Angola

UNICEF brinda apoyo a las labores para alejar a los jovenes angoleños de la vida en la calle

LUANDA, Angola, 23 de diciembre de 2010 – Una fila de barcos espera su entrada al puerto de Luanda con mercancías pagadas gracias al auge del petróleo en Angola. Es día festivo y la playa está abarrotada de niños que juegan. Las mesas y sillas de los restaurantes están tapadas con vestidos de volantes, listos para la celebración de una boda, mientras dos mujeres se disponen a comer un almuerzo a base de bacalao salado.

VÍDEO (en español): Steve Felton, de UNICEF, informa sobre las labores que respalda UNICEF para mejorar las vidas de los niños de Angola que solían vivir en la calle.  Véalo en RealPlayer

 

Margarida y Luisa tienen 22 y 23 años de edad respectivamente. Hace algunos años se habrían visto en el exterior de un restaurante mendigando pan o dinero para comprarlo. Las dos eran niñas de la calle.

Hoy, a Margarida y a Luisa se les une Marcela Costa, una artista de Luanda que dirige una agrupación de percusionistas femeninas en la que ellas tocan y que cuenta con el apoyo de UNICEF. Han terminado el ensayo diario y una sesión de fotos. Aunque a ellas no les gusta recordar su pasado tienen ganas de contar sus historias. La agrupación les ha devuelto la confianza en ellas mismas.

“Es una terapia", dice Costa, cuya agrupación es un ejemplo del modo en que UNICEF brinda apoyo a las organizaciones no gubernamentales que protegen a las personas en situación de riesgo.

"Solíamos mendigar"

Margarida recuerda que llegó a Luanda en barco desde la provincia de Zaire cuando tenía seis años con su hermana. La guerra civil de Angola no había concluido por aquel entonces y ella no iba a la escuela. Posteriormente, se trasladó con su tía y su tío. Quería estudiar pero no había dinero y al pasar un tiempo, su tío la abandonó en la calle porque había demasiados niños en la casa.

Luisa cuenta una historia similar. Cuando ella tenía tres años su padre falleció y la familia de éste se hizo con la casa. Se mudó con su madre y sus hermanos a la choza de madera de su tía. Luisa tampoco iba a la escuela. Aunque era la más joven de la familia tenía que trabajar: fregaba platos en restaurantes.

Imagen del UNICEF
© UNICEF video
Unas mujeres y niñas participan en una agrupación de percusión que cuenta con el apoyo de UNICEF para recuperar la confianza y la autoestima en Luanda, Angola.

“A veces solíamos mendigar para pedir alimento a los vecinos sólo para pasar la noche", recuerda. "Sólo comiamos 'funge' (papilla espesa de harina de mandioca) o simplemente arroz".

Intentos de violación

Cuando Luisa tenía 12 años su madre murió y ella tuvo que abandonar la casa de su tío.

“No podía mantenernos", dice. "No había adonde ir. Me sentí muy sola. Dormí en la calle. Nos cubríamos con plástico para estar a resguardo de la lluvia. A menudo no había nada que comer. Las mujeres que vendían comida nos daban pan algunas veces. La gente rica nunca".

Luisa continúa: “Había matones en la calle y trataban de violarme pero siempre hubo alguien que logró detenerlos".

Margarida recuerda que su tío trató de violarla. "Volvía a casa borracho y empezaba a golpear a las personas", dice con la voz temblorosa. "Luego se me acercaba y me desvestía, mientras decía que era sólo una broma pero afortunadamente siempre hubo alguien que conseguía apartarlo".

Un futuro seguro

Margarida añade que su interés por el arte le puso en contacto con Costa en una galería de Luanda.

“Mi único entretenmiento era el dibujo", dice Margarida. "Quería aprender a diseñar y confeccionar ropa. Formaba parte de una cuadrilla de jóvenes y ellos me dieron a conocer la galería, donde Marcela tiene un grupo de arte femenino. Luego vi a las mujeres con la percusión y supe que quería participar. Los tambores me relajaban".

Luisa, que ahora está casada, comenta que su marido pensaba que la percusión era algo sólo para hombres y le pidió que lo dejara. Ella se negó y a sus actuaciones asiste ahora él de manera regular. Luisa asiste a la escuela y ha llegado hasta el décimo grado. Su marido trabaja con el embalaje de los estantes en un supermercado y el futuro parece seguro.

Por su parte, Margarida tiene la ambición de convertirse en abogada. "Defenderé a los más pobres y débiles, especialmente a los niños y sus derechos, porque yo lo he vivido", dice. "He visto personas que sufrían. Es el momento de acabar con esas cosas".


 

 

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