Educación básica e igualdad entre los géneros

La historia de Judith: Pese al dolor, la educación renueva las esperanzas en Haití

Imagen del UNICEF
© UNICEF/2010/Van den Brule
Judith con sus compañeros de L’École Nationale République du Brésil, una de las muchas escuelas de Puerto Príncipe que han vuelto a funcionar gracias al apoyo de UNICEF.

Judith, de 15 años de edad, perdió a su madre durante el terremoto que sacudió Haití hace cuatro meses. Hoy, la niña y sus compañeros tratan de superar su dolor dándose apoyo entre ellos. Los niños estudian en una de los centenares de escuelas que han vuelto a funcionar gracias al apoyo brindado por UNICEF. El siguiente artículo reproduce los comentarios de Judith sobre sus experiencias y sus esperanzas durante una conversación que mantuvo con Cifora Monier y Jill Van den Brule, de la Oficina de UNICEF en Haití.

PUERTO PRÍNCIPE, Haití, 14 de mayo de 2010 – El día del terremoto, la directora de nuestra escuela, la Sra. Lambert, nos envió a casa más temprano de lo normal. Por lo general, yo solía quedarme en la escuela después de clases para ayudar a limpiar el patio. Sin embargo, ese día la Sra. Lambert se había enterado de que en un sitio no muy lejos de nuestra escuela habían matado a un profesor universitario y de que existía temor sobre posibles disturbios. De manera que insistió en que volviéramos rápidamente a nuestros hogares y no nos entretuviéramos por el camino.

Yo llegué a mi casa en 35 minutos, exactamente. Recuerdo que tenía la blusa pegada a la espalda debido al intenso calor. Y de pronto, todos quedamos cubiertos de la cabeza a los pies con un polvo blanco. No podía creer lo que estaba sucediendo.

Mi mundo se desmoronó

En ese momento, todo cambió en mi vida. Mi madre, que estaba dentro de la casa haciendo labores domésticas, quedó atrapada bajo los escombros con una pierna rota. Todos tratamos frenéticamente de quitar las piedras, pero eran muy pesadas y no pudimos levantarlas ni llegar hasta ella a tiempo. Esa noche enterramos a nuestra madre.

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Judith, de 15 años de edad, conversa rodeada de suministros escolares de UNICEF con la directora de su escuela, la Sra. Lambert. “Judith es una niña excepcional”, explica la docente. “Siempre está sonriente, pese a todo lo que le sucedió”.

Después de deambular sin destino por las calles, terminamos acurrucados en una esquina y nos dormimos a pesar de que se escuchaban gritos y llantos de mujeres.

Nos habíamos quedado sin hogar y habíamos perdido a nuestra madre. La persona y el sitio donde yo siempre había hallado refugio habían desaparecido. Toda mi vida se acababa de desmoronar. Durante los días y semanas siguientes lloré muchísimo. A veces escuchaba la voz de mi madre, o se me aparecía en sueños.

Después del terremoto, fui con mi familia a Les Cayes, donde pasamos varias semanas solitarias en el campo. ¡Extrañaba tanto mi madre! Sin embargo, y aunque ya no estaba conmigo, ella me había dado la fuerza necesaria para seguir adelante. Hoy sigue viva en mí, porque vive en mis recuerdos. Por ejemplo, en el recuerdo de las veces que nos sentábamos juntas frente al televisor a mirar programas musicales. En una ocasión me dijo que algún día yo le mostraría mi talento al mundo. Quiero hacer realidad ese sueño de mi madre.

Una razón para vivir

Desde que regresé a Puerto Príncipe, vivo con ocho miembros de mi familia en una pequeña habitación. Mi padre y mi hermano duermen en el suelo, y mi hermana, mis primos y yo compartimos dos camas. Cuando llueve, nuestro cuarto se convierte en una piscina porque las bolsas de plástico que usamos para protegernos no impiden que la lluvia inunde la habitación.

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Judith, de 15 años de edad, hace los deberes escolares. La niña reanudó sus estudios en una escuela de Puerto Príncipe, la capital de Haití, varios meses después del terremoto que devastó esa ciudad. La escuela cuenta con el respaldo de UNICEF.

Todos los días debo caminar durante dos horas para llegar a la escuela. Recorro en total seis kilómetros. Resulta agotador pero sé que debo seguir estudiando. A veces siento la tentación de darme por vencida, pero escucho una vocecita que me dice que no me rinda, que siga adelante. Voy a la escuela por mi madre y por mi futuro. Estudio porque es una razón para vivir.

Amo la escuela, donde tengo muchos amigos y amigas. La escuela también es el lugar donde puedo realizar mis sueños de cantar, ya que estoy en el coro escolar y asisto todos los días a clases de música. Hace poco compusimos una canción sobre el terremoto.
 
Debemos ayudarnos los unos a los otros

Pese a que en la escuela soy feliz, he perdido muchos compañeros. En mi clase de séptimo grado éramos 74, pero ahora sólo quedamos 32. Muchos se han ido a vivir al campo, a los Estados Unidos y al Canadá. Ahora que ya no tengo a mi madre, la Sra. Lambert se ha convertido en mi consejera y guía, y hasta se preocupa cuando llego a la escuela en ayunas.

Los viernes, la Sra. Lambert organiza asambleas donde compartimos lo que hemos vivido y lo que sentimos con respecto al terremoto. En esas reuniones hablo de mi madre. Una de mis compañeras, que usa muletas, contó que su abuela murió a su lado, tomada de su mano.

Esas asambleas nos ayudan a superar juntos estos tiempos difíciles. Hemos aprendido que debemos ayudarnos los unos a los otros, y que esa es la única solución. Que debemos luchar para lograr lo que queremos en la vida.


 

 

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