Bangladesh
Historias reales
La infancia amenazada en Bangladesh
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| © UNICEF/Bangladesh/Simone Vis |
| Cumplir con las necesidades educativas de niñas como Aleya contribuye a los logros en el campo de la educación de las niñas |
El 9 de diciembre se presentará la edición de 2005 del Estado Mundial de la Infancia del UNICEF. Durante las semanas que preceden a la presentación de este informe, ofreceremos una serie de historias que ilustran cómo la pobreza, el conflicto y el VIH/SIDA afectan a los niños y las niñas en sus vidas cotidianas.
En una cantera de ladrillos de las afueras de Dhaka, Bangladesh, Aleya, una niña de 11 años, se dedica a picar ladrillos junto con su madre, su hermana mayor y un hermanito. Según la cantidad de ladrillos que rompa, gana entre 20 y 40 takas al día (de 30 a 40 centavos de dólar). Hace dos meses, una astillita le cayó en un ojo y le causó problemas de visión durante semanas. Ahora está de vuelta al trabajo para ayudar a su familia a sobrevivir.
Aleya es una de los 4,9 millones de niños y niñas de Bangladesh, de entre cinco y 15 años de edad, que se calcula que trabajan. Desempeñan muchos oficios -como empleados domésticos, asistentes de garajes, obreros de fábricas, porteros en estaciones de ferrocarril y mercados, trabajadores en pequeñas fundiciones- muchos de ellos por un escaso salario o por nada, y algunos en condiciones peligrosas. Muchos niños y niñas que trabajan no tienen acceso a la educación y tienen que realizar empleos poco calificados y de bajos salarios que los atrapan aún más en el ciclo de la pobreza. El cuadro es particularmente sombrío para los niños que viven en los barrios urbanos más pobres.
Cada vez se reconoce con mayor frecuencia la difícil situación de los menores que trabajan, de su pobreza, su vulnerabilidad y sus privaciones. Si bien en muchos países se ha producido un movimiento que aboga por la prohibición del trabajo infantil, no siempre se ha visto acompañado de un análisis o de una comprensión de las razones por las que existe de una manera tan generalizada. Falta también un reconocimiento de las necesidades de los niños trabajadores y de sus familias para que puedan escapar de la pobreza. La experiencia muestra que los niños y niñas que no tienen acceso a la educación tienen pocas alternativas a su entrada en el mercado laboral y con frecuencia se ven obligados a realizar trabajos peligrosos o de explotación
Un mejor futuro para la pobreza infantil
Proporcionarles a los niños y niñas una vida y una educación de calidad, así como destrezas que les generen ingresos, se considera ahora como un medio de aumentar las opciones al alcance de los niños y niñas que trabajan y de sus familias. Eso les permitirá escapar a la pobreza y a la necesidad de emplearse en ocupaciones peligrosas o donde les explotan.
Para ampliar las posibilidades de vida de niños y niñas como Aleya, la oficina del UNICEF en Bangladesh creó el programa Enseñanza Básica para Niños Trabajadores Urbanos, al objeto de que 200.000 menores, especialmente niñas y sus familias, disfruten de sus derechos a la educación, la protección y el desarrollo. En seis ciudades, se ha ofrecido a niñas y niños trabajadores de 10 a 14 años una educación básica informal que incluye lectura, escritura, matemáticas y preparación para una vida práctica valiéndose de métodos de enseñanza participativa concebidos específicamente para las necesidades de este grupo. Además de esto, 20.000 niños trabajadores mayores de 13 años tendrán acceso a sistemas de apoyo para mejorar su preparación y, en consecuencia, sus posibilidades de vida. El programa comenzó en 2004 y lo sostiene el Organismo Sueco de Desarrollo y Cooperación Internacionales y varios comités nacionales en pro del UNICEF.
El UNICEF de Bangladesh también aboga activamente en favor de políticas educativas, sociales y económicas que favorezcan a los niños trabajadores y sus familias, y apoya la eliminación progresiva del trabajo infantil.
"Mi madre nunca tuvo la oportunidad de ir a la escuela. Un maestro vino a hablar con ella el año pasado, a preguntar si nos permitía ir al centro de enseñanza que nos queda cerca", dice Aleya. "Puesto que las clases son por la mañana temprano, podía combinar ganar dinero y aprender, de ahí que ella estuviera de acuerdo enseguida. Me encanta ira la escuela, tengo tantos amigos allí. Cuando me lastimé el ojo, algunos de ellos vinieron a verme a casa y me contaron historias bonitas de la escuela. ¡Mi maestra también vino dos veces!
"Cuando el jefe nos pagaba al final del día, se aprovechaba del hecho que no podíamos contar". Y agrega, "¡ahora sé cuánto debe pagarnos y me cercioro de que eso no vuelva a pasar! La escuela también ofrece preparación para la vida. Comencé con un curso de encuadernación, pero después de una semana me cambié para el curso de corte y confección. Espero llegar a ser la mejor sastra del barrio y dejar el trabajo de romper ladrillos. Cuando sea grande seré una buena jefa, nunca voy a pegarles a mis empleados ni les voy a robar cuando les pague sus salarios".
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Estado Mundial de la Infancia de 2005

















