Historias de vida

Vidas reales

 

Flor de María, asegurando larga vida al pueblo Kandozi


 

“Ellos son la nueva generación Kandozi, son la esperanza de que llegarán mejores tiempos para nuestro pueblo”, nos dice Flor de María Díaz mientras camina presurosa hacia la embarcación que debe trasladar a sus pequeños nietos al centro de salud de Musa Carusha.

Flor de María, va acompañada de dos adolescentes, su hija y su nuera, quienes llevan en brazos a los mellizos Juan y Haroldo, los bebés de apenas un año, que no está dispuesta a entregar a la muerte.

Ya han sido varias las batallas que, disfrazada de Hepatitis B, la muerte le ha ganado. Primero se llevo a su hermana Benedicta, quien antes de partir le pidió cuidar a sus hijos de 10 y 8 años. No pudo cumplir el juramento, la enfermedad también le arrebató a los sobrinos huérfanos. Cuando pensaba que ya no podía venirle más desgracia, debió enterrar a dos de sus hijos. Tanto dolor, no la quebró.

Se prometió a sí misma que nunca más dejaría partir tan fácilmente a uno de los suyos. Debía prepararse para luchar por cada uno de los 10 hijos y 29 nietos sobrevivientes y portadores del virus de la Hepatitis B. Tenía que velar porque los bebés no enfermen, porque su pueblo no desaparezca.

Al poco tiempo se enteró que existía una manera de hacerlo. Había que vacunar a los niños apenas nacían. Entonces, emprendió la ardua tarea de convencer a cada uno de los vecinos y familiares que vivían en Puerto de Angará y a las otras comunidades que era necesaria la inmunización.

Flor de María se convirtió en una de las mujeres Kandozi líder en la lucha contra la Hepatitis B. Desde su posición de madre y abuela se entregó a la búsqueda de información y capacitación porque estaba convencida de que era la única manera de ayudar a los suyos, de ganar la batalla.

En los últimos años ha aprendido mucho sobre la enfermedad y la forma de prevenirla, especialmente por medio de la vacunación de los niños. Ella enseña y comparte con otras mujeres de su comunidad los conocimientos adquiridos.

Actualmente, participa activamente de las reuniones de capacitación convocadas por el personal de salud y orientadas a la prevención y atención de la Hepatitis B y otras enfermedades. Como todos en su comunidad, respeta al curandero; pero también confía en los profesionales de los centros de salud.

Es por eso, que al ver que los pequeños Juan y Haroldo ya llevaban tres días con diarreas, y que ya no querían lactar, ha decidido emprender el viaje de media hora por las aguas del Lago Rimachi para que los doctores examinen a los niños.

Hemos llegado al embarcadero y nos despedimos deseándole pronta mejoría a Juan y Haroldo. En su lengua, ella nos dice que así será porque ellos fueron vacunados al nacer y porque ella tiene una misión más que cumplir. Debe regresar pronto a casa para enseñarle a Juana, su hija de 14 años, a preparar el “masato” para que de acuerdo a la tradición, pueda casarse antes de cumplir los quince, le dé más nietos y así asegurar larga vida a la comunidad Kandozi, una comunidad que antes de las vacunas estaba condenada a desaparecer

 

 
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