HAR_graphic_sp
Languages
English
Français

MENA Reportaje sobre Sudán

© UNICEF Sudan/2009/Wheeler

Khamid Isa depura un tanque de agua en el poblado Kunena, del Estado de Gedaref. Un programa de depuración con cloro, apoyado por la Comisión Europea y UNICEF, ha reducido el cólera y otras enfermedades transmitidas por el agua.

LA COMISIÓN EUROPEA Y UNICEF SE ALÍAN PARA SATISFACER LAS NECESIDADES BÁSICAS DE AGUA POTABLE EN EL SUDÁN ORIENTAL

KUNENA, ESTADO DE GEDAREF, Sudán, 24 de junio de 2009 – El burro de Saddam Mohammed permanece inmóvil mientras su dueño llena los dos tanques de agua con capacidad para ocho litros cada uno fabricados con la cámara de un neumático de automóvil. Cuando ambos tanques están llenos, el asno inicia su sexto viaje del día desde el nuevo centro de abastecimiento de agua de Kunena a una de las viviendas con techo de paja de la aldea, localizada a unos 30 kilómetros de la frontera con Etiopía.

Las familias de esta aldea no reciben el agua potable por medio de cañerías sino a lomo de burro. El tanque azul del que Saddam y sus vecinos extraen el agua es visible desde el camino que conduce a la aldea. Cuando Saddam llega a su vivienda, remueve los corazones de mazorca que sirven de tapones de los vejigones de caucho y descarga el agua que su familia necesita para todo el día. Y lo que es aún más importante, se trata de agua clorada.

“Esta agua es más pura, y tiene mejor sabor”, dice Fatma Mohammed, madre de cuatro hijos y una de las personas a las que abastece de agua Saddam Mohammed.

En muchas de las aldeas del Estado de Gederef obtener agua potable no es tan fácil como en Kunena. En 2007, en Kunena se produjo un brote de diarrea acuosa acuda, que a menudo es el prólogo de la aparición del cólera. “En esa ocasión se enfermaron muchas personas y murieron 10 habitantes de la aldea”, explica Asha Mohammed Nhasroot, que integra el Comité de Saneamiento de Kunena.

Desde entonces, la cloración del agua ha posibilitado una notable reducción de los casos de cólera en el Estado de Gederaf, donde se registraron 1.400 casos en 2007 y solamente 163 en 2008. “En ninguna de las aldeas donde se construyeron los minicentros de distribución se han producido nuevos casos de enfermedades transmitidas por el agua”, explica Imad Eldin Suleiman, especialista en Agua y Saneamiento de la Oficina de UNICEF en el Sudán.

La escuela de Kunena –separada del centro de abastecimiento de agua por el lecho seco de un río– recibe el agua sin cargo, que también es gratuita para la clínica de la aldea y para cualquier persona que quiera cargar uno o dos bidones para uso doméstico.


Educación sobre las enfermedades

Pero la cloración del agua por sí sola no es suficiente. Los activistas como la Sra. Nhasroot y los otros nueve integrantes del Comité de Saneamiento tratan también de convencer a las familias de que construyan letrinas y que no continúen defecando al aire libre, una práctica que no sólo contamina las capas de agua sino que también atrae moscas que propagan las enfermedades.

“Nos proponemos que para fines de 2009 en esta aldea se haya dejado de practicar la defecación al aire libre”, afirma la Sra. Nhasroot. “No será fácil, pero no nos daremos por vencidos”. La integrante del Comité de Saneamiento tiene motivos para ser optimista, ya que el empleo de letrinas, que hace dos años era del 20%, ahora cubre la mitad de las viviendas de la aldea.

Para lograr la eliminación del la defecación al aire libre se emplean diversos métodos, algunos de los cuales implican la participación de los niños y niñas, a quienes se les alienta a que enseñen en sus hogares las prácticas de higiene que aprenden en la escuela. Fatma Mohammed es una de las personas que ha comprendido los beneficios de instalar una letrina en su hogar. “El Comité de Saneamiento”, dice, “transmite muy buenos mensajes”.

Kunena es una de las 10 aldeas del Estado de Gederef históricamente amenazadas por el cólera en las que durante 2008 y 2009 se construyeron centros de abastecimiento de agua con apoyo de la Oficina de Ayuda Humanitaria de la Comunidad Europea  y UNICEF.

UNA ALIANZA PARA ELIMINAR LA AMENAZA MORTÍFERA DE LAS MINAS TERRESTRES EN SUDÁN.

MALAKAL, Sudán meridional, junio de 2009 – Un joven se desploma al suelo tomándose la rodilla, con el rostro desfigurado por el dolor. A su alrededor, varios niños y niñas lanzan gritos angustiados. Pero luego, todos estallan en carcajadas. Es que esta vez no se trató de una tragedia sino de una presentación teatral de concienciación sobre los peligros de las minas terrestres ofrecida por una agrupación juvenil a los alumnos de una escuela primaria.

“¡Alto! ¡No se muevan! ¡Peligro!”, grita Paul Mark, uno de los actores, entre los ruidosos aplausos de los 70 alumnos y alumnas sentados de a cuatro en cada banco del aula con techo de zinc.

Una docena más de alumnos de la escuela primaria Joshua Dei de Malakal, que abandonaron su clase en otra aula para ver la representación a través de una ventana, expresan su admiración con silbidos. Pese al clima de jolgorio, la representación teatral tiene su aspecto serio, ya que forma parte de una serie de programas de educación sobre los peligros de las minas terrestres mediante las cuales se conciencia a la población acerca de esa amenaza.

Aunque la guerra civil del Sudán terminó hace cuatro años, el conflicto ha dejado un legado que sigue causando bajas. Durante la lucha, las fuerzas del gobierno septentrional rodearon a muchas comunidades como Malakal de campos minados con el objetivo de crear barreras de protección y prevenir los ataques de las fuerzas rebeldes meridionales. Esas minas y otra munición sin estallar continúan enterradas y ocultas.

“El costo de esos artefactos es terrible”, comenta Guatbel Reak Chuol, oficial de educación sobre los peligros de las minas terrestres y de ayuda a las víctimas de la Comisión Nacional de Desminado del Sudán Meridional, la dependencia que organiza las representaciones teatrales con el respaldo de UNICEF. “Los artefactos explosivos se colocaron intencionalmente en las zonas más frecuentadas por la población. Por ejemplo, a orillas de los ríos o a la sombra de los árboles”.

UNICEF brinda su apoyo a los programas de educación sobre los peligros de las minas terrestres que se dirigen particularmente a los pobladores desplazados o a quienes regresaron recientemente a la región, además de los niños y niñas, que suelen ser el sector de la población más amenazado por la munición sin estallar. Las sesiones, en las que se ofrece información que puede salvar muchas vidas, suelen vincularse directamente con el sistema de educación escolar ordinario.

Tras la representación teatral, cuando Chuol pregunta al nutrido grupo de estudiantes si alguien ha visto ejemplos reales de las minas terrestres que aparecen fotografiadas en un cartel que les muestra, muchos niños levantan la mano. La compañía teatral no sólo logra captar la atención de los niños, sino que también les suministra importantes lecciones y folletos informativos.

Entre los colaboradores del programa figura Pagan Deng, un maestro primario que ofrece a los niños un ejemplo gráfico de lo que están tratando. El maestro se levanta la pierna derecha de los pantalones para mostrarles que a partir de la rodilla esa extremidad es una prótesis plástica. “Yo era apenas un niño, y me dirigía al río para bañarme”, recuerda mirando hacia los lados. “La verdad es que no recuerdo exactamente lo que sucedió. Pero cuando perdí la pierna derecha, mi vida cambió completamente”.

“Cuando les habló a los niños acerca de los peligros de las minas terrestres les puedo mostrar claramente el daño que causan”, explica el Sr. Deng. “Eso les impresiona mucho, y comienzan a prestar mucha más atención. Es entonces cuando comienzo a explicarles cómo pueden hacer para evitar y eludir esos peligrosos artefactos”.

La amenaza no se limita a las minas terrestres antipersonal, sino que también existe el peligro de las bombas sin estallar. Aunque esos artefactos, que aún contienen explosivos extremadamente inestables, no están tan ocultos como las minas terrestres, los niños y niñas que los encuentran tienden a jugar con ellos.

En el Sudán se realizan labores de localización, marcación y desactivación de la munición sin estallar, pero se trata de una tarea lenta, complicada y costosa. Hasta que no se eliminan todas las minas terrestres y munición sin estallar de la región, lo que podría demorar varios años, es necesario que los niños sepan cómo mantenerse a salvo.

Para algunos, ya es demasiado tarde. Angelina Nyaching perdió la vista debido al estallido de una mina terrestre cuando iba a buscar leña. Debido a ello, necesita la ayuda de su hija mayor, Gisma, de 10 años de edad. La niña debe estar casi constantemente junto a su madre, por lo que se ha visto obligada a abandonar sus estudios escolares. Tanto Gisma como sus tres hermanos menores ayudan a Angelina a transportar arena que recogen en el río y que venden a empresas constructoras para obtener ingresos sumamente modestos que sólo les alcanza para sobrevivir.

“Ese es el único trabajo que puedo conseguir para ganar algo de dinero para comprar alimentos”, explica Angelina, que descansa a la sombra de la simple estructura de chapas metálicas y harapos que le sirve de hogar a la familia. “Me gustaría que mis hijos fueran a la escuela, pero no tengo suficiente dinero. Todos los días sufro dolores debido a lo que me sucedió”.