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En el Brasil, el fútbol es la pasión nacional. Por
ello, en un país donde 2,9 millones de niños trabajan
y 1,3 millones no van a la escuela, diversos programas y proyectos
apelan a la popularidad del fútbol para lograr que los niños
y jóvenes abandonen las calles y se integren en las aulas.
Un programa llamado Espacios de Esperanza se dirige
a los niños pobres de los tugurios violentos de grandes ciudades
como Río de Janeiro y São Paulo. El programa les ofrece
la posibilidad divertirse jugando al fútbol, y de realizar
una actividad física que representa una descarga saludable
y productiva para esos adolescentes en circunstancias difíciles.
Espacios de Esperanza les ofrece también programas especializados
en música y teatro, así como el uso de sus bibliotecas
y sus computadoras, con acceso gratuito a la Red.
Dos integrantes de la selección brasileña de fútbol
han fundado centros para los niños vulnerables en los que
se combinan los estudios con la práctica del deporte. En
esos centros se dictan diariamente clases sobre una gran variedad
de materias, desde inglés hasta conocimientos de computación.
Al final de cada jornada de estudios se disputa un partido de fútbol.
El proyecto Manguere, que se desarrolla en una zona sumamente pobre
de São Luis, emplea un enfoque similar para brindar asistencia
a los niños y adolescentes vulnerables. Allí se ofrecen
clases de arte, música y materias académicas durante
la mañana, y por la tarde se juega al fútbol.
En un centro de detención para adolescentes de Curitiba,
el fútbol constituye el mecanismo mediante el cual los jóvenes
detenidos canalizan su energía, sus frustraciones y su ira.
Hasta ahora, ese proyecto de fútbol que cuenta con el respaldo
del UNICEF parece estar cumpliendo con su cometido. Una vez liberados,
los jóvenes que participaron en el programa han tenido tasas
notablemente menores de reincidencia y significativamente mayores
de matriculación escolar que los que no tomaron parte en
programas de ese tipo.
El equipo brasileño de fútbol Club Vitoria es famoso
por sus éxitos en la búsqueda, descubrimiento y entrenamiento
de atletas jóvenes con vistas a que se conviertan en futbolistas
profesionales. Sin embargo, la mayoría de los niños
de entre 14 y 16 años que asisten a la escuela del club no
llegan nunca a formar parte del equipo profesional. En el pasado,
esos adolescentes debían regresar a sus vidas habituales
sin haber recibido mucha educación ni capacitación
laboral. Para remediar esa situación, el Club Vitoria y una
ONG local pusieron en marcha un programa mediante el cual los niños
que entrenan con el club asisten también a la escuela. Asimismo,
reciben clases semanales especiales sobre los derechos humanos,
el VIH/SIDA, la prevención de la violencia, la gestión
de sus finanzas e idiomas extranjeros.
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