Kenya

Las lluvias estacionales son un arma de doble filo en el reseco noreste de Kenya

El agua potable es todavía un desafío para los refugiados y las comunidades locales

Por Tim Ledwith

NAIROBI, Kenya, 26 de octubre de 2011. La lluvia ha comenzado en la fecha prevista en el noreste de Kenya, la primera precipitación real que muchas personas de esta región semiárida han visto desde hace varios meses, o incluso años. Sin embargo, aunque se esperaban con ansiedad, las lluvias son a la vez una bendición y una maldición.

VÍDEO: octubre de 2011. Concha Grijalba, de UNICEF, informa sobre el reto que presenta el acceso al agua potable para los refugiados y los pastores del noreste de Kenya, afectados por la prolongada sequía en la región y el conflicto en la vecina Somalia.  Véalo en RealPlayer

 

La lluvia es una bendición, ya que aumenta las esperanzas de aliviar la prolongada sequía regional, que ha destruido las cosechas, acabado con el ganado y agravado la escasez de alimentos y agua durante los últimos dos años. Es una maldición, porque la tierra reseca no puede absorber los aguaceros repentinos, que aumentan el riesgo de inundaciones y de enfermedades transmitidas por el agua.

Pese a la normalidad de las “lluvias cortas” de este año, que caen entre octubre y diciembre, , sus efectos positivos sólo se dejarán sentir en 2012, después de la próxima cosecha. Esto no sólo sitúa a la zona nororiental de Kenya en extrema necesidad de ayuda alimentaria en los próximos meses, sino a todo el Cuerno de África.

Como siempre en estas situaciones, los niños son los más vulnerables. Y pese a que la situación de la seguridad alimentaria es muy preocupante, el acceso al agua potable sigue siendo aquí un asunto de vida y la muerte.

Ayuda a los refugiados en tránsito

Dos días antes de que llegaran las lluvias, la magnitud de este desafío era tan evidente como el polvo omnipresente en los extensos campamentos de refugiados de Dadaab (Kenya). Situados a unos 100 kilómetros de la frontera entre Kenya y Somalia, los campamentos albergan actualmente a más de 450.000 personas. Cien mil de ellos han huido desde junio para escapar de la hambruna y de los conflictos en el sur de Somalia. Más de la mitad son niños.

Muchos refugiados somalíes en Dadaab llegan después de caminar durante días o semanas a través de un paisaje peligroso y desértico. Para satisfacer sus necesidades inmediatas, UNICEF y sus organizaciones aliadas les proporcionan acceso a agua potable, mientras se encuentren en tránsito en el interior de Kenya. La ayuda continúa una vez que se han establecido en los campamentos o en comunidades de acogida cercanas.

Desde julio, este esfuerzo ha llegado a 936.000 personas, entre ellas 514.000 niños, por medio de una combinación de perforaciones, pozos, transporte de agua, además de la instalación o rehabilitación de sistemas de abastecimiento de agua. A pesar de tales iniciativas de gran alcance, todavía hay niños en los campamentos de Dadaab que se ven expuestos al agua contaminada.

Desnutridos y deshidratados

Imagen del UNICEF
© UNICEF Kenya/2011/Gangale
Harera Adeow con sus hijos Ibrahim y Fatuma, de 3 y 5 años respectivamente, llenan bidones de agua en un punto de agua que recibe apoyo de UNICEF en el poblado de Riba, situado cerca de Wajir, al noreste de Kenya.

A algunos de esos niños se les podía encontrar recientemente, como cualquier otro día, en el centro de estabilización de la salud del campamento de Hagadera en Dadaab. Administrado por el Comité Internacional de Rescate, la instalación que recibe asistencia de UNICEF admite de 10 a 15 niños con desnutrición aguda al día.

En el único pabellón que hay en el centro se ve a las madres sostener a sus hijos debilitados que, en algunos casos, tienen que compartir la cama con otro niño. La enfermera Sirat Amin explicó que el 90% de los jóvenes enfermos y subalimentados, muchos procedentes de familias de refugiados recién llegados, sufrían de deshidratación debido a la diarrea causada por el agua contaminada.

“Vengo de Somalia y caminé todo el tiempo”, dijo Nadhifa Mohamed(23 años), una de las madres que se encuentran en el centro. “Cuando llegué aquí, mi bebé se enfermó y lo he traído a este hospital. Hemos estado aquí durante los últimos seis días”.

Una vez admitidos en el centro, los niños reciben leche terapéutica, junto con medicamentos para el paludismo, las infecciones respiratorias y otras complicaciones médicas, hasta que se recuperan lo suficiente como para recibir tratamiento como pacientes externos. Al mismo tiempo, la mayoría de ellos necesitan rehidratación por vía intravenosa.

“La situación en materia de agua y saneamiento en los campamentos es una preocupación”, dijo el Dr. Milhia Abdul Kader, que encabeza el equipo de salud del Comité Internacional de Rescate en Dadaab. Añadió que tanto el agua contaminada como las malas prácticas de higiene contribuyen a la irrupción de la diarrea. “Es una combinación de factores”, dijo Kader. Con demasiada frecuencia, señaló, la convergencia de la desnutrición infantil, las enfermedades y la deshidratación puede ser mortal.

Agua para las comunidades locales

Más allá de los campamentos, el agua no deja de ser una preocupación para la población local que vive alrededor de Dadaab y en el resto del noreste de Kenya, una población compuesta en gran parte de los pastores nómadas y sedentarios. En total, 1,7 millones de niños, en su mayoría pastores, de Kenya están en peligro debido a la crisis de la sequía.

Imagen del UNICEF
© UNICEF Kenya/2011/Gangale
Los caminos se vuelven casi impractiables después del primer aguacero de las “lluvias cortas” de octubre a diciembre en el noreste de Kenya, donde la mayoría de las personas no habían visto precipitaciones importantes desde hace varios meses o incluso años.

En el pueblo de Labisigale, a unos 15 kilómetros de Dadaab, algunas familias que antes eran nómadas se han establecido de forma permanente. La sequía y las enfermedades han causado la muerte de su ganado, lo que les obligó a renunciar a un estilo de vida que ha perdurado en el este de África durante siglos.

Antes de la crisis de la sequía, había alrededor de 150 familias que vivían en chozas en Labisigale. Ahora hay 700.

No muy lejos, en una escuela recién construida a la que acuden los niños de la aldea, UNICEF descubrió agua a principios de octubre después de la perforación de un pozo a 179 metros de profundidad. El pozo resolverá las necesidades de agua y saneamiento de la escuela y el agua se canalizará a la comunidad para el consumo humano y animal. Procedente de un acuífero que es capaz de satisfacer las necesidades diarias de unas 8.000 personas, el pozo es un salvavidas para Labisigale.

Sin embargo, la opinión de los pastores desplazados sobre sus nuevas circunstancias es agridulce. “Lo perdí todo”, dijo una de los recién llegados a Labisigale, que recordó que ella y su marido eran dueños de 100 cabezas de ganado antes de que se produjera la larga sequía. Incluso si las lluvias reanudan su patrón histórico, su familia no volverá a la vida nómada, dijo, “porque no tenemos animales para cuidar”.

Aumentar la capacidad para reponerse

Los pastores de Riba, otra aldea del noreste, podrían afrontar un destino similar si las condiciones no mejoran de forma espectacular. La aldea constituye un punto de abastecimiento de agua tradicional para los pastores de camellos, vacas y cabras. La ciudad más cercana, Wajir, es en sí un lugar remoto accesible sólo por caminos de tierra, aunque el ejército de Kenya mantiene allí una base aérea.

La fuente de agua en Riba es un pozo al lado de un gran campo estéril al borde de la aldea. En tiempos mejores podía estar abarrotado con miles de camellos. Los pastores se detenían allí periódicamente en su recorrido a través de un amplio circuito de pastizales en el norte de Kenya, el sur de Etiopía y el sur de Somalia para pastorear el ganado.

Una tarde a principios de este mes, sin embargo, no había más de 200 camellos en el abrevadero de cemento en Riba. La mayoría de ellos estaban tan flacos que podían distinguirse claramente sus costillares. La mayoría también estaban equipados con una especie de bozal, realizado con sandalias de plástico, para evitar que enfermen por beber mucho y demasiado rápido.

El suministro de agua en Riba procede de un pozo profundo y se almacena en grandes depósitos con la ayuda de una bomba y un generador suministrado por UNICEF. Se trata de la única fuente fiable de agua en cientos de kilómetros a la redonda. Sin embargo, sin un esfuerzo concertado para ayudar a los pastores a obtener una mayor capacidad para sobreponerse, puede que esto no baste para sostener sus medios de vida. Los pocos pastores que hay en Riba dijeron que ya habían perdido al menos la mitad de sus camellos debido a las deficientes condiciones de los pastizales y la desaparición de las fuentes de agua en la región. El estado demacrado de los animales que les quedan no es un buen augurio para el futuro.

Al ponerse el sol, los pastores atizaron con varas a los camellos en los flancos y les lanzaron gritos en somalí para mantenerlos juntos después de abrevar. Era una escena intemporal, pero ensombrecida por la constatación de que los antiguos modos de vida del Cuerno de África podrían estar a punto de quedar atrás.

Imagen del UNICEF
© UNICEF Kenya/2011/Gangale
Un pastor nómada examina a sus camellos mientras se pone el sol en un punto de abastecimiento de agua que recibe apoyo de UNICEF en el poblado de Riba, situado cerca de Wajir, al noreste de Kenya.

The water source in Riba is a borehole beside a large barren field at the edge of the village. In better days, it sometimes teemed with thousands of camels. Herders stopped there periodically as they led their grazing animals through a wide circuit of pasturelands in northern Kenya, southern Ethiopia and the south of Somalia.

One afternoon earlier this month, however, no more than 200 camels drank from Riba’s cement troughs. Most of them were so thin that their rib cages were clearly distinguishable. Most were also fitted with a sort of muzzle, fashioned from flip-flop sandals, to prevent them from drinking too much, too quickly, and sickening themselves.

The water supply at Riba is drawn from a deep borehole and stored in large tanks with the help of a pump and generator supplied by UNICEF. It’s the only reliable water source for hundreds of kilometres around. Yet without a concerted effort to help the pastoralists build greater resilience, it may not be enough to sustain their livelihoods. The few herders on hand in Riba said they had already lost at least half of their camels to poor grazing conditions and dried-up water sources in the region. The emaciated condition of their surviving stock did not bode well for the future.

As the sun set, the herders slapped the camels’ flanks with sticks and barked orders at them in Somali to keep them together after they were watered. It was a timeless scene, but it was clouded by the realization that time might be running out for the old ways in the Horn of Africa.


 

 

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