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Jugar para campeonar en la vida

 

Paul Martin
Representante de UNICEF en el Peru

La Convención sobre los Derechos del Niño, próxima a cumplir 25 años, reúne derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales que reflejan las diferentes situaciones en las que se pueden encontrar los niños, niñas y adolescentes.

En reiteradas oportunidades UNICEF se ha referido al derecho a la educación, la salud y la identidad. Pero pocas veces al derecho al juego. Un derecho fundamental que les permite a niños y niñas desarrollar las llamadas habilidades sociales; esas que nos convierten en seres tolerantes, respetuosos; capaces de trabajar en equipo. En los buenos ciudadanos y ciudadanas que toda sociedad requiere.

Es relevante abordar el tema, porque el seis de abril el mundo celebrará por primera vez el Día Internacional del Deporte para el Desarrollo y la Paz. Se trata de una conmemoración promovida y declarada por las Naciones Unidas en reconocimiento a las múltiples ventajas que brindan el juego y la práctica deportiva.

El binomio juego-deporte, conocido ahora como ‘deporte para el desarrollo’, es el uso intencional de la actividad física y la recreación para promover el desarrollo integral de la niñez. Es capaz de dotar, a quienes lo practican, de valores, hábitos saludables y habilidades que benefician su crecimiento personal y convivencia.

Se trata de una estrategia que puede transformar a chicos y chicas carentes de un proyecto de vida en niños, niñas y adolescentes seguros, responsables, tolerantes, solidarios, capaces de asumir retos. Es decir, en líderes. En UNICEF incorporamos el deporte para el desarrollo en nuestras estrategias de intervención desde hace varios años. La aplicamos aquí en Perú para apoyar la recuperación emocional de los niños y adolescentes de Pisco afectados por el terremoto del 2007. Hicimos lo mismo con la niñez de Loreto, víctima de las inundaciones del 2012. La estrategia también la hemos aplicado en Colombia para alejar a la infancia de la violencia. Los resultados, en todos los casos, han sido muy alentadores.

Actualmente las acciones que realizamos en el país están orientadas especialmente en apoyar al Estado a garantizar a la niñez peruana sus derechos a la salud y el desarrollo; a la educación de calidad y con pertinencia cultural; y a brindarles protección frente a la violencia, explotación y el abuso. Se trata de una tarea que requiere de la participación de diversos actores y de estrategias efectivas y transversales, como la que propone el deporte para el desarrollo.

Todos hemos crecido escuchando que “deporte es salud”. Sabemos que la participación regular en actividades físicas proporciona una amplia gama de beneficios para la salud corporal, social y mental, y contribuye a prevenir o limitar los efectos de muchas de las enfermedades no transmisibles más importantes del mundo.

En el campo educativo diversas experiencias a nivel mundial demuestran que cuando se incluye en el currículo escolar y se cuenta con docentes debidamente instruidos, la educación física mejora el rendimiento de aprendizaje de niños, niñas y adolescentes porque motiva la asistencia escolar y el deseo de triunfar académicamente.

Desde antes de ser bautizado como “Deporte para el desarrollo”, éste ya se utilizaba para proporcionar alternativas saludables y alejar a los adolescentes del consumo de las drogas y el alcohol; y para desarrollar habilidades para la vida que previenen la violencia y todo tipo de conductas disociales. En el Perú diversas instituciones ya reconocen en el juego y el deporte una oportunidad para el desarrollo. Así lo demuestran el Ministerio de Salud al considerarlo en el Plan Multisectorial de Prevención del Embarazo Adolescente; el Ministerio de Educación al incrementar las horas dedicadas a la Educación Física; el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables al incluirlo en su programa Yachay y diversos gobiernos locales destinando espacios públicos para la práctica de actividades físicas.

Hablando en términos deportivos, este es un partido que se juega en la cancha. Que sin duda puede ayudar a lidiar con la inseguridad que se vive en estos días y con el avance tecnológico que ha alejado a los niños y niñas de los espacios públicos y los han sumido, en muchos casos, en el sedentarismo y el aislamiento.

Más allá de promover la presencia de chicos y chicas en el parque, la piscina o el campo deportivo, se necesita de espacios seguros e inclusivos; de educadores o entrenadores que tengan como meta una sólida formación en valores para estos niños y niñas. También es primordial el compromiso político de las autoridades locales y sectoriales, así como la participación de las familias y la comunidad.

Que la competitividad no le gane el partido a la alegría, la solidaridad, el respeto y la tolerancia que se aprenden jugando. Miremos el próximo Mundial de Fútbol y las Olimpiadas del 2016 como una oportunidad para enfocar el desarrollo integral de los niños, niñas y adolescentes peruanos desde el deporte.

 

 
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