Historias de vida

Vidas reales

 

Jorge Luis

Jorge Luis Velásquez vive en Chachapoyas, capital del departamento de Amazonas en la selva del Perú. Tiene 16 años, 4 hermanos y cuando le dijeron que tenía que alistarse para ir al Primer Encuentro Regional de la Niñez y Adolescencia a realizarse entre el 8 y 9 de junio, la idea le pareció magnífica. Esta vez, no estaría junto a otros chicos como él, que tienen ideas parecidas a las suyas que se educan en escuelas como las que él frecuenta, que se visten como él y que tienen problemas similares a los que siempre padece. Esta vez, la realidad lo ponía frente a otro grupo de chicos y chicas que siendo tan peruanos como él, vivían de una manera completamente diferente.

Para empezar aquella travesía, Jorge tuvo que abandonar Chachapoyas y embarcarse en una camioneta bajo una carretera sin asfalto durante cuatro horas y media hasta llegar a la zona de Bagua. Un pueblo aplastado por un calor sofocante en donde el aire parece haber perdido el rumbo y las personas parecen dominadas por una desidia infinita. Una vez allí, Jorge, junto a dos chicas más, Creysi y Keyla, que también asistían al encuentro partieron en una camioneta  durante quince horas más hasta llegar a la localidad de Santa María de Nieva en la provincia de Condorcanqui. Ese fue el fin del camino y el comienzo de la más aleccionadora de las experiencias que ellos, junto a otros 100 chicos más estaban por vivir.

Nada desde entonces fue igual. Los niños y niñas que los recibieron pertenecían a los pueblos Awajum y Wampis de la provincia de Condorcanqui. Muchos de ellos, al igual que Jorge, Creysy y Keyla salían por primera vez de sus lugares de origen y la sorpresa era mutua. Por un lado, para Jorge y sus amigas ver a los chicos y chicas con las caras pintadas, las coronas de plumas en la cabeza, los pies descalzos adornados por semillas en los tobillos. Y por otro lado, para una niña awajum como Bertalina era sorprendente ver a las chicas vestidas con telas cubriendo sus piernas, es decir con pantalones, con zapatos, con gorras, con blusas y con aretes finitos en las orejas. Ya hacía algunos meses, Bertalina junto a otros de sus compañeros de la comunidad awajum y otros de los wampis habían escuchado hablar de lo diferente que podían ser los jóvenes de otras zonas pero nunca imaginaron que la sorpresa fuera tal.

Lo primero de lo que conversaron fue de la escuela. Bertalina les comentó que en la suya habían 62 alumnos que bajaban de las distintas comunidades que habitaban por su zona y que para todos ellos apenas habían dos profesores. Ambos eran awajun y hablaban más o menos el castellano. Pero que gracias a la sabiduría de los Apus ellos lograban aprender los secretos de la naturaleza. Los Apus eran los maestros del pueblo, hombres ancianos que a lo largo de toda su vida habían acumulado toda la sabiduría que la tierra, los espíritus, y la vida misma les supo enseñar.  Jorge se quedó sorprendido. Siguiendo a Bertalina por el campo descubrió junto a ella todos los conocimientos que aquella pequeña niña sabía de cada una de las plantas que la rodeaban. Sus poderes curativos, de sanación, para combatir el susto, para cicatrizar heridas, para aliviar males profundos, para liberar los espíritus de las tristezas, para apaciguar el alma. Para todo.

“Todos ellos tienen un gran talento”, explica Jorge. “Conocen profundamente la riqueza de sus tierras, de su comunidad, de sus plantas y lo más interesante es que tienen ideas de cómo hacer que todo eso sea productivo para ellos y para sus familias”.

“Nosotros –dice Bertalina- sabemos que uno de nuestros principales problemas para salir de la vida que llevamos, de la pobreza, de la mala alimentación, de las enfermedades que se llevan a nuestros padres y a nuestros hermanos, es además del olvido, la educación. No tenemos profesores bilingües que sepan bien el castellano, ni tenemos carreteras para que los maestros lleguen a tiempo a dar sus clases, ni para que nuestros padres saquen sus productos hacia afuera. Nosotros nos sentimos como encerrados. Encerrados para recibir todo lo que puede venir de afuera y encerrados para mostrar toda la riqueza que nosotros tenemos aquí adentro. Es por eso que agradecemos este encuentro con otros jóvenes de nuestra misma edad pero que tienen costumbres diferentes y a quienes nosotros les podemos preguntar cómo viven allá afuera y también les podemos contar cómo la pasamos aquí en nuestras tierras.

Creo que Bertalina tiene razón –agrega Jorge-. Yo, por ejemplo, nunca me hubiera imaginado que chicos y chicas como ella supieran tanto de la naturaleza y nos den clases de biología y de ciencias de una manera tan natural. Y para ellos que nuestra forma de expresarnos sea tan sorprendente. Creo que este primer acercamiento que hemos tenido nos ha dado una idea de todo lo que se puede hacer en el futuro. Estamos empezando a conocernos, a valorarnos y eso es lo que yo saco de importante de esta primera reunión regional. Ojalá tengamos la oportunidad de continuar viéndonos. De que así como nosotros hemos venido, ellos también nos visiten. Que estos encuentros no se den sólo una vez sino que se conviertan en una costumbre. En reuniones donde se mezclen nuestras culturas, donde todos aprendamos de todos, donde todos, finalmente valoremos lo que cada uno trae tras de sí.

 

 
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