Historias de vida

Vidas reales

 

Victoria

Victoria tenía 9 años cuando vio a su madre por primera vez. Cuando nació fue entregada a unos tíos que la criaron en Lima, quienes rápidamente la convirtieron en su ”ayudante”. Les lavaba la ropa, cocinaba, limpiaba, planchaba y atendía a la familia, y como único pago recibía un cuarto al fondo de la casa para dormir. Todo transcurría de esa manera hasta que una mañana apareció su madre y se la llevó. Pero aquella mujer que la trajo a la vida tampoco contaba con el amor, el tiempo ni el dinero suficientes para mantenerla y la entregó nuevamente, esta vez a la casa de una tía lejana. Allí Victoria volvió a encargarse de las duras labores del hogar, con la solemne promesa que su pago sería, por fin, tener la posibilidad de ir a una escuela.

Numerosos conflictos con aquella familia hicieron que Victoria apenas pudiera terminar la primaria. Ya adolescente, decidió cambiar de trabajo y se empleó en otras casas. No tenía documentos y eso complicaba aún más su situación cuando trataba de encontrar algo mejor. La poca plata que ganaba la invertía en ayudar a su hermano, que al igual que ella padeció los rigores del abandono y la explotación con otras familias. Hizo que concluya la primaria, y el dinero le alcanzó para pagarle, con mucho sacrificio, una educación secundaria.

La vida de esta niña, luego adolescente y con el tiempo mujer, fue siempre muy dura. Se casó siendo muy joven, y junto a su esposo decidió que era el momento de partir. Se fueron a una nueva comunidad, Soraya, y allí empezaron una nueva vida. A pesar de que Victoria era muy reservada y estaba dedicada a la crianza de sus animales y al cuidado de sus hijos, un buen día la eligieron para que sea una de las representantes del pueblo en un asunto nuevo que iba a llegar. Se llamaba “Defensorías”, y aunque nadie sabía exactamente de lo que se trataba ni para qué serviría, el pueblo entero, sobre todo las mujeres, esperaban con ansias a los capacitadores de esta nueva organización.

“Nos llamaron para tres días de capacitación, pero apenas si entendí realmente lo que era pertenecer a las Defensorías”, cuenta Victoria. Sin embargo, rápidamente comprendería su importancia: “Un día se me acerca una vecina y me dice, señora, usted es la defensora, quisiera conversar un ratito con usted. Sabe que mi problema es que mi esposo me ha botado de la casa, a mí y a mis niñitos, y no sé qué hacer. Entonces, la verdad, es que entendí lo importante que era mi función. Escuché a la señora y llamé a los demás miembros, y entre todos buscamos al esposo para que recapacite, y logramos que la vecina vuelva a su casa con sus hijos. Además, le dijimos al marido que estaríamos vigilantes para que no vaya a haber golpes ni otro problema”.

Esa fue su primera experiencia, pero no la única: “Yo me acordaba de todo lo que pasé de niña, de los abusos y la explotación, y a través de mi trabajo he tratado siempre  que a todos los niños de mi comunidad no les falte por lo menos lo básico: armonía en su hogar, salud y educación. Al principio luchar por esto era mal visto, sobre todo por los hombres que nos decían “esas viejas no tienen que hacer en sus casas”. Hasta nos negaban el saludo. Pero poco a poco, al ver nuestro esfuerzo y nuestro trabajo, muchos han comprendido y nos respetan. Eso es bien bonito”.

 

 
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