Darfur (Sudán/Chad). Región en crisis.

 

Historia de una niña desnutrida de Darfur

Imagen del UNICEF
© UNICEF Sudan/2005/Luwala
Maisoun Zakaraia, de 20 meses, al quien aquí se ve sentada junto a su madre, quedó gravemente desnutrida cuando el conflicto de Darfur impidió que su familia produjera alimentos en sus cultivos de subsistencia.

Por Christopher Luwala
Auxiliar de comunicación del UNICEF, norte de  Darfur

DARFUR, Sudán, 19 de abril de 2005 – Durante el año pasado, el UNICEF ha contribuido a la construcción de 45 centros de alimentación en Darfur, y el número de muertes por desnutrición ha disminuido. Sin embargo, a medida que la crisis se desarrolla, los trabajadores de salud se preparan para un aumento en el número de niños desnutridos.

El conflicto, que ha afectado a más de 2,45 millones de personas, ha agravado los efectos de las malas cosechas del año pasado; el fracaso económico ha provocado la escasez de semillas; la inseguridad ha impedido la siembra, y la movilización ha forzado el pastoreo excesivo.

Desde mayo de 2004 se ha admitido a casi 12.000 niños y niñas con desnutrición grave en los programas de alimentación terapéutica de Darfur. La siguiente historia, documentada por el UNICEF, cuenta las penurias de una de estas niñas, como si ella mismo hablara. Maisoun es una niña sudanesa de 20 meses.

Historia de Maisoun

A causa del conflicto en curso, la comida es muy escasa. Durante la última estación mis padres no pudieron llegar a nuestros cultivos de subsistencia –el único medio sustento que tenemos– para producir alimentos, de modo que desde entonces hemos estado comiendo menos cada día. Posteriormente, yo quedé totalmente escuálida y ahora, con la ayuda de los organismos de socorro, lucho para recuperar mi vida. Esta es mi historia.

Imagen del UNICEF
© UNICEF Sudan/2005/Luwala
Después de pasar dos meses en un centro de alimentación terapéutica, Maisoun Zakaraia, del norte de Darfur, que estaba gravemente malnutrida, ganó 400 gramos de peso y pudo beber leche suministrada por el UNICEF.

Soy  Maisoun Zakaraia, la más joven de seis hermanos. Somos de la aldea de Soba, a unos 80 kilómetros al oeste de una población llamada El Fashir, en el norte de Darfur. Antes del conflicto, vivíamos sobre todo de los alimentos que producíamos en nuestros cultivos de subsistencia. Ahora mis padres encuentran trabajos ocasionales, pero no es suficiente para cubrir nuestras necesidades.

Estoy enferma y desnutrida desde octubre. Sería el mes de  noviembre cuando recibimos ayuda alimentaria del Programa Mundial de Alimentos (PMA), pero desde entonces, a causa de la inseguridad, no hemos podido recibir más ayuda. Mi madre me llevó a la cercana clínica de salud pública del gobierno, en Korma, y allí nos dieron algo de medicación, pero nada que comer.

Hacia mediados de enero, unos trabajadores de organizaciones de socorro vieron que estaba seriamente escuálida. Con su ayuda, mi madre y yo llegamos al centro de alimentación terapéutica del campo de Abu Shouk. Tengo 20 meses, mido 75,8 centímetros y cuando me pusieron en la balanza pesaba sólo 5,2 kilos.

Como estaba muy débil y era incapaz de masticar la comida que necesitaba, me sometieron a una terapia de rehidratación y me dieron un montón de medicamentos. Pasé en ese centro los siguientes tres días, antes de que me trasladaran a otro en El Fashir, que está gestionando el Ministerio de Salud. Gané unos 400 gramos de peso y me recuperé lo bastante como para beber la leche suministrada por el UNICEF.

Una amiga de la misma aldea llegó un día antes que yo al mismo centro de alimentación terapéutica, pero cuando yo llegué al día siguiente sólo pude ver su cuerpo sin vida.

La segunda fase de mi recuperación me ha llevado al centro de alimentación terapéutica del campamento de Abu Shouk para personas que se han visto forzadas a abandonar sus hogares a causa del conflicto.

La amenaza de violencia continuada y la grave escasez de alimentos en la aldea han convencido a mi madre de que es mejor llevar al resto de la familia a vivir al campamento. Aquí podemos comer, beber agua limpia, y mis hermanos y hermanas mayores pueden ir a la escuela. Por fin, podemos sentirnos seguros.


 

 

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