Historias de vida

Vidas reales

 

Promoviendo el buen inicio en la vida de los niños de Andahuaylas


 

Con una gran sonrisa y el sexto de sus hijos sujeto a su espalda nos recibe en su vivienda de la Comunidad de Chaupiorcco, Claudia Palomino Cáceres, una de las madres consejeras del Programa Conjunto Infancia, Nutrición y Seguridad Alimentaria del Fondo para los Objetivos de Desarrollo del Milenio. “Tengo 40 años, he nacido aquí y aquí han nacido mis hijos”, comenta, mientras nos invita a compartir la mesa familiar. Es un almuerzo especial, porque se celebra el cumpleaños de su esposo. La familia se alegra con la presencia de nuestra acompañante, la enfermera Soledad, quien trabajó varios años en las comunidades del distrito de Santa María de Chicmo.

“La señorita Soledad nos ha enseñado a muchos sobre cómo cuidar a nuestros niños, por eso cuando nació mi quinta hijita mi esposo le quiso poner su nombre” nos cuenta Claudia.

Su mirada se pierde en el infinito y bajo el radiante sol andahuaylino que ilumina pero no quema comienza a relatarnos los últimos veintitrés años de su vida.

A los 17 años se unió a su esposo, un muchacho tan joven como ella. A los 18, se había convertido en madre. Era una niña cuidando a otra niña, nos dice con melancólica sonrisa.

Al poco tiempo llegó el segundo hijo, y con él mayores necesidades y responsabilidades. El modelo de crianza adoptado en su hogar fue el que ella y su esposo habían aprendido en sus familias de origen. “Cuando pienso en los dos mayores siento pena, porque no les dimos las oportunidades de desarrollarse que les estamos dando a los otros cuatro. A ellos los llevábamos a trabajar al campo, tenían que trabajar duro a nuestro lado, casi ni jugaban y no podían ni opinar, si desobedecían les pegábamos. Ahora mi esposo y yo nos sentimos muy mal cuando nos acordamos de esos años”, dice.

El tercer embarazo de Claudia coincidió con las primeras intervenciones del programa Buen Inicio que ejecutaron UNICEF y la ONG Kusi Warma con la finalidad de combatir la desnutrición crónica en poblaciones rurales y urbanas de la sierra y la selva del Perú y asegurar que en los tres primeros años de vida los niños y niñas desarrollaran su potencial físico, cognitivo y afectivo.

“Al principio de mi embarazo iba al Centro de Vigilancia Comunitaria y escuchaba sin mucho interés. Un día una vecina me dijo ahora que vas a esas reuniones tu bebito nacerá muy bien. Entonces comencé a prestarle más atención a lo que nos decían sobre qué eran la anemia y la desnutrición, cómo arreglar la casa para evitar enfermedades, cómo hablarle al bebito mientras estuviera en la barriga, qué cosas comer, cómo tomar las vitaminas, cómo debían ayudarnos los esposos en la casa”.

“Le contaba a mi esposo, y empezamos por cambiar de lugar a los animales. La vaquita y el chanchito los pasamos a la parte de atrás de la casa. Nos lavábamos las manos como decían en la posta. Tomaba mi pastillita, comía mi huevo y carne todos los días. Cuando nació mi tercera hija era grande, linda, con mucho más peso que el que habían tenido sus hermanos mayores”, recuerda.

“Al poco tiempo volví a quedar embarazada y me daba mucho miedo, porque me preocupaba que con embarazos tan seguidos mi sangre no fuera buena. Mi esposo me decía que no me preocupe, que él seguiría trabajando duro y se encargaría de que nada nos falte. Me consolaba y se preocupaba de que me alimente bien. Mi niña nació muy bonita, con buen peso y saludable. Sin embargo, siempre ha sido más rebelde que sus hermanos y es más apegada a su papá que a mí. Yo creo que se debe a que al principio de mi embarazo la rechace”, comenta.

Después de su cuarta hija, nació la pequeña Soledad quien acaba de llegar del colegio Basta observarla unos minutos para descubrir que es una niña alegre, cariñosa y muy comunicativa.

“Desde mi tercera hija hasta mi pequeño he aplicado todo lo que he aprendido. He cuidado mis embarazos; seguido las indicaciones sobre cómo bañarlos, hacerles sus masajes, cantarles, hablarles, jugar con ellos; cuando ya han estado en edad de comer les he dado todos los días carne; los he llevado a sus controles de peso y talla en el centro de salud. Veo la diferencia entre ellos y sus hermanos mayores. Ellas conocen sus derechos, son más participativas, opinan sobre lo que sucede en la familia, sólo van a trabajar al campo cuando lo desean. Nos insisten para que compremos los materiales que les piden en el colegio. En cambio los mayores si pedían algo y les decíamos no hay plata, se quedaban callados”, reflexiona.

“Mi consuelo es que como mi hija mayor ha visto como cuidé a sus hermanos menores, está haciendo lo mismo con mi nieta.” comenta.

Claudia recuerda que cuando le dijeron que se convirtiera en madre consejera pensó que le enseñarían a poner inyecciones o le dirían qué medicamentos había que darle a los niños cuando se pusieran mal. No imaginó que con su labor contribuiría a cambiar la vida de muchas familias de su comunidad y a que muchos otros niños, además de los suyos, nazcan y crezcan en mejores condiciones.

“Mi comunidad ha mejorado mucho desde que llegaron UNICEFy Kusi Warma. Ahora trabajamos con el centro de salud, los dirigentes de la comunidad y el municipio”, comenta. En efecto, la iniciativa Buen Inicio luego fue acogida por las oficinas del Sistema de Naciones Unidas que continuó con el modelo de involucrar en el cuidado de la infancia a comunidad, gobierno regional y gobierno central.

Claudia reconoce que estos programas han sido claves para que las familias y la comunidad comprendan que no basta con alimentar a los niños, que ahora se entiende la importancia de tratarlos con amor, de cuidar que sus hogares estén limpios y de adquirir medidas de higiene.

“Ahora hay menos violencia familiar que antes, nosotras nos enfrentábamos a los hombres que pegaban a sus esposas y si seguían comportándose así se los reclamábamos en las reuniones de la comunidad; visitamos a las embarazadas para recordarles que tienen que controlar su embarazo, y cuando nacen sus bebés estamos pendientes de que crezcan saludables. Así hemos logrado reducir la desnutrición”, dice Claudia no oculta sentirse contenta con el trabajo que hace por su comunidad. “Cuando veo a mis hijos y a los otros niños pienso que hemos sembrado una buena semilla. Que en diez años muchos de ellos serán nuestros dirigentes y autoridades; que estarán mejor preparados y gracias a eso Chaupiorcco será mejor.

La tarde cae, el bebé de Claudia despierta. Ha llegado la hora de abandonar la comunidad. Ella nos despide anunciando que pronto estará en Lima compartiendo su experiencia.

 

 
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