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Metza Mea: La historia de la niña hermosa

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© UNICEF Perú
"La niña hermosa"
 

“METZA MEA” es la palabra que la niña acaba de formar con las piezas de madera que encuentra en la pequeña mesa. Adivinando nuestra curiosidad por entender lo que significa, ella dice en castellano: “es mi nombre”.  Mateo Barbarán, su maestro, nos explica que es un nombre en lengua shipiba  y que su traducción al castellano es mujer hermosa.

A Metza Mea y a Mateo los encontramos en la escuela unidocente y multigrado de la comunidad de Calleria,  después de viajar dos horas por el Río Ucayali e internarnos en el gran pulmón de América del Sur, la imponente Amazonía. 

La niña nunca ha mirado  televisión, pero ha visto en vivo y en directo un desastre  natural y sentido la amenaza del desamparo. El año pasado el desborde del río,  causado por las lluvias más torrenciales del último cuarto de siglo, la dejó sin techo, sin ropa, y temporalmente sin escuela. Su familia, al igual que muchas otras, tuvo que alejarse de la comunidad.

Como ella, cientos de escolares indígenas amazónicos perdieron entre 45 y 60 días de clase. Sin embargo, el compromiso de las autoridades educativas y el apoyo técnico y logístico de la cooperación internacional contribuyeron a que la gran mayoría cumpliera con los objetivos de aprendizaje de ese ciclo escolar.

“Con la asistencia técnica de UNICEF y el apoyo financiero de la Agencia Canadiense de Cooperación Internacional –ACDI- diseñamos un currículo de emergencia único en su género. Se priorizó el desarrollo de capacidades y competencias  con un enfoque  transversal de educación ambiental. Utilizamos la inundación como un recurso de aprendizaje y entendimiento de por qué suceden los desastres naturales. Orientamos las lecciones a desarrollar una cultura de prevención”, comenta José Díaz, de la  Dirección  Regional de Educación de Ucayali.

El entusiasmo con el que Metza Mea y sus compañeros participan de la dinámica escolar nos hablan del éxito de las estrategias de Mateo para enseñarles a leer y escribir en su nativo shipibo para después  introducirlos en el aprendizaje del  español como segunda lengua.

Educar en la lengua materna tiene como resultado niños y niñas con una alta autoestima, con identidad cultural y eso se nota en la seguridad con que se  expresan y en su rendimiento escolar. Lo contrario es condenar al fracaso al estudiante y al sistema educativo, nos habían explicado  el día anterior dos facilitadoras del proyecto de inversión pública del Gobierno Regional  de Ucayali al enterarse que visitaríamos la escuela de Callaría. Ellas sienten  gran preocupación ante  la carencia de docentes que puedan asumir el reto de  la Educación Intercultural Bilingüe –EIB- en toda la región. No les falta razón, en Ucayali alrededor de 45 mil niños que  hablan más de 14 idiomas diferentes al castellano y sólo 450 profesores bilingües.

Uno de esos pocos docentes es  Mateo. Él  tiene a su cargo a los niños y niñas de primaria. “A veces los padres no quieren que les enseñe en Shipibo, porque creen que es mejor que aprendan rápido el castellano. Pero cuando ven que sus hijos captan más rápido en su propia lengua se quedan más tranquilos”, refiere Mateo.

Al ver a Metza Mea y sus compañeros de clase entretenidos en un cuento sobre el mundo amarillo de los animales, recordamos las palabras de la facilitadora  Angela Bardales: “ los materiales que se usan en el aula tienen que ser producidos recogiendo el sentir de la comunidad, su propia  mirada, dándoles protagonismo”.

La producción de materiales como el cuento  que acapara esta mañana  la atención de los alumnos de Mateo se ha realizado con el apoyo ACDI y UNICEF PERU. “Se han conformado equipos de trabajo en los que también participan los sabios de la comunidad. Con la asesoría de especialistas se producen los materiales pedagógicos en el idioma de la comunidad  y los facilitadores del proyecto  cada vez que vienen comprueban si los estamos utilizando adecuadamente”, nos  comenta el profesor.

“Estoy dentro de un cascarón, cuando se revienta salgo y soy de color amarillo, ¿quién soy?”. Es la adivinanza que plantea Mateo. A los  pocos segundos las infantiles vocecitas, Metza mea entre ellas, responden cada una más fuerte que la otra: el pollito, el pollito.

Debemos emprender el viaje de retorno. Nos alejamos  pensando que quizá en unos años  la pequeña mujer hermosa y sus compañeros abandonarán el cascarón; saldrán de Callaría y se convertirán en los nuevos maestros bilingües que la Región Ucayali demanda.

 

 
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