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En los agrestes campamentos de refugiados ubicados en la minada
tierra de nadie que constituye la zona fronteriza entre el Afganistán
y Tayikistán, puede verse a grupos de niños afganos,
muchos de ellos sucios y descalzos, corriendo entre las nubes de
polvo que levantan mientras juegan partidos de fútbol muy
disputados.
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No es de sorprender que los niños se hayan aficionado tanto
a este deporte, ya que el fútbol es una pasión mundial.
Lo que es inusual en este caso, es que se trata de la primera ocasión
en que estos niños y niñas practican un deporte en
forma organizada. Después de todo, cuando los talibanes controlaban
la región septentrional del Afganistán estaba prohibido
hasta volar cometas.
Nunca habían jugado hasta que vinieron aquí,
porque la situación era muy mala. No sólo no jugaban
al fútbol sino que hasta se les prohibían juegos mucho
más simples, explica Kholis Sadurdinov, de la ONG británica
Save the Children Fund, mientras juega a la pelota con un grupo
de integrantes del personal del UNICEF y de niños afganos.
La llegada a esta región del fútbol y los demás
juegos de los que ahora disfrutan unos 5.000 niños que viven
en cuatro campamentos de refugiados no podía haberse
producido en mejor momento. Gracias a los balones y otros elementos
y equipos de recreación suministrados por el UNICEF y Save
the Children Fund, los niños y las niñas del asentamiento
Karaol, en la Isla No 9 (que debe su nombre a un puesto fronterizo
ruso) pueden jugar al fútbol con regularidad. Casi todos
los niños y adultos provienen de la cercana localidad de
Eman Saeb, aunque algunos son originarios de puntos tan distantes
como Kabul y Kandahar.
Los trabajadores sociales afirman que la primera vez que oyeron
a los niños reír y gritar de alegría fue cuando
comenzaron a jugar al fútbol. El personal de los campamentos
se encuentra en la inusual situación de tener que enseñar
a jugar a los niños y las niñas. Si uno se acerca
a ellos lo suficiente como para mirarlos a los ojos, descubre en
ellos esa mirada perdida que es consecuencia de años de inestabilidad
e inquietud.
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En Afganistán, los niños
y niñas reaprenden a jugar. |
Mine Sungun, un oficial de protección de los niños
de la oficina del UNICEF de Turquía, afirma que hasta hace
poco tiempo los niños no tenían nada que hacer en
sus horas libres. Ahora asisten a clases matutinas en tiendas de
campaña que hacen las veces de aulas, y por la tarde juegan
al fútbol y al voleibol, o realizan otras actividades grupales.
Abdullah dice que aunque él y sus amigos adolescentes sólo
empezaron a jugar al fútbol hace dos meses, ahora esperan
todos los días con ansiedad la oportunidad de salir a corretear
tras la pelota en un terreno descampado cercano a las tiendas de
campañas donde asisten a clases.
El comandante de Karaol anuncia que en breve se realizarán
competencias de fútbol contra los equipos de otros asentamientos,
y que los niños están dispuestos a fortalecer sus
equipos. A los chicos les gusta mucho el fútbol,
comenta. Han aprendido que se debe jugar en equipo, de manera
que están aprendiendo a hacerlo. Pronto empezarán
a competir.
Aunque muchas de las familias que hoy viven en los campamentos
regresarán a sus lugares de origen a mediados de año,
otras permanecerán en ellos más tiempo debido a la
inestabilidad y los enfrentamientos entre facciones en sus aldeas.
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