Historias de vida

Vidas reales

 

Luzmila - una luz para su comunidad

© UNICEF Peru

Luzmila no puede terminar su sonrisa porque una lágrima brota de inmediato de sus ojos. Ella no quiere llorar pero el peso de su vida le gana. Está sentada en su oficina del distrito de Jesús Nazareno en Ayacucho, una provincia andina del Perú, y de pronto su mente se traslada sin freno a cuando apenas era una niña y veía a su madre escondida debajo de la mesa de su casa escapando de las manos de su padre. La recuerda triste diciéndole cada vez que la peinaba, que nunca dejara que nadie la pisoteara como a ella. Por eso, dice Luzmila “crecí rebelde, queriendo irme de mi casa para no ver más a mi padre golpear a mi madre. Pero me equivoqué de camino. Cuando tuve 15 años salí embarazada y el padre de mi hijo desapareció” Luego la vida se echó a andar y ella decidió hacerle frente a todos los obstáculos. Se fajó la barriga y siguió asistiendo a la escuela donde fue una destacada y reconocida alumna hasta que en una clase de tejido, cuando todas las niñas estaban sentadas en el campo, a ella se le desamarró la faja y su vientre quedó al descubierto.

No la dejaron terminar el colegio. Y desde entonces fue condenada a vivir con una cruz en la frente. “Fue muy duro para mi. Las humillaciones de mi padre, la de mis hermanos. Todo el mundo me dio la espalda pero yo siempre recordaba a mi madre que me decía que nunca debía agachar la cabeza y eso fue lo que hice. Ayudaba a mi madre en el mercado a vender comida y poco a poco fui conociendo el drama de otras mujeres como yo. Su falta de oportunidades, los golpes que recibían de sus esposos. Muchas querían estudiar pero sus maridos no las dejaban. Otras que trabajaban todo el día porque debían mantener a sus hijos, darles de comer, matricularlos en el colegio. Allí me di cuenta que no era la única. Habían muchas como yo”.

Por entonces, Luzmila decidió comprometerse con otra persona. Tuvieron un hijo y un buen día le pasaron la voz para que asista junto a otras madres al programa del Vaso de Leche de su localidad. “Como era para que me den leche, mi marido aceptó. Pero ese fue sólo el inicio. Yo siempre quise superarme y organizar a las mujeres. Será por eso que al poco tiempo me nombraron dirigente de mi zona, pero como todo el día andaba pensando de qué manera podíamos salir adelante me escogieron para que represente a todo el distrito. Estaba muy feliz y orgullosa de las cositas que iba logrando. Pero a mi marido ya no le gustaba mucho eso. A pesar que yo me daba tiempo para todo. Cargaba con mi hijito para todos lados, regresaba a mi casa para cocinar y llevarle el almuerzo a mi esposo a su trabajo y tenía la casa bien limpia. Pero él empezó a ver errores por todos lados. Primero le hizo la vida imposible a mi primer hijo. Lo insultaba, lo menospreciaba, le decía cosas horribles. Y si yo intervenía era peor porque golpeaba a mi otro hijo que era suyo también. Hasta que un día cuando llegué, él me esperó bien preparado. Ni bien dejé a mi hijito en su cama me agarró del pelo y me dio de golpes. Me pateó mi cara, mi espalda. Con su correa me dio por todo mi cuerpo. Recuerdo que terminé debajo de la mesa. Entonces me acordé de mi madre. Igual que ella, escapando de los golpes de mi padre. Fue entonces que me di cuenta que eso debía terminar”.

Luzmila regresó a su casita del poblado de Acuchimay. “Estaba totalmente abandonada desde la muerte de mis padres. Pero la limpié y tomé la decisión de abandonar a mi esposo. Y eso hice. Recogí a mis hijos y nos mudamos a esa casita pobre pero en la que seríamos felices. Sin violencia, sin gritos. Yo empecé a trabajar más en la organización de madres. Ellas me apoyaron mucho. Fue gracias a ellas que tomé el valor de denunciar y dejar a mi marido y dedicarme a fortalecer el trabajo con las mujeres. Junto a ellas hemos hecho muchas cosas en bien de nuestros niños; hemos impulsado programas de capacitación y hasta hemos denunciado cuando nos dieron malos insumos para nuestro programa del vaso de Leche”.

Luzmila logró además de su participación en las actividades de su comunidad, estudiar secretariado y luego su ahínco la hizo merecedora a un curso de proyección social que auspiciaba la Municipalidad de Jesús Nazareno. Tan bien se desempeñó en ese curso que planteó varios proyectos para mujeres y logró que ellos se apliquen en bien de aquellas que más lo necesitaban. Ahora, Luzmila trabaja en la Dirección de Promoción Social de ésta Municipalidad y su trabajo en favor de las madres y los niños es permanente.

“Estar donde estoy ahora me ha costado mucho. He sufrido discriminación durante muchos años por el hecho de ser madre soltera, he padecido de violencia en mi hogar. Pero el saber que valgo mucho me sirvió para salir adelante. De lo único que me avergüenzo es haber soportado los maltratos de mi pareja”.

Luzmila ha sido una de las organizadoras de la presentación del Estado Mundial de la Infancia que UNICEF dio a conocer este 8  de febrero en Ayacucho. Junto a 100 mujeres de su distrito formó parte del gran grupo de madres que participó en la ceremonia, que  cantó y danzó al entrar a la Plaza donde se desarrolló el evento. Al final de la ceremonia Luzmila sonriente y feliz nos dijo: “qué bueno que una publicación hable del problema de las mujeres. Yo estoy de acuerdo con lo que se ha dicho acá. Cuando a la mujer se le da educación, cuando la mujer está sana, cuando la mujer se valora a si misma, quienes salen ganando son sus hijos, son nuestros hijos, es nuestra comunidad, es nuestro país”.

 

 
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