República Democrática del Congo

UNICEF ofrece a un minero menor de edad una segunda oportunidad en la República Democrática del Congo

Imagen del UNICEF
© UNICEF/DRC/Walther
Unos niños que trabajan en la minería. Su tarea consiste en lavar las materias primas en el río para separar los metales y el material inservible. A lo largo del río se han montado tiendas de campaña, donde pululan la prostitución, el alcohol y las drogas.

Por Cornelia Walther

PROVINCIA DE KATANGA, República Democrática del Congo, 21 de septiembre de 2011. Daniel (16 años) ha recuperado su vida después de tres años de trabajo en una mina de cobre ubicada en el sur de la República Democrática del Congo, uno de los peores puestos de trabajo de la tierra. 

Cuando su padre perdió el trabajo en Gécamines –una empresa minera estatal– la vida se volvió cada vez más difícil para la familia. Para ganarse la vida, su madre, una maestra capacitada, se trasladó a un campamento junto a la mina de Kamatanda, cerca de la ciudad de Likasi, y estableció una pequeña tienda de venta de galletas y cacahuetes. Daniel y su hermano menor, Christian, quedaron abandonados a su suerte.                  

Miedo a la muerte

“Fue mi amigo quien me propuso trabajar en las minas para ganar algo de dinero”, explicó Daniel. “Al principio trabajé en el río, lavando los minerales que los otros extraían, pero con el tiempo empecé a trabajar en la galería”.

En las minas, a los jóvenes se les asignaban tareas diferentes en función de su edad. Mientras los mayores extraían los minerales en bruto bajo tierra, los más jóvenes trabajaban como transportistas o lavaban los minerales en el río.

“Era horrible, pero pagaban bien”, recuerda Daniel. “En un buen día podía hacer 5.000 francos congoleños (alrededor de 6 dólares), y en un mal día 2.000 (alrededor de 2 dólares)”.

El trabajo diario para la compañía era muy duro físicamente y lo normal era contraer enfermedades, sufrir accidentes y pasar hambre.

Imagen del UNICEF
© UNICEF/DRC/Walther
Christian (izquierda) y Daniel (derecha) lograron salir del mundo destructivo de la minería, pero el pasado les ha dejado su marca.

“Por lo general, bajábamos a la tierra a las 7 de la mañana y permanecíamos allí hasta la mañana siguiente”, dijo Daniel. “Todo el mundo tomaba drogas. Es la única forma de combatir el miedo a la muerte”.

Romper el ciclo

La pobreza, la falta de educación y el trabajo infantil forman un círculo vicioso: cuando los progenitores no pueden pagar la comida y la escuela, las minas parecen una salida a la supervivencia y el reconocimiento social. A su vez, los jóvenes sin educación suelen convertirse en padres cuyos hijos se ven obligados a trabajar y así sucesivamente. La clave está en ofrecer una alternativa viable.

UNICEF y su aliado, la ONG Groupe One, tienen como objetivo interrumpir la cadena destructiva mediante la creación de actividades generadoras de ingresos. En 2008 iniciaron un proyecto piloto que ofrece formación profesional, equipos básicos y capacitación económica a las familias más vulnerables de las zonas mineras. Ya se han distribuido conjuntos compuestos de ropa, arroz, azúcar y aceite a un total de 10.000 familias.

Después de vender los productos, la madre de Daniel tuvo el dinero necesario para matricular a sus hijos en la escuela primaria y le quedó lo suficiente para empezar su propio negocio. Decidió comprar una pequeña propiedad y hoy en día tiene suficientes cerdos para generar ingresos y pagar los gastos de su familia.

“Ahora estoy en el último año en la escuela y entre los tres primeros de mi clase”, dijo un sonriente Daniel. “El año que viene voy a tomar mis exámenes y comenzar a estudiar en la universidad”.

A pesar de que su futuro se ha iluminado sin ninguna duda, los oscuros recuerdos del pasado aún acechan a Daniel.

“No puedo olvidar lo que he visto, pero con el tiempo mejorará... Yo creo”, dijo solemnemente.


 

 

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