Estado mundial de la infancia

La niñez interrumpida en los campamentos de refugiados de Darfur

Imagen del UNICEF
© UNICEF Sudan/2005/Nielsson
Desde que escaparon juntos de su pobaldo, Sumaya y su hermano Baba se han vuelto inseparables.

El Estado Mundial de la Infancia de 2006 se presentará el 14 de diciembre. En las próximas semanas antes de la presentación del informe ofreceremos una serie de historias sobre niños y niñas que están excluidos e invisibles como resultado de los conflictos armados, la pobreza, el VIH/SIDA, la discriminación y las desigualdades. Sus historias reflejan las experiencias de millones de otros niños y niñas que sufren todos los días la vulneración de sus derechos.

El campamento de Kalma, el mayor campamento de refugiados de Darfur, es una extensión interminable de tiendas de campaña y chozas de barro que la recorren de un extremo a otro. Más de 70.000 desplazados internos han acudido en masa durante los dos últimos años, huyendo de un conflicto que Naciones Unidas describe como una de las peores crisis humanitarias del mundo.

Sumaya, de 15 años, sus progenitores y sus 7 hermanos llegaron al campamento de Kalma hace casi dos años, después de que su aldea fuera arrasada por la milicia Janjaweed. 

 “Yo estaba en la escuela cuando nos asaltaron”, cuenta Sumaya. “Mis hermanas regresaron corriendo a la aldea, y yo huí junto a unos amigos. Mi prima Mona iba corriendo delante de mí cuando la dispararon. Me detuve para tomarle la mano; cuando murió, su mano se escurrió de entre la mía. Llegaron unos chicos y me dijeron que tenía que salir corriendo, y eso fue lo que hice.”

Por el camino, Sumaya se encontró con su abuela y con su hermano Mozamel (al que todos llaman Baba), de 4 años. Tomó al niño en sus brazos y comenzó a correr. “Corrimos hasta que sentí que ya no podía más,” recuerda Sumaya. “Pensé en abandonar a mi hermano entre la maleza, porque pesaba mucho, pero mi abuela me tomó de la mano y me dijo que debíamos permanecer todos unidos.”

Transcurrieron dos agónicas semanas antes de que Sumaya y Baba lograran reunirse con el resto de la familia. Juntos anduvieron 147 kilómetros hasta llegar al campamento de Kalma. Después de aquella traumática huída de los Janjaweeed, Sumaya y Baba se han hecho inseparables. “Ahora Baba ya no quiere estar con nadie más que conmigo”, dice Sumaya, ahuyentando las moscas que se posan en el rostro del pequeño, que se aferra a su falda y se niega a soltar. “Si salgo fuera, no deja de preguntar por mí. Dormimos juntos en la misma cama.”

Tras décadas de enfrentamientos menores motivados por la tierra y el agua en Darfur, a comienzos de 2003 rebeldes de tribus de etnia africana iniciaron un conflicto a gran escala, acusando al gobierno central –de mayoría árabe– de abandono. Se acusa al gobierno central de haber respondido con el envío de milicias árabes conocidas como Janjaweed, para asesinar y violar a los civiles y arrasar sus aldeas.

Imagen del UNICEF
© UNICEF Sudan/2005/Nielsson
Sumaya comparte un refugio temporal con su familia en el campamento Kalma, el mayor campamento de refugiados de Darfur.

Actualmente, Naciones Unidas calcula que el número de personas afectadas por el conflicto en Darfur asciende a la escalofriante cifra de 3,2 millones, de los cuales aproximadamente 1,4 millones son menores de 18 años y 500.000 tienen menos de 5 años. Más de 1,8 millones de personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares e instalarse en campamentos  de Darfur, y más de 200,000 han tenido que cruzar la frontera hasta el Chad Oriental.

La violencia y la inseguridad continúan siendo habituales en la vida de Darfur, y están impidiendo que el alimento y la ayuda lleguen a miles y miles de personas y obligando, además, a otros sudaneses desplazados a acudir a los campamentos ya de por sí saturados.

El fin de la infancia

Cuando vivía en su aldea, Sumaya acostumbraba hacer las cosas que suelen hacer las niñas de su edad: iba a la escuela, jugaba con sus amigos y ayudaba en casa. Sin embargo, desde que llegó al campamento de Kalma, Sumaya se ha convertido de la noche a la mañana en un adulto. Sus progenitores trabajan todo el día –su padre, como sastre en las cercanías de Nyala, la capital administrativa de Darfur Meridional, y su madre, como asistente en la clínica de nutrición que Médicos Sin Fronteras mantiene en el campamento–, y ella se queda al cargo de la casa y de sus cinco hermanos pequeños: Motasim, de 10 años, Motardar, de 8, Nadia, de 6, Baba y Abdul Albasit, de 19 meses.

El hacinamiento y las deficiencias de saneamiento hacen que cada día en el campamento de Kalma sea una lucha por la supervivencia, y el agotamiento hace que Sumaya aparente más años de los 15 que tiene. En el patio de tierra que hay en el exterior de la chabola que habita su familia, Sumaya prepara las comidas con los escasos productos y alimentos que recibe dos veces al mes: harina, legumbres, aceite, sal y alimento en polvo.

“La comida que tomamos aquí no es nutritiva,” dice mientras sirve un guiso marrón y acuoso en un gran plato de hojalata en torno al cual se reúnen sus hermanos y hermanas pequeños para comer. “En nuestra aldea, solíamos comer muchas verduras y frutas, pero aquí no podemos cultivar nada.”

Las temperaturas sobrepasan los 50 grados centígrados y el sol no concede una tregua, incidiendo implacable sobre la tierra seca y estéril. Con este calor tan increíble, la camiseta de Abdul Albasit, que muestra un sol sonriente y una inscripción que reza “qué calor”, parece un chiste cruel.

La temporada de lluvias permite un respiro del calor y el polvo, pero la falta de drenaje hace que las viviendas se inunden, lo que facilita la propagación de enfermedades.

“Durante la temporada de lluvias, nos mojamos incluso estando dentro de la casa”, cuenta Sumaya. “Hay muchos agujeros en la cubierta de plástico; a veces nos despertamos en mitad de la noche completamente mojados y tenemos que permanecer despiertos durante el resto de la noche, hasta que deja de llover.”

Los brotes de disentería y cólera son habituales en la vida del campamento; los organismos de ayuda intentan desesperadamente suministrar medicamentos suficientes para mantener a la población con vida. Todos los hermanos de Sumaya están enfermos, lánguidos, con cara de letargo. Baba está desnutrido y constantemente padece diarrea, vómitos y dolores de estómago.

Los niños y niñas pequeños no tienen juguetes con que jugar. Sus más preciadas posesiones son los frascos de medicina que están encima de un saco de harina en uno de los pocos rincones umbríos de la casa de Sumaya. Se pelean por ellos queriendo beberse la medicina, porque está dulce y tiene color. Se turnan para jugar con una caja de vitaminas en la que aparecen dos niños rubios sonrientes. Lo colocan de una manera y de otra, como si buscaran una poción mágica que pudiera mejorar sus vidas.

Cuando la infancia queda atrapada en un conflicto

Pese a las dificultades de la vida cotidiana en Darfur, Sumaya y sus hermanos se consideran afortunados porque sus padres están vivos y pueden continuar yendo a la escuela. Sólo la mitad de los 16.000 niños y niñas en edad escolar que hay en el campamento de Kalma pueden acceder a la escuela, debido principalmente a la falta de profesores calificados.

No obstante, los millones de niños y niñas que, al igual que Sumaya, están atrapados en un conflicto armado son a menudo los que se llevan la peor parte. Se calcula que el 90% de las muertes relacionadas con conflictos acaecidas desde 1990 han sido civiles, de los cuales el 80% eran mujeres, niños y niñas. En el caso típico de una guerra de cinco años, el índice de mortalidad de los menores de cinco años aumentará un 13%, y la mortalidad de adultos aun más.

Incluso si no resultan heridos o muertos, los niños y niñas son siempre los primeros afectados por un conflicto: quedan huérfanos, al ser secuestrados o violados, y al sufrir profundos traumas psicológicos y psicosociales como resultado de la exposición directa a la violencia, la dislocación, la pobreza o la pérdida de sus seres queridos.

“Al principio cuando comenzamos las clases de dibujo en el centro de acogida infantil, los niños dibujaban caballos, camellos, armas y casas calcinadas,” cuenta Sumaya. “Ahora están viendo cosas nuevas, como teléfonos móviles, y aprenden juegos y canciones nuevas que les permiten olvidarse durante un tiempo de las cosas terribles que han vivido.”

Efectivamente, un niño que está sentado en el suelo está afanado fabricando un teléfono móvil de arcilla. El teclado son unas piedrecitas y un palito hace de antena. El niño mira el resultado final, marca un número imaginario, se acerca el teléfono a la oreja, y sonríe orgulloso.

A Sumaya también le gusta pensar en cosas agradables, en cómo era su vida antes de tener que huir de su aldea: en la granja de su familia, en sus amigos y en su escuela. Aunque, por el momento, su único hogar sea una chabola polvorienta de barro con un techado de plástico.


 

 

Vídeo (en inglés)

Sumaya, de 15 años, sus progenitores y sus 7 hermanos llegaron al campamento de Kalma hace casi dos años, después de que su aldea fuera arrasada por la milicia Janjaweed. 

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