Honduras

Un año después del terremoto, las casas aún desafían a la gravedad en Honduras

Imagen del UNICEF
© UNICEF/Honduras/Ianire Molero
Elcia nos muestra su casa rosada, donde vivía con su familia antes del terremoto y cuyos cimientos pueden derrumbarse en cualquier momento. Temporalmente, han acomodado un trailer como vivienda.

Por Ianire Molero

PUERTO CORTÉS, Honduras, 23 de septiembre de 2010 – Ha pasado más de un año, pero las secuelas aún sobrecogen en este barrio de la ciudad de Puerto Cortés en el norte de Honduras. El terremoto de 7,1 grados en la escala de Richter, que sacudió al país centroamericano en mayo de 2009, arrolló 3.000 casas, desplomó puentes, se llevó la vida de siete hondureños y causó más de 100 millones de dólares en pérdidas en 30 segundos.

Hoy, este barrio a las afueras de la ciudad de Puerto Cortés, primer núcleo de actividad comercial portuaria en Honduras, es el ejemplo del olvido que sigue a los informativos de los desastres.

Más de quince meses después del temblor, las caras risueñas de los más pequeños afloran en la entrada de sus casas. Sus hogares descansan sobre bases desniveladas que dejó a modo de herencia el movimiento telúrico, como si el terreno hubiera tratado de engullir sus cimientos.

UNICEF visita un barrio, donde durante el sismo del año pasado un jardín de niños fue totalmente destruido y 500 casas arrolladas. Una travesía de gravilla que visita UNICEF está enmarcada en una hilera de viviendas que parece desafiar a la gravedad.

Jennifer, una niña de tres años, mira ensimismada cómo su padre, vendedor de plástico reciclado, trata de recomponer los soportes bajo el fatigoso sol. “Está lista, trabajo en ella de vez en cuando después del temblor para que no caiga, pero a veces falla”, explica, invitando a la visita a dar un paseo por los alrededores del terreno que acoge su vivienda. El terreno luce seco y frágil. La familia de Jennifer, como el resto del vecindario, ha sentido desde sus casas indefensas las más de diez réplicas que han surgido hasta hoy.

Un centro preescolar reconstruido

Imagen del UNICEF
© UNICEF/Honduras/Jorge Urquía
El centro pre escolar de Puerto Cortés, en el norte de Honduras, quedó destruido tras el terremoto de hace un año. Con el apoyo de UNICEF, vuelve a estar en pie para las niñas y niños del municipio.

Muchos de los niños y niñas que juegan en esta calle van al centro preescolar situado a pocos metros de distancia, reconstruido con el apoyo de UNICEF hace unos meses. El terremoto rasgó y agujereó sus paredes y despedazó sus escaleras, formando enorme grietas en la construcción y un riesgo permanente para los pequeños. Hoy, el centro Eva Carabaote luce casi como antes del temblor. Este es uno de los 32 centros educativos que sufrieron daños en su infraestructura, según el balance de la Comisión Permanente de Contingencias (Copeco).

Puerto Cortés, localizado en el departamento de Cortés y bañado por las aguas del Caribe y el olor a muelle de las ciudades de puerto, es todavía hoy una de las zonas más afectadas de Honduras por el sismo. Más de 100 casas fueron totalmente destruidas y 500 viviendas afectadas, con daños registrados en escuelas, carreteras, red de alcantarillado, agua potable y electricidad.

Un tráiler como vivienda

Imagen del UNICEF
© UNICEF/Honduras/Ianire Molero
Dos niñas posan sobre la pared de su casa en Puerto Cortés, inclinada tras el terremoto de hace un año en Honduras.

En la misma vía, diez casas más adelante, una construcción de madera rosada se distingue del resto. Pertenece a Elcia, de 9 años, y a sus dos hermanas: Luz y Karla, de 7 y 6 respectivamente. Dentro está vacía, no hay nadie. Elcia comenta que después del terremoto les da miedo vivir allí. “Por eso nos mudamos aquí”, explica, y señala un enorme tráiler de camión que han habilitado como vivienda temporal hasta que su tío arregle la otra rosada.

“Aquí estamos mucho más seguras”, completa Karina, la madre de Elcia, que aparece del tráiler. Es madre soltera, como muchas de sus vecinas de Puerto Cortés, tiene 30 años y espera otro bebé. Esta vez será un varón “aunque prefería la cuarta mujer”. Según explica Karina, las niñas, su abuela, algunos primos y ella viven en este espacio improvisado desde el terremoto. Aguardan impacientes a que sus conocidos hagan los arreglos necesarios para hacerla habitable.


 

 

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