Datos sobre la infancia

La primera infancia

Pocas cosas en la vida suscitan tanta admiración y esperanza como la visión de un recién nacido. La posibilidad que ese bebé llegue a desarrollar su enorme potencial vendrá determinada en gran medida por la familia, la comunidad y el país donde haya nacido.

Los primeros años de vida son cruciales. Los niños y niñas que reciben protección y cariño durante su primera infancia tienen más probabilidades de sobrevivir y crecer saludablemente, de padecer menos enfermedades y trastornos y de desarrollar al completo sus aptitudes cognitivas, lingüísticas, emocionales y sociales. Es también más probable que sean buenos estudiantes cuando comiencen la escuela, y como adolescentes tendrán una mayor autoestima. Y más adelante en la vida, tendrán más posibilidades de convertirse en miembros creativos y productivos de la sociedad.

Estos logros humanos pueden, en una sola generación, contribuir a romper los círculos de pobreza, enfermedad y violencia que afectan a tantos países.

Todos los niños y niñas tienen el derecho a sobrevivir y desarrollarse. Y lo que es más, garantizar que la infancia goce de unas condiciones óptimas durante sus primeros años de vida es una de las mejores inversiones que un país puede realizar si desea competir en una economía mundial que se basa en el capital humano.

Sin embargo, lamentablemente, la primera infancia es la que menos atención e inversiones recibe por parte de los gobiernos. Todos los años, aproximadamente 132 millones de niños y niñas emprenden una vertiginosa carrera que comienza en la indefensión del recién nacido hasta alcanzar el dinamismo de los tres años de edad. Pero todos los años, el curso de muchos de ellos se ve truncado al verse privados, de un modo u otro, del amor, la atención, el cariño, la protección, la salud y la nutrición que necesitan para sobrevivir, crecer, desarrollarse y aprender.

Se estima que de cada 100 bebés nacidos en 2000, 30 padecerán malnutrición durante sus primeros cinco años de vida, 26 no serán inmunizados contra las enfermedades infantiles más corrientes, 19 no tendrán acceso a fuentes agua potable limpia, 40 no dispondrán de sistemas de saneamiento adecuados y 17 no asistirán nunca a la escuela. En los países en desarrollo, 1 de cada 4 niños vive en la pobreza absoluta, en familias cuyos ingresos no llegan a un dólar por día.

La consecuencia más atroz es que cada año mueren casi 11 millones de niños y niñas
–aproximadamente unos 30.000 por día– antes de su quinto cumpleaños, la mayoría por causas evitables. De estos niños y niñas, cuatro millones mueren durante su primer mes de vida. En muchos de los países más pobres del mundo, los índices de mortalidad infantil no han variado o incluso han empeorado. En África subsahariana, la media de mortalidad infantil es de 173 muertes por cada 1.000 nacimientos, y de 98 por cada 1.000 en el sudeste asiático, cifra muy superior a la media de los países industrializados, de 7 muertes por cada 1.000 nacimientos.

Pero incluso cuando logran sobrevivir, muchos no tienen la oportunidad de desarrollarse. Al menos un 10% de todos los niños y niñas –más de 200 millones en total– padecen algún tipo de discapacidad física o psíquica o retraso en el desarrollo (aptitudes cognitivas por debajo de la media). Y aun mayor es el número de aquellos que padecen problemas de aprendizaje y otras limitaciones que restringen sus posibilidades de alcanzar un desarrollo pleno.

Aunque nunca es tarde para mejorar la calidad de vida de niños y niñas, los tres primeros años de vida son los más cruciales para su supervivencia y desarrollo. Enfermedades frecuentes, entornos insalubres y una alimentación deficiente minan el potencial de la niñez. Las familias que viven abrumadas por el peso de una existencia difícil suelen carecer de la información adecuada o del tiempo necesario para jugar con sus hijos y estimularles. Si el cerebro infantil, extraordinariamente receptivo durante los tres primeros años, no recibe los estímulos que precisa, la capacidad del niño o niña para diversos tipos de aprendizaje puede verse reducida de forma importante (en periodos clave del desarrollo, el tamaño de determinadas partes del cerebro infantil puede casi duplicarse en un año).

El propósito de ofrecer a la infancia un buen comienzo en la vida ha de iniciarse ya antes del alumbramiento. Una alimentación deficiente y una salud precaria de la madre pueden ser causa de que el bebé nazca con un peso inferior al normal, incrementando enormemente su riesgo de padecer retraso, malnutrición y muerte. A esto cabe añadir que una salud y una alimentación deficientes multiplican el riesgo para la mujer de morir por causa de complicaciones durante el embarazo o el parto, con lo que las consecuencias son doblemente trágicas, dado que las posibilidades de supervivencia y bienestar del bebé se reducen drásticamente al ser privado del cuidado materno. Cada año mueren más de 500.000 mujeres debido a complicaciones durante el embarazo o en el parto, casi todas ellas en países en desarrollo. En África subsahariana, 1 de cada 13 mujeres mueren durante el embarazo o en el alumbramiento, y en el sudeste asiático, la proporción es de 1 por cada 55, mientras que la media en los países industrializados es de 1 por cada 4.100 mujeres. Y por cada mujer que muere, treinta desarrollarán discapacidades graves que pueden afectar a su capacidad para atender a su progenie.

Las causas que subyacen a la morbilidad y mortalidad derivada de la maternidad son diversas, y abarcan desde la pobreza y el analfabetismo hasta la discriminación ejercida contra mujeres y niñas. Para romper este círculo, hemos de empezar por garantizar que las niñas reciben durante su primera infancia la misma atención y cuidados que los niños, que se consideran a sí mismas tan capaces como ellos, y que los derechos de mujeres y niñas sean respetados en todos los ámbitos de la sociedad. De manera especial en las sociedades en las que la discriminación sexual está muy arraigada, las niñas aprovechan mejor que los niños las oportunidades dirigidas a promover su desarrollo físico, cognitivo y emocional. Por ejemplo, en el Nepal, los niños de familias con escasos recursos que tuvieron oportunidad de recibir una educación preescolar no formal mostraron un 20% más de probabilidades de asistir a la escuela. Entre las niñas, el resultado fue aun más notable: mostraron un 36% más de probabilidades de matricularse en la escuela.


 

 

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