Primera infancia

Imagen del UNICEF
© UNICEF/ HQ01-0180/ Pirozzi
Un aula de una escuela de párvulos en el centro de acogida de huérfanos “Shining Star”, en Botswana.
Los primeros años de la vida de un niño –desde su nacimiento hasta los ocho años, y en particular los tres primeros– tienen una importancia fundamental para su desarrollo. Los estudios muestran que la salud, la nutrición y el entorno emocional del niño en esos años tienen un efecto decisivo en el desarrollo cerebral y en el comportamiento, las competencias, las capacidades y la salud de su vida posterior.

El desarrollo del cerebro infantil depende de los estímulos que le aporta su entorno, y particularmente del cuidado y la interacción que recibe el niño. Durante algunos periodos clave del desarrollo, la cantidad de materia gris en determinadas zonas del cerebro infantil casi se duplica. A los tres años, el cerebro infantil es 2,5 veces más activo que el del adulto.

Cuando los niños tienen una buena alimentación y un buen cuidado, tienen mayores posibilidades de crecer saludables, tener menos enfermedades y dolencias, y desarrollar plenamente capacidades como el razonamiento, el lenguaje y las capacidades emocionales y sociales. Cuando llegan a la escuela, estos niños probablemente tendrán un aprendizaje exitoso y desarrollarán una autoestima mayor.

Por otra parte, los niños cuyos progenitores proporcionan niveles inadecuados de estímulos y apoyo emocional pueden experimentar retrasos de desarrollo y sufrir las consecuencias a largo plazo. El trato desigual a las niñas puede privarlas de cuidados y atenciones importantes no solo para su salud física, sino también para su bienestar cognitivo, social y emocional. Además, también puede privarlas de la confianza y autoestima que precisan para conseguir el máximo aprovechamiento escolar.

La lucha contra la discriminación de género y los estereotipos en las funciones asignadas en razón del género debe comenzar en el hogar, a partir del momento mismo del nacimiento, a fin de que las niñas puedan comenzar su escolarización en un plano de igualdad con los niños. En la mayor parte de las culturas, cuando los niños llegan a la edad preescolar tienen ya incorporados papeles asignados de género socialmente aceptados.

El estímulo temprano y los programas de aprendizaje pueden permitir a las niñas iniciar sus vidas con ventaja. Pueden también contribuir a elevar las expectativas de los progenitores en relación con las niñas –aspecto fundamental, ya que las expectativas están vinculadas a los logros– y ayudarles a reconocer las capacidades únicas e irrepetibles de sus hijas. Estos programas pueden también potenciar la motivación de las niñas, aumentando con ello sus posibilidades de alcanzar una escolarización estable.

Los programas alternativos preescolares de cuidado de niños pueden liberar a las niñas de la responsabilidad de cuidar de sus hermanos menores. Entre los niños de menor edad, los programas preescolares pueden crear un espacio y un ritmo en sus actividades cotidianas que luego ocupará la escuela.

Especialmente en aquellas sociedades en que la discriminación está firmemente asentada, las niñas se benefician sobremanera de las intervenciones que potencian su desarrollo físico, cognitivo y emocional. En Nepal, por ejemplo, los niños pertenecientes a familias desfavorecidas que han tenido la oportunidad de recibir formación preescolar informal tienen un 20% más de posibilidades de asistir a la escuela que los que no la recibieron. En cambio, entre las niñas el efecto se multiplicó: el porcentaje de posibles escolarizaciones es de un 36%.


 

 

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