarse de sus frustraciones y de hacer algo saludable con su tiempo libre.”

Como participante del proyecto Golombiano, Harold juega uno o dos partidos los fines de semana y entrena tres días por semana. La variante de fútbol que practican está expresamente diseñada para que los jugadores aprendan a mantener el orden por sí solos, de modo que no hay árbitro en los partidos y existen algunas normas añadidas que han de pactar entre ellos: por ejemplo, el primer gol de cada uno de los equipos sólo se tiene en cuenta si lo marca una chica.

La madre de Harold cuenta que antes de unirse al Golombiano solía hablar de su intención de vengarse de aquellos que expulsaron a la familia de sus tierras; pero ahora lo que quiere es prepararse para llegar a ser futbolista profesional. “Si me concentro en el fútbol y lo estudio a fondo, creo que podría llegar a convertirme en un jugador como Ronaldinho,” afirma.


 

 

Vídeo (en inglés)

El corresponsal de UNICEF, Malcolm Linton, nos informa desde Colombia sobre Harold Chavez de 14 años, quien decide jugar al fútbol en vez y así alejarce de la delincuencia y el crimen.

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