Historias de vida

Vidas reales

 

Flor de María

© UNICEF Peru/2005

La comunidad de Puerto Angara esta poblada casi en su totalidad por la familia candoshi de la señora Flor de Maria Díaz. Allí viven sus 10 hijos y 29 nietos sobrevivientes de una enfermedad que los ha perseguido desde siempre: la hepatitis B. Todos los adultos de esta localidad, los hijos y familiares cercanos a Flor de María, son portadores de este virus. Sus nietos mayores de 10 años también lo son y lamentablemente nada ni nadie puede asegurarle a Flor, que en algún momento, cualquiera de ellos pueda desarrollar una forma grave de la enfermedad. Dos de sus hijos ya habían fallecido a causa de este mal. La hepatitis B los atacó desde pequeños y se los llevó sin piedad.

Sin embargo, para esta mujer la preocupación llegó cuando dos de sus nietos menores empezaron a presentar síntomas de alarma: intensas diarreas que se prolongaban por varios días, una baja considerable de peso y ningún deseo de lactar del pecho de sus madres. Fue por eso que doña Flor decidió atravesar el impresionante río Pastaza para llegar cuanto antes al puesto de salud de Musha Carusha, distante a media hora de su localidad. Fue acompañada de sus dos nueras, cada una de apenas 16 y 18 años, y con los recién nacidos.

© UNICEF Peru/2005

Para doña Flor la lucha contra esta enfermedad es una tarea primordial. En 1999 una hermana suya, Benedicta, murió a causa de las graves complicaciones que le trajo el padecimiento de la hepatitis B. Los dos hijos de su hermana quedaron a su cuidado pero lamentablemente ya habían sido infectados. Esta dramática realidad hizo que ella comenzara su lucha cotidiana contra este mal. Empezó a preguntar e indagar acerca de esta enfermedad y trató de descubrir sus causas y cómo podría evitar el contagio. Buscó capacitación y poco a poco se convirtió en una de las mujeres líderes del pueblo Candoshi en la lucha contra esta infección. Aprendió que la vacunación a tiempo es la mejor y más efectiva manera de prevenir la hepatitis B y todos sus conocimiento los compartió con otras mujeres de su pueblo. Este descubrimiento la alentó a ella y a otros pobladores a tener confianza en la preservación de su pueblo. Muchos pensaron durante algún tiempo que los Candoshi desaparecerían por no saber cómo combatir este mal.

Ahora dos de sus últimos nietos la sorprendieron con síntomas que ella no va a dejar de lado. Mientras atraviesa el río Pastaza en medio de la espesa selva que siempre fue su hogar ella dice que el futuro de la generación Candoshi está en niños como esos bebés. Cuidarlos a ellos es la esperanza que su cultura no desaparecerá jamás. Es asegurar nuevos y mejores tiempos para un pueblo que ya sufrió bastante a causa de este mal.

 

 

 

 

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