Historias de vida

Vidas reales

 

María Inés

A los 14 años María Inés cerró la puerta de su casa y decidió que no regresaría a ella nunca más. Detrás de esas cuatro paredes existía un mundo que parecía un mal sueño: sus padres golpeándose todos los días, gritando y ofendiéndose. El completo infierno metido en su casa de San Martín de Porres.

Hacía algún tiempo una “amiga” suya le dio la idea de abandonar ese mundo y vivir por su cuenta. “Trabajar” con clientes, prostituirse. “Salí a hacer cosas que no quería hacer”, recuerda hoy María Inés. Por entonces la llevaron donde un hombre que se convirtió en su “cuidador”. Él la ofrecía como si fuera una mercadería y luego se quedaba con la mayor parte del dinero. Pero no era la única. Otras jóvenes como ella también vivían en ese mundo y de ellas recibía consejos sobre cómo dopar a ciertos clientes en caso de que fueran demasiado violentos, como forma de “seguridad”.

A Maria Inés nadie la buscó. Nadie se sorprendió cuando sus notas en el colegio bajaron a niveles insospechados. No tenía familia, su maestra era indiferente y la psicóloga del colegio jamás se dio por enterada. “Si hubiera tenido algún tipo de apoyo esto no me habría ocurrido”, afirma con tristeza.

“La policía siempre hacía batidas”, recuerda. Pero ella nunca fue detenida. Sus amigas le contaban cómo eran golpeadas y hasta violadas por la policía cuando no tenían dinero para pagar su salida. A los 17 años, tres años después que este nuevo infierno empezara para ella, decidió abandonar esa vida.

Conoció a las madres de un lugar llamado “Casa de la Mujer del Callao”, una institución que se dedica a ayudar a niñas, niños y adolescentes que han sufrido o sufren de explotación sexual comercial. Con ellas, María Inés descargó todos sus miedos, sus frustraciones y su dolor. Fueron ellas quienes la ayudaron a recuperar la confianza en sí misma y a tener la seguridad que necesitaba para emprender una nueva vida.

Aprendió el oficio de corte y confección y recibió además terapia psicológica para superar todo lo vivido. “Ahora me siento tranquila porque estoy haciendo las cosas por mis propios méritos. Siento que puedo seguir adelante. Es como si me hubieran abierto las puertas hacia un mundo nuevo y mejor”, dice hoy Maria Inés que ya tiene 19 años.

Después de 5 meses de ayuda empezó a trabajar en varios oficios, en una florería y en una librería, pero el trabajo que sin duda alguna le significó un aliento especial fue cuando una de las psicólogas de la Casa de la Mujer la contrató para que cuidara a su hija de cinco años. “Me sentí muy orgullosa porque me había confiado el cuidado de alguien tan valioso como su propio hijo”.

Ahora María Inés trabaja como ayudante de limpieza en una oficina. Está feliz y tiene muchos sueños. Quiere ingresar a la universidad y estudiar para ser asistenta social y psicóloga. “Quiero orientar a otras chicas que como yo atraviesan situaciones tan delicadas. Quiero mostrarles que ellas también  pueden salir adelante”.

 

 
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