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ASIA Y EL PACÍFICO SRI LANKA: REPORTAJE

Pagando al explorador

© UNICEF Sri Lanka/2007

Sithan Ramlingham y su hija Danushika han caminado cientos de kilómetros para escapar del conflicto que enfrenta al Gobierno y a los rebeldes en Sri Lanka. Más de 130.000 personas han sido desplazadas por el renaciente conflicto.

Ha concluido la jornada escolar y, conforme se va poniendo el sol, un grupo de muchachas pasean por un sendero polvoriento que serpentea entre grandes brotes de buganvillas púrpuras. Ríen mientras sostienen sus libros escolares, aunque es un entusiasmo infantil el que las distrae del triste hecho de que no se dirigen a casa, sino a un hacinado campamento para personas desplazadas por los enfrentamientos.

Detonaciones irregulares de artillería sacuden el cielo. Les pedimos que hablen un momento con nosotros, y su expresión se torna curiosamente arrugada, haciéndolas parecer repentinamente adultas en un mundo lleno de preocupaciones. Ahora llevan casi un año en este campamento. ¿Siguen asustadas por el ruido de las armas? Asienten, aunque afirman que ahora están acostumbradas, porque “uno termina acostumbrándose a todo.”

Esta imagen refleja un momento apacible en medio de la frenética actividad que se ha apoderado de Sri Lanka oriental. La lenta afluencia de personas que huyeron de los enfrentamientos el pasado año se ha vuelto incontenible. Cientos de civiles a diario se han convertido en miles, y ahora en decenas de miles, que andan con mucho cuidado por senderos, cruzando ríos, hacia la relativa seguridad de campamentos situados en el territorio administrado por el Gobierno.

Sithan, de 67 años, es del distrito de Trincomolee y llegó hace una semana. Sus encuentros con la autoridad le han costado una espalda dañada y la mano lisiada con la que agarra el hombro de su hija Danushika, de 10 años. Cuesta imaginar a este contable profesional, que habla tan bajito y despacio, sobreviviendo cuatro años en la cárcel, y más aún su historia del pasado año.

Su camino hasta este punto es similar al de la mayoría en los campamentos. En los últimos 11 meses se ha trasladado casi una docena de veces, caminando cientos de kilómetros para huir del bombardeo conforme se iba desplazando el conflicto entre las fuerzas del Gobierno y los Tigres de Tamil. Cuando éste se acercaba demasiado, su mujer y su hija reunían sus escasas pertenencias y emprendían una nueva huida.

Este anciano encorvado animaba a su hija, mientras vadeaban los ríos que casi los arrastraban, encontrándose con otras personas en los bosques en busca de refugio, intercambiando algo de información que pudiera salvar sus vidas, y tratando de ignorar y ser indiferentes a los grupos armados con los que tropezaban. Pagó alrededor de 50 céntimos para que ‘exploradores profesionales’ le guiaran a él y a su familia a través de campos minados. Contable y explorador, ambos tratando de adaptarse a un mundo caótico.

Este campamento, situado a 17 km al norte de la ciudad de Batticaloa, acoge a alrededor de 1.300 personas, y cada día van llegando más. Han llegado en oleadas. La primera fue en abril de 2006, como las otras muchachas, luego en diciembre, otra en enero, y de pronto muchos más recientemente. Según el último recuento hay 90 campamentos en el distrito de Batticaloa, que acogen a 130.000 desplazados internos. Desde el 10 de marzo de 2007, la llegada de 60.000 personas ha supuesto un aumento de la población del campamento de más de un tercio, que ejerce una presión enorme sobre los organismos humanitarios, como UNICEF.

Reka, de 24 años, y su hijo Anushan, de 7, son recién llegados al mundo del desplazamiento. Las explosiones de artillería que se sucedieron durante dos días y sus noches arrasaron los bosques y campos cerca de su aldea, y su hijo le suplicaba que se lo llevara a un lugar sin bombardeos ni cazas que les amenazaran desde el cielo. Pero ella no tenía idea de adónde ir, objeción que desechó en cuestión de minutos una mañana temprano cuando un proyectil destruyó la casa de al lado. Las 40 familias de la aldea se llevaron algo de ropa y penetraron corriendo en el bosque hacia las líneas del Gobierno. Cruzaron un río en bote, y se adentraron sigilosamente en los bosques, mirando como familias de otras aldeas avanzaban antes de que ellos pudieran proseguir, llegando a este campamento tras 18 horas de marcha.

UNICEF y otros actores humanitarios (incluidas las comunidades de acogida) están proporcionando alimentos, medicamentos, letrinas, suministros de agua, refugio, vestimenta, suministros escolares y utensilios para el hogar. Se están estableciendo zonas de juego para los niños, y para los casos en que los niños no pueden asistir a la escuela por falta de espacio, se han levantado instalaciones de aprendizaje temporales.

Los desplazados internos estaban seguros de una cosa: en vista del desorden y los enfrentamientos, no consideran seguro volver a sus hogares hasta que reine la paz. “El que te guíen a través del campo minado es como una puerta que se cierra,” afirma Sithan. “Será muy difícil volver a casa, sin garantías de seguridad y de respeto a la ley.”