Haití

La historia de Christine: Una niña haitiana que estudia para superar la pobreza

Por Jill Van den Brule

PUERTO PRÍNCIPE, Haití, 31 de agosto de 2010 – Christine, de 14 años de edad, vive en un campamento de desplazados localizado en las inmediaciones del aeropuerto internacional de esta capital. “Lo único que sé es que no sé nada”, dice la niña, apelando a una cita de Sócrates para explicar su decisión de continuar sus estudios.

VÍDEO (en inglés): El corresponsal de UNICEF, Thomas Nybo, narra la historia de Christine, de 14 años de edad, que continúa asistiendo a clase en Haití, pese a que su familia fue desplazada por el seísmo que ocurrió allí.

“Una persona sin educación vive una vida no examinada”, agrega Christine, parafraseando una cita del filósofo griego. “Para ser un gran filósofo o una gran intelectual es necesario estudiar y estudiar”.

Y eso es, precisamente, lo que ha estado haciendo Christine a pesar de que durante tres meses no pudo ir a la escuela debido al terremoto que destruyó su hogar y desplazó a su familia.

Los hermanos no van a la escuela

Los ajados cuadernos de Christine, cuyas páginas están cubiertas de dibujos y anotaciones sobre anatomía, son prueba de sus sueños de ser doctora.

Imagen del UNICEF
© UNICEF/2010/Haiti
Christine, de 14 años de edad, vive en un campamento para desplazados próximo al aeropuerto internacional de Puerto Príncipe. Estudia en una de las pocas escuelas públicas de Haití donde las tasas escolares son relativamente asequibles. De mayor quiere ser médico.

 “Quiero ver con mis propios ojos el interior del cuerpo humano y comprender cómo late mi corazón”, comenta. “Como dice (el cantante haitiano) Jean-Jean Roosevelt, si le entregáramos el mundo a las mujeres, el mundo sería maravilloso, porque las niñas tienen corazón”.

Y un lugar muy especial del corazón de Christine está reservado para sus hermanos.

Uno de ellos, Jean Renée, de 15 años, no ha vuelto a clases desde el terremoto, entonces debió interrumpir sus estudios. Su madre no tenía medios suficientes para costear la educación de sus tres hijos y tuvo que tomar la difícil decisión de escoger cuál de ellos continuaría estudiando. Desde entonces, Jean Renée se desempeña como aprendiz de mecánico en el taller de un amigo de la familia.

“Ya que no puedo enviarle a la escuela, quiero que por lo menos aprenda un oficio y no se meta en problemas”, señala la madre.
Afenyoose, la hermana menor de Christine, de nueve años, también quiere ir a la escuela, pero no puede porque a la familia le resultaría demasiado caro.

 “Mi madre es mi vida”

Christine estudia en una de las pocas escuelas públicas del país donde el costo de la matrícula es relativamente accesible. En su mayoría, las escuelas de Haití son privadas, lo que reduce notablemente las posibilidades de estudiar de gran parte de la población.

Imagen del UNICEF
© UNICEF/2010/Haiti
Un espacio temporal para el aprendizaje ofrecido por UNICEF. La organización tiene en curso un proceso de transformación de cientos de tiendas de campaña, usadas como escuelas, en estructuras semipermanentes para ayudar a la infancia de Haití a que haga realidad su derecho a la educación.

“Me da mucha pena poder ir a la escuela y que mi hermanita no pueda”, comenta Christine. “Todas las tardes trato de enseñarle lo que he aprendido ese día en la clase”.

Aunque Christine puede ir a la escuela, su educación no está exenta de complicaciones y obstáculos. Uno de ellos es la elevada tasa de ausentismo de los maestros de Haití, quienes en muchos casos ni siquiera cuentan con recursos suficientes para llegar a sus lugares de trabajo.

“A veces no tengo ganas de ir a la escuela, porque cuando llego no hay maestros”, explica Christine. “Pero mi madre me dice que vaya, que quizá cuando llegue descubra que los maestros están en las aulas. Ella siempre me apoya y me da fuerzas... Mi madre es mi vida”.

La madre de Christine vende calzado deportivo usado que recibe por lotes. Antes de poner esos productos en venta, los limpia meticulosamente con un cepillo de dientes. Con lo que gana, mantiene a su familia y paga los estudios de su hija. Lo que ambiciona esa madre es abandonar el campamento y darles una vida mejor a sus hijos.

“Mi madre no pudo estudiar, y por eso quiere que vayamos a la escuela. Para que no suframos lo que sufrió ella”, explica Christine.

La reconstrucción de las escuelas

El terremoto que devastó Haití destruyó o causó graves daños a unas 4.000 escuelas. En sus actividades en la esfera de la educación, UNICEF ha otorgado prioridad a la rehabilitación urgente de esas escuelas.

Imagen del UNICEF
© UNICEF/2010/Haiti
Una escuela del centro de Puerto Príncipe reducida a escombros por el seísmo de enero. Uno de los obstáculos principales para la construcción de nuevas escuelas en Haití es la eliminación de los cascotes de las antiguas escuelas destruidas.

Inmediatamente después del terremoto se establecieron espacios de aprendizaje provisionales en amplias tiendas de campaña equipadas con instalaciones de agua y saneamiento adecuadas a las necesidades de los niños y niñas. Esas instalaciones provisorias son reemplazadas gradualmente por estructuras semipermanentes.

“Después del terremoto, fui a ver mi escuela”, recuerda Christine. “La escuela primaria vecina se había desmoronado sobre la mía y había aplastado una parte de mi aula y la oficina del director. Ahora estudiamos en una tienda de campaña, pero allí hace mucho calor”.

Es evidente que la educación tiene, y continuará teniendo, una importancia fundamental para la vida de Christine, y que podría tenerla también para las vidas de todos los niños y niñas haitianos.

 “Quiero que el Gobierno reconstruya nuestras escuelas, porque después de nosotros vendrán otros niños”, dice la niña. “Sin educación no hay vida, porque la educación eleva a las personas a la dignidad de su bienestar”.


 

 

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