Zimbabwe

Esperanzas para los niños huérfanos del SIDA

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© UNICEF/HQ02-0362/Pirozzi
Eustice, 19 años, junto a su sobrina Petronella, 8 años, en Harare, Zimbabwe. Eustice quedó al frente de su familia tras la muerte de sus padres y su hermana mayor como consecuencia del VIH/SIDA.

HARARE, Zimbabwe, 16 de febrero de 2005 – Para Kristen, de 16 años, todos los días se hacen largos.

Kristen madruga y va a buscar agua, luego despierta a sus dos hermanos menores, y los ayuda a prepararse para ir a la escuela. Ella les hace el desayuno y los acompaña después hasta la escuela. A pesar de que su madre y su padre murieron hace tres años, Kristen se las arregla para seguir estudiando, y después de clase regresa a su hogar para cultivar el pequeño huerto con que complementa la alimentación de la familia. Luego recoge leña, prepara la cena y ayuda a sus hermanos con las tareas escolares. Alrededor de las 11 de la noche, Kristen comienza a hacer sus deberes escolares. Y seis horas más tarde, comienza una nueva jornada.

Se trata de una carga demasiado pesada para sus pequeños hombros, pero se trata también de una situación que se repite con regularidad aterradora a lo largo y a lo ancho de este país castigado por el VIH/SIDA. En Zimbabwe, casi un millón de niños han perdido a uno o ambos progenitores debido al VIH/SIDA. El Gobierno de Japón, en colaboración con el UNICEF y el Fondo Fiduciario de las Naciones Unidas para la Seguridad de los Seres Humanos, se propone aliviar esa carga.

Para ello han establecido en la región meridional de Zimbabwe el campamento Masiye, donde se brinda orientación psicológica a huérfanos provenientes de todo el país. Mediante juegos, canciones, bailes y representaciones teatrales, en el campamento se ayuda a los niños a dominar su pena y se fomenta el crecimiento personal y la prevención del VIH/SIDA. El campamento cuenta también con facilitadores capacitados que han difundido a todo el país la metodología que se emplea en Masiye, lo que permite que los niños y niñas como la propia Kristen asistan a establecimientos similares en los distritos donde viven.

Imagen del UNICEF
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Febbie Yaso, de 15 años, hace las tareas escolares en la casa de un vecino, a 20 kilómetros de Harare. Febbie vive sola desde que su hermano desapareció inmediatamente después que los progenitores de ambos murieran de VIH/SIDA.

El UNICEF y el Gobierno de Zimbabwe han puesto en marcha un nuevo programa bienal. A pesar de que hay esperanzas de que los campamentos continúen creciendo y prosperando, se están unificando las actividades referidas a la protección y educación de la niñez, así como a los servicios de salud, la nutrición y el abastecimiento de agua y saneamiento, a fin de prevenir un gran aumento en el número de huérfanos.

 “No sólo Zimbabwe sino toda la región tiene frente a sí una lucha monumental para satisfacer las necesidades del creciente número de huérfanos del VIH/SIDA”, afirma el Representante del UNICEF en Zimbabwe, Dr. Festo Kavishe. “De allí la importancia de los proyectos como el campamento de Masiye. Porque en una época en que no se dispone de más apoyo internacional, esos proyectos ayudan a la niñez de Zimbabwe no sólo a confrontar su situación sino también a progresar a pesar de las circunstancias inmensamente difíciles”.

La semana pasada, Kristen y otros 125 niños pasaron cinco días en el campamento. Jugaron y realizaron actividades en las que recibieron conocimientos para la vida activa, aumentaron su grado de autoestima y adquirieron aptitudes para la resolución de problemas.

 “Nuestro objetivo es que estos niños vuelvan a ser fuertes”, afirma el jefe de capacitación de Masiye, Frederick Mabikwa. “Estos niños no tienen con quien hablar acerca de su sexualidad; nadie que les ayude a adquirir conocimientos para la vida activa, ni que les expliqué cuál es la manera de atender el hogar, ni que les ayude con su dolor”.

Kristen no es ajena a ese dolor. Su madre murió dándole a luz, y su padre falleció, probablemente debido al VIH/SIDA, cuando ella tenía 13 años. Su padre había vuelto a casarse y tenía dos hijos más, pero la madrastra de Kristen se suicidó dos días después de la muerte de su marido, lo que dejó a la niña a cargo de sus dos hermanastros. Cuando cuenta su historia, los ojos de Kristen se llenan de lágrimas.

Pero cuando se le pregunta si sus hermanitos son buenos, su rostro se ilumina con una sonrisa. “Ambos son muy estudiosos”, explica, “pero todavía son niños”.

Tras muchos años de sufrimiento silencioso, el campamento de Masiye ofreció a Kristen la primera oportunidad de recibir apoyo psicosocial. “Quiero ser la mejor persona posible”, dice la niña. “Quiero seguir yendo a la escuela. Quiero que mis hermanos sean buenos estudiantes, y quiero ayudar a que los tres superemos con éxito nuestra situación. Esta semana ha sido el inicio del todo eso”.


 

 

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