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Los niños de Pisco

UNICEF/L.Bonacini
© UNICEF Perú / L.Bonacini

La organización del pueblo de Pisco ante el terremoto

“MI MADRE Y MIS VECINOS HACEN OLLAS COMUNES PARA QUE NOS PODAMOS ALIMENTAR”


Pisco, 24 de agosto de 2007.- A una cuadra de la plaza de armas de Pisco una inmensa polvareda nos impide ver el centro de la ciudad. El polvo lo envuelve todo en Pisco. Las excavadoras remueven los escombros y con ello el dolor de toda la población, que se detiene a ver cómo toda su historia ha quedado convertida en ruinas. De pronto, en medio de aquellas imágenes borrosas aparecen cuatro mujeres con sus escobas. Tienen los ojos cerrados y de pronto los abren y comienzan a barrer secándose las lágrimas. “Hemos tenido que dejar a nuestros hijos con nuestros vecinos para poder venir a trabajar. Ganamos 14 soles al día barriendo las calles pero no tenemos dónde vivir y la ayuda no nos llega. Sólo las familias que viven en los albergues tienen ese beneficio”.

En Pisco se han establecido 13 albergues. De ellos, tres son los más organizados. Dos están ubicados en estadios. El de San Andrés y el del Estadio Municipal. Otro en la Alameda, una especie de parque zonal donde se han apostado cientos de familias. El más organizado de estos tres es el de San Andrés. Allí las familias, padres, madres y sus hijos tienen una carpa donde dormir, colchones, frazadas y alimentos. Pero esta realidad que beneficia a un gran porcentaje de la población de Pisco no es lo que ocurre con miles de otras familias que se han organizado por ellos mismos y tratan de sobrevivir al terremoto.

Maribel Gavilán, es una de las señoras que encontramos barriendo cerca de la plaza principal. Ella nos dijo que el refugio que había organizado con sus vecinos estaba a tres cuadras de la plaza y que desde el día del sismo no habían recibido ningún tipo de ayuda. Las tres cuadras que nos separaban de la Plaza hasta llegar al refugio de Maribel parecían las calles de un territorio bombardeado. Las personas que se nos cruzaban utilizaban unas mascarillas para evitar que el polvo se les meta a las narices y eran detenidas por los militares que les impedían el paso para ingresar a la Plaza de Armas. “No encuentro a mi hermano desde el terremoto –le increpó una señora- quiero saber si está en el frigorífico junto a los otros muertos, déjeme pasar por favor, le dijo llorando. El militar la miró y le respondió que sólo ella podía pasar. Sus demás familiares tuvieron que quedarse esperando en la esquina con la esperanza de poder hallar a su ser querido de una vez. “Lloramos todas las noches sentados en la puerta de nuestra casa que ya no existe. Quiero encontrar a mi hijo para enterrarlo. Sólo eso quiero”, dijo el padre

A tres cuadras de la Plaza de Armas, frente al colegio Ricardo Palma, está el barrio de Los Rosales. Allí en medio de una loza deportiva se encuentran acampando desde el día del terremoto 60 familias. El panorama es desolador. Han hecho sus carpas con las sábanas que han logrado rescatar de sus casas destruidas, con los plásticos de las bolsas de basura y con alguna madera de los muebles que se destrozaron cuando las paredes les cayeron encima. Son carpitas de un metro de alto donde los vecinos han juntado entre varias familias lo que han podido conseguir para armarlas. Allí dentro duermen los niños. “Cuando mi casa se cayó, una pared se me vino encima. Con mi cuerpo tapé a mi bebita y la tierra de los abobes se nos metía por la boca, por la nariz. Mi bebe tiene ocho meses y en un momento dejó de llorar. Pensé que se moría y no sé cómo sentí que alguien me jaló.

Era mi vecina que me vio tirada y me salvó. Pero mire como está mi bebe. Sus ojitos  están llenos de legañas y sus bronquios no la dejan respirar en las noches. Porque en las noches llueve y nos gotea el agua.. Hace tres noches que viene un viento fuerte y parece que nos va a levantar. No tenemos frazadas. Yo sólo la cubro con mi cuerpo”.

De pronto se acerca un grupo de niños. Muchos están descalzos. “Es que salí sin zapatos porque mi mami me jaló antes que se caiga mi casa. La pared de mi cuarto se cayó sobre mi cama”  Otros, tienen granitos en la piel. “Como no tenemos baño, tenemos que hacer nuestras necesidades acá al costadito en el derrumbe y por eso vienen los mosquitos”, nos dice Jackenzi, una niña de 11 años que tiene todos los brazos llenos de granos. También los tiene en la cara pero ella dice que son pecas y se ríe. ¿Y tu mama? –le preguntamos- “Ella se ha ido a conseguir comida para mi y para mis ocho hermanos. Mi madre y los vecinos hacen ollas comunes para que nos
podamos alimentar. También les damos a los abuelitos que se han quedado solos porque sus hijos, esa noche del terremoto se habían ido a la misa y ya no regresaron más. Seguro están muertos. Pero los  abuelitos dicen que de repente se han ido a Lima para salvarse”.

Virginia Chacaliaza, dice que han llevado a los niños enfermos para que los atiendan, pero los doctores están en los albergues formales y en la plaza ella ha hecho horas interminables de cola para que algún médico instalado allí los pueda ver, pero nada. “Tampoco pasa la ayuda por acá. Nos pidieron que nos empadronemos y ya lo hicimos. Hemos entregado nuestras listas diciendo cuántos adultos y cuántos niños hay en esta zona pero nada. No sé cuánto tiempo más resistiremos así”.

Todas estas familias no tienen carpas, no tienen frazadas, tampoco alimentos. Los niños se enferman cada día más. De gripe, bronquios, enfermedades a la piel. Y no hay ayuda que llegue a ellos a pesar que sólo están a tres cuadras de la plaza principal donde se concentra gran parte del centro de operaciones del rescate. Sólo el esfuerzo de sus familias, por organizarse en comunidad  es lo que los viene salvando de un abandono total.

 

 
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